Me vine a la mente.

Así, como normalmente te llegan los recuerdos de alguien que tienes tiempo sin ver, o a alguna persona querida que aunque has visto recientemente añoras volver a ver pero pronto, ya. Así sucedió.

Y es que no entiendo cómo se forman las cosas tan enredosamente a veces, como cuando sueñas: de repente tu amiga está ahí pero también está tú familia que no la conoce, en un cuadro totalmente fantasioso, pero siendo siempre algo que al despertar quisieras que continuara o se transformara en realidad. También, como cuando recuerdas a alguien en un momento importante de tu vida: en tu graduación, el nacimiento de alguien, la fiesta de Año Nuevo, etcétera.

Lo curioso es que, esta vez, ni soñando despierto ni nada, muy de buenas a primeras me aparecí en mi mente: solo que era el niño de mí: aquel que le gustaban los pantalones cortos y las camisetas ligeras, que le encantaba jugar en los montes de tierra fresca que dejaban las trocas para la construcción de casa o calles; y para quien las pelotas eran definitivamente el mejor invento del ser humano.

A excepción del “¡Hola, señor!” mirado, no expresado. Y del  “¡Hola! Me da gusto verte tan infantil.” De respuesta visual, no me hablé para nada. Solo me miré: el niño me veía con abiertísimos ojos que expresaban una sorpresa enorme de verse tan viejo, tan formal y finamente vestido, tan alto y tan fuerte; en ese orden de importancia, y yo… pues le miraba con una nostalgia llena de recuerdos que me vibraba en los huesos y salía torpemente a través de todo mi cuerpo, y que de seguro se manifestaba más en el área geográfica de mi semblante, siendo su capital los ojos.

Y así tan de repente como me vine, me fui.

¿Por qué me llegué a la mente? ¿Cuál era el mensaje? ¿Por qué ahora? No tengo respuestas.

El hecho es que a partir de esta visita, estoy seguro vendrán más tampoco anunciadas. Ya de por sí no he dejado de recordar y añorar…

¡Ah! ¡Que niños! Tan ocurrentes.

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Habla con ellos.

Dijo Mario Vargas Llosa en enero del 2010 que la guerra del gobierno contra el narco estaba perdida aun antes de iniciada. (El Otro Estado. Piedra de Toque http://www.elpais.com/articulo/opinion/Estado/elpepiopi/20100110elpepiopi_11/Tes )

Sugiere Mark Kleiman que pudiese el gobierno mexicano adoptar algunas de las medidas exitosas que han aplicado los gobiernos de Colombia y Brasil en contra de narcos y pandillas. (When Brute Force Fails: How to Have Less Crime and Less Punishment. http://www.amazon.com/When-Brute-Force-Fails-Punishment/dp/0691148643/ref=sr_1_1?ie=UTF8&s=books&qid=1296592089&sr=1-1 )

Asegura Eduardo Guerrero Gutiérrez que el gobierno ha cometido varios errores que hay que rectificar. (Cómo reducir la violencia en México http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=1197808 )

Nosotros mismos apuntamos al gobierno como causantes de tanta violencia, desamparo y dolor: y tenemos toda la razón, ya que el gobierno somos nosotros.

Lo que nadie se atreve a decir, ni intelectuales ni nosotros, es que el terreno de juego ha estado intacto desde hace muchos años y que dicho terreno de juego puede ser cambiado a nuestro antojo.

La solución en México, la de largo plazo, es la educación. La inmediata es la comunicación. Tenemos que reconocer que cada uno de los integrantes de dichos carteles y pandillas son, primero que todo, seres humanos. Segundo, mexicanos; y tercero y principalmente miembros de la sociedad. Algunos de nosotros conocemos a alguien que integra dichos grupos delictivos. Si no es así, entonces probablemente conozcamos a alguien que si conoce a alguno de ellos, tal vez no directamente, pero si a través de familiares, amigos y vecinos.

¿Nos avergüenza confesarlo? ¿Nos da pena de alguna forma estar ligados en parentesco o amistad a esas personas? ¿No lo aceptamos como si fuese una irrealidad? ¿Volteamos a otro lado cuando sabemos que nuestro conocido, un funcionario público, está ligado a dichas acciones? ¿Si nos atrevemos a acercarnos a ellos para hacer algo, tememos al rechazo social? ¿A algún tipo de represalia por parte de los mismos?

¿Qué estás  esperando para cambiar el terreno de juego? ¿Hasta cuándo vas a hacer algo al respecto?

