Y esperé.

Era joven y en realidad muy pobre. Así que decidí no acercarme a ella sino hasta que tuviese algo que ofrecerle: un título, un buen trabajo, una obra en exposición, un trofeo de primer lugar; lo que fuera con tal de que se me distinguiera como alguien mejor que los demás.

Me centré en el trabajo y en el estudio de la universidad como si de ello dependiese la vida. La vería en la escuela de idiomas de vez en vez, o en su escuela; cercana a la mía, quizás.

Por lo pronto, puesto que lo poco ganado en el trabajo apenas alcanzaba para cubrir las necesidades de alimentación, renta y transporte; aparte de los libros necesarios para lograr alguno de esos mis objetivos, y también justo llenaba los huecos de reparación o adquisición de calzado y ropas, ya de por sí bastante humildes, pues no me era suficiente entonces para por lo menos invitarle al cine.

Pensé en la forma de cómo hacerle saber que en verdad me gustaba, que quería estar cerca de ella aunque no pudiese ofrecer algo aun, pero pues casi todo se me dificultaba: cantarle me daba mucha pena, recitarle un poema era demasiado cursi. Dibujarle el rostro sería una proeza, dado mi nerviosismo ante su presencia. Ofrecerle una pintura de mi surrealista creación no encajaba con mis intenciones. Platicarle de mis victorias y la casi obtención del primer lugar no era suficiente y muy probablemente ni interesante para ella. Total que no hallaba la manera de crear esa liga cuasi-material que me ayudara a hacerla ser paciente para conmigo.

Lo único que atiné a hacer fue escribirle una carta. Mejor dicho, le hice llegar una carta que me describía un poco en lo que se refiere a mis sentimientos y emociones cuando estaba con ella, sin ella o pensando en ella. Era una muy buena página que indicaba breve pero claramente mi intención de querer compartir el resto de mi vida con ella.

 

Así quedó. Llegaron los exámenes finales: obtuve un título. Pero otros miles de egresados  también, así que busqué el trabajo y el puesto que me distinguiría sobre esos otros: lo conseguí. Pero cientos de personas estaban a la misma altura, así que me enfoqué a conseguir la casa y el vehículo que definitivamente me pondrían muy por encima de los demás…

Me olvidé de las canciones, los versos, las pinturas, los torneos, los detalles escritos y hasta del cine. Cuando reaccioné caí en cuenta que ella esperó mientras el que creía haber esperado era yo. Mejor dicho, me esperé y me esperé y nunca llegué.

Si yo no fui capaz de hallarme ¿Cómo esperar que alguien más lo hiciese? Debí haberle platicado del torneo, debí haberle ofrecido la pintura, debí haberle cantado, por lo menos darle los versos, debí, debí, debí… quedé debiendo todo.

 

No esperes: hazlo ya. El resto de tu vida es a partir de hoy.

Acerca de Amanuense Propio

Escritorcito
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