What I’ve always left in my cars.

I was lucky enough to have a father who taught me to work and who forced me to study, despite having been born in a poor neighborhood with few opportunities.

In my last couple of years at university, I bought a scooter, which was stolen (with the help of one of my coworkers).

That made me work harder.

Then, together with my younger brother, bought my first car. A very beaten-up one, of course.

2 years later, I could have a car by myself.

That was decades ago. Since then, I’ve had many cars, from the used, smallest and cheapest units to new, fully equipped ones.

I just realized that there is something I have always left in those cars, which at those special moments becomes not a device that takes me from point A to point B, but more like a refuge and a sanctuary.

It’s been mostly when I’ve been at the wheel when the engine hasn’t been started or the music has been playing.

Most of those times, the windows are rolled up, my hands are clutching the wheel, my eyesight is lost in the horizon, and I spend many minutes in a particular position because the pain doesn’t allow me to change it.

What I’ve always left in those cars has been tears.

The heartbreak, the treason, the cheating, the lies of those whom you loved and who didn’t reciprocate. The discovery of situations that you cannot believe even when you’re watching and hearing the truth, the reality.

Tears.

I have left tears in most of my cars. Sometimes, they’ve evaporated after a wipe and have penetrated the fabric ceiling. In some others they’ve fallen to the seat, never to be extracted from them, not even with bubble shampoos or vacuums.

I’m not sure the sounds of my crying have a way to stay at a microscopic level in those cars, because when you’re in your car, although you feel isolated, there are always people passing by, so you try not to make sounds, although you want to cry out loud, the way we do when the pain is insufferable.

So, I don’t know the sounds. But tears are there; they’re still in those cars of my past; they’re there in my current car.

I’m sure I’m not the only one who has left such mementos in cars.

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I fainted at the race.

It was at kilometer six

that I fell hard to the ground.

I should’ve looked very sick

according to the crowd.


The paramedics came fast,

to check all my vital signs

and ask my name and the time

and whether I knew where I was.


I wasn’t exhausted or sick,

I didn’t fall for overheating

and wanted them to understand

was much less for lack of breathing.


They were checking for contusions;

I told them my head was fine.

They thought it was just confusion

when I started to cry.


They even wanted the stretcher.

Then I was so desperate,

all the attention was a stressor

and could not communicate.


My face still between their gloves,

I shouted I was too healthy,

that I fell not for the physics,

but because I needed love.


Explained that I lost my focus

when I swiftly said your name.

They looked at me as if loco,

but released me from their hands.


It was at that precise moment

that I could finally stand up.

Told them thanks, have a good day,

and I continued to run.


I tried not to think about you:

focused my mind on my breathing,

keep the pace and timing too,

as if you I was forgetting.


But then at kilometer eight

your name came back to my mind

(perhaps it was to my heart).

And I felt like I was tripping

so, instead, I started to walk.

But this time I didn’t cry.


However, my race was destroyed

despite all my hard days training.

I could not break my own record

and spent the whole day whining.


I thought it was just my job,

or my studying, or my reading,

but seems like just even living

is affected by your ghost.


Here I am missing you badly

not able to even exist

as a normal person does.

Does this happen only to us?

or can a lover resist

a heart that became unhappy?


The race I know I’ll forget,

but not your eyes nor your scent.

Any of yours makes me faint:

even just thinking your name.

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Yo te besé primero.

Hace ya mucho tiempo.

Nos miramos en el casino, era imposible no verte, con tu altivo y serio porte justo enfrente de mí, al otro lado de la mesa. Tu tímida sonrisa no presentaba tus dientes, como esperando algo más de parte del croupier ¿o de mí?

Tu mirada era profunda, dirigida no precisamente a mi escote ni a mis ojos, tan perfectamente delineados hacía apenas un par de horas. Sino a toda mí. Sentía que me desnudabas con la mirada. Y aunque me ponía nerviosa, también me gustaba. No era el Martini el que me causaba tanto mariposeo.

Y notamos, casi al mismo tiempo, que cuando yo apostaba al negro, tú al rojo. Y viceversa. Al principio imperceptible el accionar de ambos, después adrede. Hasta que por fin sonreíste. Y yo también. Claro.

Tu compañero algo te decía, como preguntando qué te pasa. Yo no podría acercárteme, no por él, sino por mis compañeras de equipo. Ya habíamos quedado en estar juntas toda la noche, sin coquetear ni nada. Lo bueno era que ellas no se daban cuenta de nuestra comunicación a miradas y acciones.

Llegó la hora de marcharnos y me jalaron justo cuando tú gritando explicabas al mesero lo que querías tomar y preguntabas alternativas. También grité un adiós que se perdió entre tantas conversaciones y música tan alta, y quise decir adiós con la mano, pero no volteaste. Así quedo nuestra complicidad.

Al día siguiente, apenas descendí del transporte de personal y me dirigía a la casa de una cliente cuando me topé contigo. Ya con ropa casual, yo con uniforme de la empresa.

Fue de momento el shock de verte de nuevo que me dejó fría y no supe que decir. Ni recuerdo lo que contesté cuando me dijiste hola.

Ambos quisimos seguir nuestro camino, pero nos ganó la curiosidad, o el flechazo, o el deseo, o qué sé yo.

Por supuesto, tomaste la iniciativa, siendo tan seguro de ti mismo.

– Me llamo Víctor, ¿tú?

– Julieta.

– ¿Trabajas por aquí?

– No, me dirigía con una… a comprar un café.

– ¿Me invitas?