¿Hasta que más corporaciones, intelectuales, artistas y emprendedores abandonen el país, dejándolo más jodido?

¿Hasta que los cascos azules, o peor aún, la armada de estados unidos intervenga, imponiendo sus condiciones?

¿Hasta que la extorsión rebase los comercios, y llegue a la puerta de tu casa?

¿Hasta que estés incapacitado y tu familia tenga que empujarte en silla de ruedas o cargarte o bañarte o alimentarte, o todo esto?

¿Hasta que asistas al funeral de tus hijos?

Ve y encara a esos hermanos que cayeron en el anzuelo de los capos. Diles lo que sientes. Platícales los temores de y por tus padres y hermanos, hazles ver lo que los niños de la escuela creen, muéstrales que hay otro camino que los demás hemos elegido y seguido; que es más difícil, sí, pero que también ofrece recompensas.

Si no te atreves a verles frente a frente escríbeles una carta. Platica con tus familiares, cercanos y lejanos, y también con tus amistades a éste respecto, por lo menos utiliza los medios electrónicos de comunicación, veras que más de alguna persona si actuará.

Una vez platicado el asunto, sin presiones, como se charla con un amigo; obséquiale un libro,  un balón, un disco, un juego de pintura, lo que sea que puedas. Hazle ver que no solo su familia se preocupa por él y lo aprecia como ser humano; y manifiéstale que tienes fe en que él conciba que el rumbo puede ser cambiado, que cuenta contigo.

Lo peor que podemos hacer es lo que hemos estado haciendo desde hace muchos años: ser espectadores pasivos en un juego que absolutamente nadie ganará.

¿O qué? ¿Tampoco esta vez harás caso? ¿Hasta que pase qué?

¿Seguirás impávido ante el espectáculo al cual hemos propiciado el terreno?

Irán nos mostró el año pasado lo que el pueblo puede hacer utilizado celulares, faxes y medios como Twitter y Facebook. Túnez y Egipto nos ponen la muestra de lo que un país puede lograr mediante éstos medios también, y principalmente uniéndose como pueblo contra los males que unos cuantos “poderosos” imponen.

¿Es México (sí, nosotros) menos capaz de utilizar un poco de ingenio, algo de tiempo para elaborar un mensaje y hacerles ver la luz a esos hermanos en la adversidad?

Diles lo que sientes.

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Y esperé.

Era joven y en realidad muy pobre. Así que decidí no acercarme a ella sino hasta que tuviese algo que ofrecerle: un título, un buen trabajo, una obra en exposición, un trofeo de primer lugar; lo que fuera con tal de que se me distinguiera como alguien mejor que los demás.

Me centré en el trabajo y en el estudio de la universidad como si de ello dependiese la vida. La vería en la escuela de idiomas de vez en vez, o en su escuela; cercana a la mía, quizás.

Por lo pronto, puesto que lo poco ganado en el trabajo apenas alcanzaba para cubrir las necesidades de alimentación, renta y transporte; aparte de los libros necesarios para lograr alguno de esos mis objetivos, y también justo llenaba los huecos de reparación o adquisición de calzado y ropas, ya de por sí bastante humildes, pues no me era suficiente entonces para por lo menos invitarle al cine.

Pensé en la forma de cómo hacerle saber que en verdad me gustaba, que quería estar cerca de ella aunque no pudiese ofrecer algo aun, pero pues casi todo se me dificultaba: cantarle me daba mucha pena, recitarle un poema era demasiado cursi. Dibujarle el rostro sería una proeza, dado mi nerviosismo ante su presencia. Ofrecerle una pintura de mi surrealista creación no encajaba con mis intenciones. Platicarle de mis victorias y la casi obtención del primer lugar no era suficiente y muy probablemente ni interesante para ella. Total que no hallaba la manera de crear esa liga cuasi-material que me ayudara a hacerla ser paciente para conmigo.

Lo único que atiné a hacer fue escribirle una carta. Mejor dicho, le hice llegar una carta que me describía un poco en lo que se refiere a mis sentimientos y emociones cuando estaba con ella, sin ella o pensando en ella. Era una muy buena página que indicaba breve pero claramente mi intención de querer compartir el resto de mi vida con ella.