– Sí, claro, solo que tengo asuntos que atender al rato.

– No importa, yo también. Dame media hora para charlar, con eso tengo.

Así comenzó nuestra trama. La media hora se convirtió en mañana, pero me gustaba tu plática. Saber que eras local y que yo podría volver seguido a ver a las clientes de la ciudad me alegraba. Pasó el mediodía y seguimos juntos; pedimos comida después de tres horas y ya tantas tazas de café. Y aunque me preocupaba que mis clientas no me vieran llegar, como había quedado, sentía que pasar el tiempo contigo era más importante. Y llegó la noche. Ya para entonces habíamos dejado el restaurante hacía horas y caminado sin rumbo hasta que me di cuenta de que estaba perdida, pues no conocía la ciudad. Pero tú sí.

Así que al tomar el taxi me despedía con la promesa de volver a vernos al día siguiente, solo que en la tarde.

Y así sucedió.

Y también nos llegó la noche.

Y de nuevo nos vimos todo el día el sábado.

Y el domingo ya no pudimos evitarlo. El beso más tierno y apasionado que haya experimentado nunca.

Y los subsecuentes.

Pero el lunes tuve que irme temprano, pues mi equipo ya había completado el 80% de las ventas, y nuestra capitán estaba contenta y muy deseosa de volver a nuestra tierra.

Yo me sentía mal porque sabía que hubiésemos logrado cerca del 100% si me hubiera dedicado a ver a todas las clientas que me asignaron, y sentía peor aun sabiendo que pasaría mucho tiempo sin verte.

A pesar de que nunca me dijiste ciertas palabras que una a veces necesita escuchar, sentía que sería a la siguiente vuelta que las oiría. Deseaba.

Pasaron los meses.

Yo ansiosa. Cada vez más.

No sabía hasta cuándo regresaría y me quemaba las entrañas queriendo volver. Varias veces marqué tu número de casa y cuando alguien contestaba, un hombre siempre, que no sabía si era tu hermano o tu padre, colgaba temblando de nervios.

Por fin se me ocurrió llamar a una de las clientes de allá y la convencí de que juntara a sus compañeras de trabajo, familiares, y amistades a quienes les interesaran nuestros productos, prometiéndole una muy buena comisión de mis ventas, y productos gratis para ella.

Al presentar la oportunidad a mi capitán no puso objeción en enviarme sola, aunque algo preocupada y sospechosa de mi súbito proyecto y elevado número de nuevos prospectos ya enlistados.

Y volvimos a vernos, y volvimos a pasar el tiempo juntos, el cual parecía volar en tu presencia. A pesar de que hicimos paseos, disfrutamos de los atardeceres, de la luna llena, de nuestras ocurrencias, de todo lo que una pareja joven puede disfrutar, los días se fueron en un abrir y cerrar de ojos.

Y no escuché de tus labios las tan ansiadas palabras.

Pasaron dos meses más y se presentó ahora sí la oportunidad de vernos de nuevo. Algo me decía que por fin concretarías nuestro extraño, súbito y bello idilio.

Pero no se dio.

Por azares del destino me encontré de pronto en líos familiares, problemas laborales, y crisis en la ciudad, y todo se tornó un remolino en cuyo centro estaba yo.

Y mucho tiempo después de que amainó, el torbellino se encontró en mi mente. Por mucho tiempo también.

Y entonces no pasaron meses, sino años.

El perder el contacto contigo por tanto tiempo me hizo darme cuenta de que ya no te vería, y entonces supe también que ya tenías familia. Quise olvidarte.

Pero nunca lo logré.

A pesar de que también busqué tener familia cuando supe de la tuya.

Y de haber dejado ese empleo, pues me hacía recordar esos viajes.

Y de haber migrado lejos, como queriendo escapar de los lugares que me recordaban a ti.

Y de otros muchos vendajes banales que me imponía.

En las noches a veces me preguntaba muchas cosas al respecto. Me flagelaba mentalmente el no haber insistido en más visitas. Me frustraba el no saber por qué nunca me preguntaste. Me quedaba despierta por horas, a pesar de tener a alguien a mi lado.

La cosa era que, en aquel entonces, estaba segura de que vendrías a mí, y que tendríamos una muy larga vida juntos, y me sentía más que celosa de ella quien te conquistó tan fácil y rápidamente al tan poco tiempo de yo haberte visto por última vez.

Mi único triunfo, mi único consuelo era que yo te besé primero, pero que de nada servía.

De nada sirve.

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¿Creciste?

Pero extrañas tu infancia.

No recuerdas cuándo ni cómo, pero de repente te dabas cuenta de que existían los amigos, que los niños más grandes que tú te preguntaban tu nombre, y luego te enseñaban a jugar como ellos y con ellos.

Y que al regresar corriendo a casa le decías a tu mamá que ya tenías tres amigos y una amiga.

Aprendías y jugabas a la matatena, a las canicas, al yoyo, al trompo, el cual no te agradó mucho después de intentarlo varias veces. A la casita, a empujar carritos en los caminos que habían trazado entre todos en el piso. A trazar también con gis en el suelo figuras coloridas que reflejaban tu personalidad y tus gustos. A las escondidas, a saltar la cuerda, a coordinar las manos chocándolas mientras cantaban «choco, choco, la, la, te, te». A la rayuela, o la víbora de la mar, la rueda de San Miguel, Burro 16, Shanghai, Chinchilagua…

Mas lo tuyo era correr; que, si a los encantados o a la traes, o a declarar la guerra en contra de, al semáforo, a los relevos. Y después, las pelotas. Las chicas para el beisbol y las casillas, las grandes para el volibol y el futbol.

Algunos juegos vinieron y se fueron rápido: la peteca, el diábolo, la resortera, poste con pelota. Esos no eran para alguien como tú.

Ir al parque era lo mejor: los columpios, la resbaladilla, el subibaja, el remolino, la escalada…

Después de la escuela y los deberes, a lo único que entrabas a casa era a tomar agua o a tirarla ya procesada. Eras feliz.

Y después, entrando en las mocedades, el enamoramiento. Ahí cambió todo. Ya no era nada más el buscar amistades. Las tuyas, las mayores, comenzaban a alejarse, prefiriendo mejor a alguien del sexo opuesto y abandonándote a ti y a los demás. Hasta que te llegó también la curiosidad, las ganas de conocer a ese alguien que te hacía sentir algo que no habías sentido.

Pero eso es también historia.

La cosa es que eso del amor de y por alguien ha llegado y se ha ido. Varias veces.

La infancia era la cosa.

Nada de problemas, nada de carencias, porque tus padres primero se quedaban con hambre que dejarte a ti sintiendo eso. La ropa que te compraban no era algo que te preocupara; si acaso, te pedían que escogieras el color, y ya. La escuela era llevadera. Tu casa era simplemente una casa. Ni sabías ni entendías que hubiera otras más grandes, o más lujosas, o algunas apenas chozas.

Nada de eso importaba.

Eras feliz.

Y ahora que has crecido, que has experimentado todas las emociones y sentimientos que existen, los buenos, los malos, los increíbles, los profundos, los inenarrables… ahora que has llegado a esta edad quisieras volver a tu infancia.

A no tener preocupaciones, a rasparte las rodillas y a ensuciarte los brazos. A destruir los zapatos en tiempo récord. A tener esos amigos, que eran el mejor regalo posible. A colgarte de las piernas de papá cuando regresaba del trabajo, o a abrazarte de mamá cada vez que ella extendía sus brazos.

A ponerte triste y platicarle a tu amiga que se te quebró tu crayón favorito, para que ella te consolara, o a tú ser el consuelo cuando ella te decía que no entendía mate y sacó baja calificación.

Cosas de niños.

El mayor de tus problemas en esos años era, una vez recibida la mesada, presentarte con la señora de los dulces y decidir si comprar alfajor, o cocada, o mazapán, o chiclosos… Ese era el verdadero dilema.

Pero creciste.

Ya no es tan agradable festejar el cumpleaños de tu amigo o de tu prima como lo era en aquella época. El pastel, los regalos, las sorpresas, los cantos, los juegos…

¿Será por eso por lo que nos da tanta alegría recibir a un recién nacido, porque sabemos que sus primeros años serán los mejores de su vida?

Una vez que mis hijos estaban jugando en el patio, gritando y riendo como locos, vi que mi vecino los veía desde su ventana. Me acerqué a ofrecer disculpas por el escándalo.

¿Su reacción? “¡Déjalos que sean niños! Es tan agradable escuchar risas y voces llenas de felicidad.”

Solté un par de lágrimas.

Tenemos miles de preocupaciones. Miles de ocupaciones, miles de conocidos, miles de recuerdos.

La próxima vez que pases por un parque, colúmpiate. O cuando veas a tu amiga, o a tu primo, invítalo a chocar las manos. O, si te apena hacer esas cosas, vayan a bailar, que es lo más cercano a jugar como niños. Te aseguro que reirás como hace tanto que no lo haces.

Regresa a esos años.

Cada vez nos quedan menos.

Sé niño otra vez.

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¿Y si le digo Te amo?

Es que no puedo ocultar el miedo que me da. 😬

Aunque ella lo sabe ya.

O creo que así es, pues se lo he dicho de mil maneras.

Y lo he demostrado, además.

🤔 ¿Será que mis magnitudes distan mucho de las de ella?

Pero ahora, con tantas cosas de por medio, no sé por dónde empezar.

Está esperando a que le diga. ¿Será?

Total, que no me animo, mi corazón hecho pedazos está. 💔

Y, aunque reconstruido, sí, muy frágil que está. ❤️‍🩹

¿Y si llamo nada más?

Pa’ que conteste y yo diga Te amo, y colgar.

Y si piensa ¡Ay! ese enfadoso está igual.

O aún peor ¡Ay! este cabrón sigue igual. 🤬

O que mis palabras suenen huecas. Y ya ni caso haga.

Tal vez mi tanto insistir le ha causado malestar.

Y lo tome como falso. Como nomás por hablar.

Pero ¿qué hago con todo eso que traigo dentro?

Casi a punto de explotar. 💥

¿Y si le digo Te amo, nada más pa’ desahogar?

No encuentro una forma chusca, que no cause fastidiar.

Ni una muy franca y decente, que aterre de seriedad.

Ella siempre con sus cosas, son muchas.

Y yo y mi pensar y pensar:

¿Y si por no decir algo se junta con alguien más?

¿O será que desde antes con alguien está?

Y no me he dado cuenta o no lo quiero aceptar. 😔

¿O si digo demasiado y me equivoco al hablar?

¿Y si no encuentro la forma de expresar con claridad?

Ya no sé qué más creer.

Ya no sé qué más pensar.

Ya no sé qué más hacer.

Y no sé a quién más amar.

¿Y si le digo Te amo?

¿Cómo? ¿cómo?