 

Así quedó. Llegaron los exámenes finales: obtuve un título. Pero otros miles de egresados  también, así que busqué el trabajo y el puesto que me distinguiría sobre esos otros: lo conseguí. Pero cientos de personas estaban a la misma altura, así que me enfoqué a conseguir la casa y el vehículo que definitivamente me pondrían muy por encima de los demás…

Me olvidé de las canciones, los versos, las pinturas, los torneos, los detalles escritos y hasta del cine. Cuando reaccioné caí en cuenta que ella esperó mientras el que creía haber esperado era yo. Mejor dicho, me esperé y me esperé y nunca llegué.

Si yo no fui capaz de hallarme ¿Cómo esperar que alguien más lo hiciese? Debí haberle platicado del torneo, debí haberle ofrecido la pintura, debí haberle cantado, por lo menos darle los versos, debí, debí, debí… quedé debiendo todo.

 

No esperes: hazlo ya. El resto de tu vida es a partir de hoy.

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Debí haberte buscado.

Ya lo sé.

La cosa es que llegué a la ciudad justo el 24; con bastante cansancio y sueño debido a que tuve que dejar todo en el trabajo listo y pendiente por dos semanas, y viajé de noche sin poder dormir; ya lo sabes: aeropuertos y aviones no son lo más indicado para roncar y babear.

Entonces, ese mismo día dediqué escasas horas a pagar las muchas ya debidas a Morfeo. Medio-arreglar todo para estar listo para la noche y lo que venía: ya mi familia había planeado que pasáramos la Navidad y los siguientes dos días en una casa de campo; por lo que invitamos a la familia extendida y amigos a visitarnos ahí mismo. Con la consabida celebración, desveladas y demás; fue hasta el Lunes que regané conciencia de las fechas y actividades. Sin embargo, ya había planeado también de alguna forma trabajar en esos días, así como finalizar algunos asuntos personales si podía: gobierno, bancos, instituciones no gubernamentales, etc. Puesto que también me encimaron algo de trabajo local, los días pasaron volando entre tanta actividad, y súbitamente llegó el 31 de Diciembre; durante el cual aún seguía yo haciendo trámites de identidad y bancarios. Terminé a eso de las 11 o 12, ya ni recuerdo; solo me llega a la memoria que tenía mucha hambre y el hecho de que todos ahí ya comenzaban a planear la despedida de medio día para posteriormente a ésta, cerrar.

A ésta y para ésta fecha no planeé algo, dejé que la familia putativa decidiera la estrategia a recibir el Nuevo Año, y me enfoqué a conseguir lo faltante: alcohol, sal, grasa, azúcar y otras mezclas digeribles propias de dicha festividad.

Así pues, los dos días posteriores a éste fueron más de descanso que de cualquier otra cosa. El cuerpo en general requería reposo, la garganta rogaba por tiempos largos  para reparar las cuerdas vocales, el sistema digestivo pedía a gritos que ya no le introdujeran e hicieran pasar tanta cosa rara y de tan finas calidades; y la mente necesitaba ya volver a percibir imágenes de la caja idiota, o revistas de esas con artículos sin sentido, o de periódicos deportivos;  cualquier cosa sin substancia a fin de no tener que forzar la memoria ligando nombres a caras y distancias a calles, o tener que pensar rápido en las sucesivas ráfagas de ocurrencias familiares.

Luego, hasta el tercer día del año caí en cuenta que ya me iba: práctica y escasamente doce horas era lo restante para poder saludar si acaso a alguien más y principalmente para despedirme de los vistos la semana anterior. Tuve la fortuna de poder hacer unas cuantas llamadas rápidas y poder ver, muy breve y forzadamente a una hermana y un hermano que no había tenido oportunidad de saludar antes de que mi reloj indicara el medio día. Que fue justo la hora en que te recordé, a ti y a todos aquellos que ni siquiera llamé o mandé mensaje indicando que estaba ahí y que quería verte. Las horas restantes del día se fueron en preparar maletas ¿acaso no acababa de vaciarlas? comer, transitar, y despedirme al teléfono de la mayoría, y en persona de los pocos restantes.

Así pues, se me fue el tiempo de esos últimos días del año volando: aunque cerca de ti en espacio, muy lejos de ti en tiempo. Vi a muchas personas queridas, aunque no te haya visto a ti, y sí: me pesa no haberte llamado por lo menos, pero así se presentaron  las cosas ésta vez.

Sé que tu reclamo es genuino, y sé que no es mal intencionado: mi explicación se vuelve excusa ante tu subconsciente, mas tu expresión me indica que cuasi-comprendes mis avatares.