¿Y si le mando una carta? Bien escrita. ✉️

¿Y si me le paro enfrente? Pa’ besarla. 😳

Y si no le hago la lucha, ¿mejor será?

¿Y quedarme para siempre con la curiosidad?

La neta, la neta neta.

Ni por dónde comenzar.

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Sin reflejos.

Terminaba el sofocante verano del 2031, iniciaba septiembre con una temperatura apenas pasable, pero mucho mejor que los meses anteriores, los cuales habían quemado miles de hectáreas en los bosques del norte y de Australia, haciendo daño también a poblaciones enteras, las cuales en cuestión de días habían sucumbido a las feroces llamas. Muchos lugares del hemisferio norte habían cambiado su geografía en cuestión de meses.

Miles de personas fallecieron no solo por haber sido atrapados sin salida, sino también a causa de la inhalación del humo, el cual cubría grandes áreas, envolviendo en algunos casos estados, provincias y hasta países enteros. Y por supuesto también por falta de hidratación.

La incapacidad, ignorancia y corrupción de los gobiernos anteriores propiciaron que la crisis climática se acelerara sin que los pobladores pudieran impedirlo.

Cuando todos creían que habría un respiro gracias al otoño cada vez más cerca, los astrónomos y las agencias espaciales comenzaron a sonar la alarma: algo se acercaba a la tierra a velocidades nunca antes detectadas. Aunque cualquiera que fuera lo que venía, pues no atinaban a decir si era un meteoro, un cometa, o algo más; era que los espectrómetros de masas indicaban la presencia de algo masivo y con elementos varios, principalmente metálicos, acercándose.

Según los cálculos, daría con la tierra aproximadamente el cuatro de septiembre.

Los gobiernos instaban a los ciudadanos a no actuar en pánico, pues aún no se sabía qué era lo que venía; los ciudadanos del mundo reaccionaban de distintas formas: algunos daban todo por perdido, otros dejaban de hacer sus actividades cotidianas, se preparaban haciéndose de armas existentes y fabricando rudimentarias. Los países con mejor armamento trazaban planes de ataque hacia el espacio, pero nada de lo tenido podría llegar a hacer daño a algo que no se sabía lo que era y mucho menos hacia o fuera de la atmósfera.

El dos de septiembre el mar comenzó a dejar de moverse. Muy imperceptiblemente al principio, pero para el tres, pareciera que las olas eran cosa del pasado. Lo extraordinario era que no estaba congelado, ni siquiera frío, simplemente no había movimiento, la marea había cesado, no había oleaje ni resaca, los peces seguían bien, pero la superficie era tan plana como si fuera un lago canadiense.

Y entonces llegó la oscuridad.

Algo como un velo gris cubrió el planeta entero. La mayoría de gente se arrodillaba y rezaba suplicante, sintiendo que todos moriríamos, pero, al igual que con el agua, la luz del sol que se filtraba por el opacado cielo seguía calentando. Todo mundo dejó de trabajar, y se pegaba a los canales noticieros para saber qué estaba sucediendo.

Cuando todos los aparatos electrónicos dejaron de funcionar, comenzó el pánico, aunque la interrupción solo duró la madrugada del día cuatro.

Al ir clareando el alba nos dimos cuenta de que el mar había vuelto a la normalidad, y ya no había manto gris cubriendo el planeta, pero ahora cuatro magníficas estructuras, semejantes a triángulos equiláteros de cientos de kilómetros de área, se habían posicionado alrededor del planeta a distancias equidistantes unos de otros, y prácticamente entre la luna y la tierra, o eso era lo que calculaban los astrónomos.

Nadie sabía que hacer, ni los gobernantes ni los científicos, ni los militares, y mucho menos la gente común.

Y entonces, exactamente a las 10:00am hora del centro, En todos los aparatos capaces de recibir frecuencias eléctricas, desde teléfonos hasta las gigantescas pantallas de los estadios, sonó un tono semejante a una alarma de despertador, y luego una voz neutra no manifestando emoción alguna, y sin tono femenino ni masculino, diciendo algo por espacio de 19 segundos.

Terminó el mensaje y de inmediato los triangulotes comenzaron a iluminarse. Puesto que eran tan enormes, todo el mundo podía ver a por lo menos uno de ellos, incluso en donde a esa hora era de noche, pues lograban proyectar su sombra en la luna, la cual en momentos parecía un pac-man forzado.

Cuando los triangulotes se llenaron de una casi imperceptible luz violeta, súbitamente desaparecieron. Como si hubiera sido un efecto especial de película. Sin sonido, sin rastro.

En ese mismo momento los astrónomos informaron que se alejaban a la misma velocidad a la que habían llegado. Y que, al parecer, se habían “ensamblado”.

Los gobiernos comenzaron a indagar unos con otros qué idioma era el que la voz había utilizado, pues no era ninguno de los mayores; algunos decían que era seguramente uno de áfrica, los africanos decían que debía ser de los nativos de Norteamérica, los indios decían que más bien parecía del medio oriente. Y así pasaron muchos minutos en los que las redes sociales se inundaban de opiniones, pero nadie atinó a identificar el idioma. Nadie.

Aquellos que habían grabado la voz la reproducían una y otra vez, más lento, más rápido, inversa. Nada.

Fue hasta entonces que todos comenzamos a darnos cuenta de lo que realmente había sucedido. Todos los vidrios de ventanas, pantallas, espejos, vasos, botellas, parabrisas, cuadros, teléfonos, absolutamente todos los vidrios se encontraban ahora con una capa delgadísima de algo semejante a polvo, pero tal filme estaba adherido al vidrio por dentro.

Podíamos aun usar todo sin problema, lo único era la capa esa omnipresente. Todo cambió: los edificios se veían totalmente distintos, los vehículos, los cuadros en las paredes, todo.

Fue cuando algunos gritos de desesperación, miedo e incredulidad comenzaron a sonar que por fin nos dimos cuenta: nada reflejaba. Mas los vidrios permitían ver a través de ellos.

Ni los espejos de los carros, ni los de las casas, y ni siquiera un teléfono apagado reflejaba nuestra cara al tenerlo a centímetros de la misma.

El tráfico vehicular se hizo más lento y al mismo tiempo peligroso, los vehículos grandes, tan dependientes de sus espejos, quedaban atascados a la hora de tratar de maniobrar una vuelta o una reversa.

Los conductores menos hábiles comenzaron a causar accidentes, a pesar de que ya todos manejaban mucho más lento que antes.

Para las personas que estaban acostumbradas a alinearse, maquillarse, o afeitarse, súbitamente dejaron de poder hacerlo. Los salones de belleza y barberías de repente tenían largas filas sin fin.

Algunas personas en su desesperación y enojo, quebraban los vidrios, los espejos, todo aquello que les había sido útil era ahora motivo de frustración.

Varios plásticos oscuros sí reflejaban las cosas, pero era definitivamente distinto ver esos deformes reflejos a los de un espejo. El agua sí reflejaba, pero era impráctico estar viendo hacia abajo en una palangana o un charco o un lago sereno para poder verse.

Por cierto, los fabricantes de vidrio quedaban perplejos porque sus procesos eran exactamente los mismos, pero al crear un nuevo vidrio, éste al enfriarse le aparecía la capa equis, como por arte de magia.

En todos los medios seguía la indagación sobre el idioma que la voz había utilizado para dar el mensaje, pero pasaron tres días y todos comenzamos a perder la esperanza de que alguien hubiera entendido. Ni siquiera la IA lo había logrado: dando como resultados barbaridades que solo causaban risa.

Pasó una semana en la que comenzamos a acostumbrarnos a la falta de reflejos. Cada vez más despeinados, barbones, desmaquillados, desalineados, y en general menos coordinados en cuestión de ropajes y sonrisas.

Y entonces comenzó a suceder el milagro.

Puesto que los científicos no podían explicar el fenómeno de las aguas calmadas ni el velo del planeta, se enfocaron a investigar lo que realmente eran los triángulos: de qué estaban hechos, sus dimensiones reales, su procedencia, etcétera. Para ello se formaron comités internacionales dedicados exclusivamente a ese fin.

Los lingüistas seguían en su búsqueda infructuosa por identificar el mensaje, y también formaron alianzas entre países que dedicaban grandes fondos para investigar hasta en los pueblos cuyos dialectos estaban casi en extinción. De seguro el mensaje era importantísimo, y pues habría que descifrarlo.

La cooperación entre países comenzó a solidificarse ante tan poderosa muestra de tecnología proveniente de quién sabe dónde, se forjaron pactos militares de cooperación. Muchos conflictos armados cesaron de inmediato.

Las leyes de tránsito y las formas de conducir comenzaron a cambiar:  las velocidades máximas, los tiempos de espera en un crucero, la necesidad de que en vehículos de mayor rodado hubiera por lo menos dos personas, y así. También se crearon nuevos puestos: ayudantes de estacionamientos, valets, más choferes…

Se veía más gente en la calle corriendo o en bicicleta o caminando, y además platicando unos con otros.

Comenzamos a dormir mejor, a alimentarnos bien, tanto así, que algunas empresas fabricantes de comida chatarra dejaron de producir; y no por cuestión de bancarrota, sino porque los dueños simplemente se avergonzaban de haber estado envenenando a la gente. El consumo de drogas, de alcohol, de tabaco, de estupefacientes bajó drásticamente.

Las fábricas de armas también dejaron de producir, y algunas hasta ofrecieron destruir las armas existentes. La mayoría de los países estuvo de acuerdo.

Lo mejor de todo fue que comenzamos a tocarnos, a platicar más, a querernos, a sentirnos, a escucharnos.

Unos a otros nos peinamos, nos afeitamos con mucho cuidado eso sí. Nos maquillamos, queríamos que la persona a la que le hacíamos algo quedara lo mejor posible, y ellas en reciprocidad hacían lo mismo. Para poder apreciar el resultado del peinado o del maquillaje o lo que fuera, al terminar nos tomamos fotos, y varias, además: de frente, de un perfil, del otro: de cuerpo completo.

Eso nos hizo reaccionar y entonces nos dedicábamos a convivir más tiempo en contacto humano.

Bajaron las frustraciones, se incrementó la amabilidad, se establecieron nuevas reglas laborales en cuestión de horas y lugares de trabajo, y también de paga.

Fue curioso como el simple hecho de que no pudiéramos ver nuestro reflejo en superficie alguna nos hiciera apreciar a los demás. Los juegos en línea cayeron, dando paso a las pláticas y risas de los juegos de mesa. Los padres dedicaban más tiempo a las tareas escolares de los hijos, y también a leerles o contarles un cuento a la hora de acostarse.

Los maestros comenzaron a sentirse mejor, pues los alumnos ya ponían atención y sus calificaciones mejoraron. Los vendedores se desvivían por satisfacer al cliente, la burocracia comenzó a ser efectiva, los rivales políticos se felicitaban cuando uno era elegido, y los perdedores se ponían a sus órdenes en caso de ser necesitados… Todo cambió. En cuestión de meses.