Te agradezco.

 

Trataré de que nos veamos la próxima vez.

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Mi deseo de Año Nuevo es también mi propósito.

Tal vez no me creas, especialmente si me conoces bien o has estado en contacto conmigo recientemente. Sin embargo:

En el Nuevo Año no te deseo muchos éxitos ni salud. No te deseo momentos felices ni muchos de ellos, tampoco te deseo más dinero del que has recibido, ni buena suerte.

Mi deseo esta vez es diferente.

Deseo que te compartas; no solamente conmigo, sino con todos los demás: estoy seguro que si estás leyendo éste mensaje ya tienes y has tenido mucho más de lo que el párrafo anterior menciona. Así que, por favor compártete. No estoy pidiendo que vendas tu carro y dones lo obtenido a una organización caritativa, tampoco que abras tus puertas a cualquiera que necesite techo, cobijo o comida.

Mi deseo es que ofrezcas una mano a los que te rodean: un miembro de la familia, compañera de trabajo o de escuela, incluso un desconocido. No en el sentido que comiences a compartir datos personales o posesiones con un extraño, pero sí que ayudes a la viejecita a cruzar la calle; o que esperes con paciencia a que llegue hasta la banqueta. Que preguntes a alguien si todo está bien cuando notes en su gesto algo de frustración o deseos de hablar de algo. Que ayudes con las pesadas bolsas del mandado a la madre que empuja una carriola atravesando el estacionamiento del supermercado. Que ayudes a tu compañero a terminar su trabajo si es que tú ya terminaste tu parte y tienes algo de tiempo. Que al final de tu día en lugar de dejarte caer en el sofá vayas a preguntar a tu hija/hermana/hijo/hermano si es que necesitan ayuda con la tarea…

En breve, que ofrezcas una mano, un hombro, una palmada, un guiño, que asientas; cualquier gesto positivo a aquellos que pueden beneficiarse de tu compartir. Todas estas acciones deben estar acompañadas de una sonrisa, por supuesto.
Así, mi deseo para ti éste Año Nuevo es simplemente eso: compártete. Ya yo lo hice mi propio deseo, mi esperanza y mi propósito.

Mi único Segundo deseo es que me acompañes en esta aventura.

¡Feliz Año Nuevo!

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Sociedad secreta

Por muchos años ya te he buscado en diversos eventos a los que neciamente he creído que asistirás para encontrarnos.

Sin embargo, aunque los lugares se llenan de gente de toda índole, orígenes, intereses, géneros y edades; por más que trato de diversificar los eventos  en tiempos y localidades, no te veo.

Cómo me gustaría que de repente te aparecieras en uno de dichos acaecimientos, mi terquedad es reticente y por lo mismo sigo asistiendo, aunque que cada vez menos frecuentemente y cada vez con menos interés de estar ahí. Confieso.

A veces me pregunto qué ha pasado con tu presencia. Sé que estás cerca, mas ignoro los motivos por los que no asistes a dichos programas. En cualquier otro lugar, o mejor dicho, en los lugares y tiempos pasados estabas ahí: vigente, firme, tangible, sonante, estable, segura…

A veces creo que nos hemos convertido en una especie de minoría que se niega a sí misma: como si la sociedad no aceptara nuestra presencia en sus diversos círculos; como si nosotros mismos fuésemos quienes nos auto-apartáramos o encerrásemos en una concha de la que no queremos salir a mostrarnos tal cual somos, tal como nos vemos, tal como pensamos, como amamos, creemos, sentimos y manifestamos con nuestro vestir, hablar, actuar, estar.

¿Dónde te encuentras? ¿Acaso no quisieras también tu encontrarme? ¿Y si no a mí, por lo menos a alguien de nuestro conjunto?

Muéstrate. Sé.

Deja ya de pertenecer a esa sociedad secreta.

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Manjar sabroso, añejado y curado: Queso Toño.

Iba casual y apresuradamente por las calles del centro cuando algo llamó mi atención y me dejó pensando por muchos minutos, tantos que olvidé dar vuelta en una esquina a fin de llegar a mi destino a tiempo:

Preguntaba un cliente a la chica del mostrador cual era la especialidad del día, a lo cual ella contestó “Hoy, Queso Toño…” y lo demás ya no lo escuché bien por mis prisas, planeando regresar después de mi cita para probar el para mí, nuevo producto.