En enero, unos turistas norteamericanos en Playa Azul, Costa Rica, trataban de utilizar la grabación del mensaje de otro mundo en una canción de rap. Tenían media hora tratando de pronunciar las palabras cantando a un ritmo, y luego a otro, y entre risas se criticaban el no poder hacerlo.

Una vendedora de cocos de muy avanzada edad estuvo escuchándolos todo el tiempo, y entonces se acercó y quiso preguntarles algo, pero ella no hablaba francés y ellos tenían muy poco español. La señora decía cosas y hacía gestos señalando las bocinas, sus oídos, y su boca. Un muchacho que observaba la escena reaccionó y corrió hacia uno de los hotelitos del lugar, trayendo también corriendo a una mujer. Ésta hablaba francés.

La viejecilla decía que su abuelo, nacido en el norte de Belice, le hablaba con esas palabras y en ese idioma cuando ella era una niña.

El descubrimiento fue noticia inmediata, los lingüistas y antropólogos se concentraron en los mayas. La viejecilla fue llevada a un lugar en donde la grabación se reproduciría claramente, y psicólogos y especialistas en lenguajes le ayudarían a recordar y a encadenar aquellas palabras cuyo significado no fuera claro.

Tratándola como la persona más importante del mundo, el proceso de traducción tomó dos semanas, pues los científicos querían estar seguros de que cada palabra que ella pudiera identificar encajara bien con las que no.

Para mediados del siguiente año ya todos estábamos distintos, se notaba el respeto entre desconocidos, la contaminación del aire y las aguas bajó, se percibía el aura de las personas buenas, los gobiernos ahora sí se enfocaban al pueblo y no a intereses de partido, algunas fronteras dejaron de ser tales, la producción de alimentos sanos se elevó al tiempo que el consumo de carne cayó, se liberaron las mascotas exóticas y se prohibió la caza, las personas que vivían en la calle o bajo puentes ya tenían un lugar, los vehículos transportaban más personas en vez de solo el conductor, hubo más fiestas imprevistas en las plazas públicas, los parques se atiborraban de familias y los niños jugaban de todo, desde futbol hasta You’re It, y con ello, las risas infantiles opacaban hasta a los cantos de los pájaros.

Todo mejoró.

Fue también que en esos meses de verano todos notamos que la capa grisácea que habían creado en todos los vidrios cada vez era menos notoria y ya los reflejos comenzaban a darse. Primero en lo útil: los instrumentos dentales, quirúrgicos, y de laboratorio, los telescopios, las celdas solares, y así. Y después y más lentamente en los menos necesarios. Era seguro que desaparecería por completo en menos de dos años.

Lo cual ya no importaba, ya no eran imprescindibles los reflejos: todos queríamos seguir atendiéndonos unos a otros.

¡Ah, sí! La traducción del mensaje que la mayoría estuvo de acuerdo, pues al parecer la mitad del mismo no se le encontró significado:

“Ve hacia afuera. Te atiendes, te quieres, te cuidas y creces cuando lo haces en los demás y en todo lo que te rodea.”

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Las cuatro Cs de las relaciones.

Estas son algo en que las personas maduras tienen mucha experiencia, y por consiguiente se vuelven cláusulas legales en algunos contratos matrimoniales y eclesiásticos.

Independientemente de qué aplica en la sociedad equis o ye, o en el gremio zeta; es fundamental contar con 4 Cs:

+ Comprensión

+ Comunicación

+ Confianza

+ Cuidado

Estas son las columnas que sostienen la estructura de la relación.

Comprensión: no precisamente el entender lo que la otra persona dice, sino darnos cuenta de la individualidad de cada quién, y poner de nuestra parte para ser asertivos y pacientes con las ideas, pensamientos, emociones, y creencias del otro.

Comunicación: es fundamental no solo desear y tratar de transmitir nuestros intereses, planes, e ideas, sino también ser buenos receptores y cooperar en los diálogos, enfocándonos a la información que recibimos, sin interrupciones ni suposiciones, sino a un verdadero ejercicio de escucha activo.

Al transmitir, ser lo más claro posible teniendo en cuenta que el receptor tiene filtros, experiencias y conceptos distintos a los que nosotros tenemos.

Ésta debe darse puntual y natural, si hay algo importante qué transmitir no hay que esperar a que el otro pregunte o a que pase el tiempo. En ese momento debe darse.

Confianza: ésta siempre existirá desde el mismo momento en que comienza la relación, pero es muy delicada y hay que estar manteniéndola todo el tiempo, día con día. Las incoherencias, los engaños y las omisiones merman drásticamente el valor de la confianza. Es muy difícil recrearla al nivel inicial y aún más difícil hacerla plena. Nuestros valores son un sostén para la confianza. De nosotros depende el mantenerla por medio de la honestidad y la congruencia en nuestros actos y palabras.

Cuidado: no precisamente el de estar espiando al otro o de curarle las heridas, sino el proporcionarle el debido aprecio que se merece. Sin burlas, ni infidelidades, ni manchando su reputación, ni tratándolo como a un inferior, ni descortesías.

Respeto, prácticamente.

Cuando alguna de estas 4 Cs se agrieta o resquebraja, la estructura no resiste igual. Si alguna C se destruye, es posible que las otras 3 aún puedan sostenerla, aunque sufriendo terrible presión.

Si 2 Cs caen, es imposible que la estructura exista, pues es ya una demolición total.

Algunos le daremos más importancia a una C que a las otras, o tal vez igual peso a dos de ellas, pero independientemente de cuál es la que consideramos como menos necesaria, ésta al fallar comienza la destrucción de la relación.

Si tuviera que agregar una quinta C, sería ésta: Cultiva las otras 4.

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Las afectadas partes de mi cuerpo.

Son muchas. Casi todo.

Despertar al estirar el brazo tratando de tocarte y no percibir contacto.

Voltear a cada rato de la cocina hacia la recámara o de ésta hacia la sala, queriendo que por arte de magia te aparezcas. Aunque no te vea claramente, solo saber tu presencia cerca.

Mirarme al espejo en la mañana, sin ganas de arreglarme ni el cabello siquiera, notando las oscuras ojeras que se han formado por, de, y para ti.

O al bañarme, cuando me tallo la espalda, queriendo que en lugar de un estropajo o cepillo sean tus dedos y tus uñas las que se deslizan por ella.

El silencio de las noches sin tu voz y ni siquiera tu respirar me ensordecen. Curioso como la ausencia de sonido causa tan alterno efecto en mi oído.

Veo mis manos una y otra vez prácticamente todo el día, y no sé qué hacer, y se acarician una a la otra tan seguido cual es posible, pues se sienten desnudas de no estar sus dedos entretejidos con los tuyos.

Hablo solo y sonriendo, como queriendo que me escucharas y me respondieras y poder oír esas respuestas, aunque fuese un monosílabo… pero nada.

Y eso de voltear de un lado a otro es en todos lados, no únicamente en casa, hasta cuando voy por la calle desesperadamente viendo figuras semejantes a tu cuerpo, para en alguna de ellas encontrarte de nuevo. Para por lo menos saberte ahí, aunque no pueda saludarte, aunque la vista me engañe y no seas realmente tu…

Lo peor es la boca. Me muerdo los labios ya tan seguido, que la gente ha de pensar que tengo una deformación bucal.

Y esto que te digo es únicamente la cuestión corporal. Lo cual es fácil de entender.

Lo peor pasa en mi mente, no solo está afectada, está transformada. ¿Trastornada?

Y tanto, que tratar de especificar cómo, sería un intento fútil.

Incluso para mí.

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Te invito a mi funeral.

Te invito a mi funeral

Ya está muy cerca la fecha

Habrá tequila y mezcal

Y también mucha cerveza

Sí, así dirá la invitación para que todos vengan.

Si solo les dijera que ya voy a morirme, nadie haría caso.

Pero así, con alcohol de por medio, es más probable que se presente un buen porcentaje de familia, amigos, conocidos, y hasta gorrones que ni siquiera saben quién soy. O quién fui.

No decido qué música han de tocar en el velorio. El mariachi escandaliza mucho, el rock, ni se diga. Y las piezas de música clásica que a mí me gustan, de seguro ponen más tristes a los espectadores. Porque eso serán: asistentes a un espectáculo morboso para algunos y cómico para otros. Sobre todo, si es que la obstinada y stultissimi familia de mi esposa insiste en que no se lleve a cabo mi deseo de vestirme no con traje, sino con mis pantalones de manta blancos, cinturón bordado, camisa rosa de algodón, y huaraches abiertos. Así, así nada más, sin calzones ni calcetines.

Eso sí, con mi reloj Casio que tantos años le ha durado la batería.

Lo que no he decidido aún es lo que ha de decir mi lápida porque no quiero que me sepulten, sino que me cremen. Pero, por las razones indicadas en el párrafo anterior, es seguro que con su ad extremis fanatismo religioso también querrán que se me entierre: “…al cabo que ya está muerto, tú. Ni modo que resucite pa’ decirnos que quiere pira. No le aunque que los escuincles también sepan que quería ser achicharrado. Les exponemos, si es que preguntan, y ya. ¿Edá? Ansina mesmo le hacemos.”

Le indiqué a mi albacea en dónde dejaría un sobre cerrado en mi cuchitril en caso de que ella perdiera el que yo le entregué, conteniendo copia fiel de mis últimos deseos, suponiendo que ella sí pueda enfrentar las hordas de mi familia putativa, y hacer valer mis palabras escritas, so pena de enfrentar la ley. Aunque no sé si ese tipo de cosas sean incluidas en los muchos y gruesos y empolvados tomos leguleyos que nunca nadie toca.

Además, puesto que fue la más barata que encontré y ya le pagué, es capaz de que decide nada hacer. Sobre todo, porque mi herencia hacia mis dos pobres hijos consiste en muebles pasados de moda y un buen número de libros de los clásicos, o sea, aquellos que ya nadie lee. El dinero no les alcanzará ni para comprar una computadora Apple.

Incluyo también a Camila en esa herencia. Pues la señora que de vez en vez me acecha y alcanza en la calle para pedirme dinero amenazando que, si no le doy, va a contarle a todo mundo que hace dieciocho años en las fiestas de San Pedro ella y yo nos embriagamos y acostamos, siendo fruto de tan apasionada, agradable y vergonzosa noche, Camila. Por eso.

Esto, a pesar de mis protestas argumentando que no la recuerdo a ella, ni a haber estado briago hace dieciocho años, y ni siquiera a haber acudido a las tales fiestas patronales. En fin, no pide mucho, y nada me cuesta darle lo que me gastaría en cuatro o cinco Grande Matcha Latte Frappuccinos del estarbux.