Durante mi estancia de un par de horas en el lugar al que acudí, tuve acceso a un ventanal que daba de frente a un lugar arbolado y con mucha flora. Caí en cuenta que por ser principios de Octubre me agradaba aún más el paisaje, el clima, las noches de luna, el viento juguetón y todo lo relacionado con el otoño. Me di cuenta también que ésta época del año de alguna forma me atraía por el hecho de relacionar las estaciones con la edad de una persona; puesto que según las normas, yo estoy en ésta estación, comienzo a relacionar muchos de los factores ambientales con mi ser.

Ya de regreso y sin prisa, pasé por la tienda a fin de probar el susodicho queso, pero antes de estar frente a la chica leí entonces la pizarra donde se anunciaban las ofertas, productos en descuento y especialidades diarias. La primera línea me hizo reaccionar: “Hoy que es Otoño ofrecemos…” con el listado de productos de la estación. Así que pronto ví mi error, pero de cualquier forma me sirvió estar ahí para disfrutar aún más la época. El listado de productos contenía, entre muchos otros: jamón serrano, té negro, café ultra-fuerte, queso Roquefort, carne seca, chocolate amargo, tomates secados al sol… y una larga lista de elementos que definitivamente van con el Otoño; pero que definitivamente van también con mi edad.

Es muy probable que siendo más joven que yo, no encuentres la relación entre éstas cosas; pero si eres de mi generación o mayor, espero que definitivamente por lo menos hayas sonreído.

Si no, es seguro que algún día regresarás a leer esto, o definitivamente a buscar el platillo de

hoy: Queso Toño.

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Llorar por ti…

Desde mucho antes de empezar la semana lo sabía. Habría cosas que me recordarían a ti justo en éstas fechas. Desde las cuestiones de arraigo sangriento hasta las de las probables noticias vespertinas, traté de ignorarlo todo lo más que pude. Comenzó la semana y me ataree a más no poder. Estoicamente soporté el amanecer del miércoles, su medio día y avanzada tarde; mi mente estuvo en todos lados y enfocada a cualquier cosa cerca de mí y lejos de ti.

Sin embargo llegó la noche: un solo segundo en el que escuché las notas musicales de una canción basto para reventar el cascarón en el que me envolví. Salió –explotó- un suspiro, los ojos ya rasos, la respiración agitada, los oídos atentos… no quedó más remedio que rendirme al espectáculo visual y auditivo: una cosa llevó a otra y recordé aromas, paisajes, sabores, lugares, sonidos, etapas, voces, nombres. Absolutamente todo lo que uno puede recordar regresó a velocidades inmanejables, todo de nuevo implotó  en mí.

Y lloré, no amargamente, sino silenciosa y nostálgicamente: como me hubiese haber estado contigo en ésta fecha, a pesar que sabía de haberlo hecho la siguiente despedida iba a ser más dolorosa. Lloré por ti.

A la fecha sigo suspirando, más que las ocasiones anteriores en las que he llorado también, ésta vez duele algo distinto.

Nada más me queda por hacer.

Llorar por ti, tierra mía.

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Hoy es un buen día.

Hoy es un buen día.

He visto tus fotos, he recordado que existes. Casi sin querer, hable con alguien querido, por muchos minutos, sin prisas y abiertamente, como es debido.

También casi sin querer, encontré gracias a tus fotos y ligando recuerdos; a primos, primas, amigos, amigas, parientes lejanos, vecinos ahora distantes, ex-compañeros, …de todo.

Hoy es un gran día.

Recordé entonces que han pasado años sin verte, pero recordé también tan buenos tiempos. Admiré la belleza de la prima en cuarto grado de la que estuve secretamente enamorado. Vi tu ahora vieja cara y me di cuenta que debes pensar lo mismo de la mía.

Y me viniste a la mente, así como me vinieron aquellos que están en Manitoba, Texas, California, Jalisco, México, Venezuela, Colombia, Viena y… todos esos otros lugares donde ahora están.

Independientemente de la brevedad de nuestra relación, o del tipo de unión: laboral, educativa, de sangre, cualquiera, me doy cuenta de lo afortunado que he sido al tenerte cerca.

Hoy es un excelente día.

Ojala y así como yo, también casi sin querer te des cuenta de las otras y muchas vidas que afectas.

Por todo eso, contento y agradecido. Y sobre todo, tuyo.

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Bienvenida

A ver que resulta. Aquí pongo lo que se me ocurre, aunque no los trabajos terminados. Prometo hacerlo mejor cada vez.

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