Mmh… Tal vez sea necesario también incluir comida en la inviteishion, de preferencia picante, pues aquellos que no toman ¿cómo le hago para que suelten la lágrima?

Algo así como:

También habrá gran taquiza

Buche, tripa, y longaniza

Y al pastor, vegetarianos

Para los buenos veganos

Por lo anterior también se me ocurre que debo contratar plañideras, aunque todavía no sé dónde buscarlas, siento que serán necesarias. Porque si acaso me llora alguien va a ser o porque ya está bien borrascas o porque alguna vez me prestó dinero y nunca me acordé de pagarle.

O quizá lagrimee o hasta solloce una del único par de admiradoras que siempre me coqueteaban y lanzaban indirectas para ver si les daba cabida en mi corazón. O en mi cama.

Lo que ellas no saben, por más que yo les regresaba las indirectas, según yo muy sutilmente, es que mi corazón está hecho pedazos. No podría albergar ni a una abejita.

¿Y en tu cama?

Esperaba que nadie preguntara, pero bueno, ahí te va: hace tantos años que no tengo relaciones con el género opuesto (sí, ni con ella) que mis músculos pélvicos se sienten tan tiesos que parecería un robot oxidado, además de que dudo que mi tímido y pequeño órgano sexual tenga memoria de cómo se hace eso, yo creo que su sueño es tan profundo que quizá su funeral debió haber sido mucho antes que éste que viene.

Ayer acudí a las oficinas del registro civil para pedir me expidieran un certificado de defunción postpuesto, pero el encargado del departamento se negó redondamente. Bien curioso, quien me atendió en ventanilla se apellidaba Obeso, y estaba más escuálido que mi pierna izquierda; y su supervisor, Delgado, es seguro que pesaba más de 150 kilos. Por eso es por lo que no se negó rotundamente, sino redondamente.

Por más que insistí y le di fechas y todo, dijo que no se puede expedir dicho documento sino hasta que el forense declare que la persona ha dejado de respirar. Bien raro que todo el tiempo ambos me veían con los ojos bien abiertotes.

Regresando al tema principal de este cuasi monólogo: lo que me tiene piense y piense es mi epitafio. Sé que algunas personas también piden que la nota diga algo breve y positivo del interfecto, pero no se me ocurre qué decir de mí mismo que no suene exagerado, no tengo algo que resalte por sobre los demás: mencionar alguno de mis muchos logros artísticos por encima de los atléticos o académicos no me convence, tampoco el hacer énfasis en lo excelente padre que he sido, principalmente para Camila, a pesar de nunca haberla visto.

O que diga algo así como “Aquí yace el único doctor en zoología lumbricoide… ” pero no sé como continuaría, o acaso mejor mencionar que mi nombre estuvo en la lista de candidatos al premio Nobel de física cuántica, en la envidiable posición 891.

O quizá mejor sea algo sencillito que nada mencione sobre logros, sino más bien lo recibido: “Amado por propios y extraños…” algo así, aunque eso sería mentir.

Tal vez tenga que plagiar uno de algún desconocido…

Ya que decida si incluyo la taquiza o no, la invitación deberá tener dos últimas líneas:

R.S.V.P.

y

Se aceptan sugerencias para el epitafio: __________________________________________________________________________________

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Tierra Herida

Escritora invitada: Ana Minerva Jiménez de Lara Magaña


No recuerdo cuándo empecé a hablarle a la tierra o ella a mí. Tal vez fue el día en
que desenterré unos gastados tenis de adolescente. ¿Por dónde anduvieron antes?
¿Cómo llegaron ahí? No eran lo que yo buscaba, pero los acerqué a mi pecho como
si abrazara a quien caminó con ellos.


Mi hijo me decía que yo hablaba dormida. Ahora, en las madrugadas sin él,
creo que sigo hablando en sueños, pero también despierta. Le pregunto a la tierra
si lo tiene, si me lo guarda, si puede darme algo suyo. Un botón, una pertenencia,
un hueso. Cualquier cosa. Algo con lo que pueda tenerlo otra vez, aunque sea en
un fragmento de lo que fue.


Hoy, como siempre, nosotras, las que buscamos, llegamos al final. Después de los
que hicieron de esta tierra una tumba, después de la policía, después de que los
demás se marcharan dejando este rancho solo, lleno de murmullos que arrastra el
viento. Nosotras llegamos con nuestras palas, con nuestras varillas, con nuestras
manos ya curtidas. «Donde duele, hay que buscar», nos decimos unas a otras. Así
lo aprendimos, así lo hemos vivido. El suelo se resquebraja, nos responde. Si
sabemos leerlas, sus grietas nos revelan su secreto.


Llevo en el bolsillo el silbato de mi hijo, el mismo con el que anunciaba su
llegada a casa. Sabía cómo sacarme una sonrisa, cómo romper la rutina. Me aferro
a él cada vez que cavo, como si fuera un ancla. Ahora calla casi siempre… hasta
que hago un hallazgo. Entonces recupera su voz; se rompe en grito.


Aquí, en esta tierra herida, encontramos más de lo que podíamos imaginar:
vestimentas, huesos y montones de cenizas. No fue miedo lo que sentí, sino ese
dolor que nace en las entrañas y se expande en el cuerpo hasta volverse rabia.
Tuve la certeza de que teníamos que hacerlo porque nadie más lo haría. Nosotras
somos quienes buscamos, las que devuelven los nombres a sus familias, las que
gritan lo que otros deciden callar.


A veces, cuando alguien encuentra algo, se queda inmóvil. No hace falta
decir nada. Nuestras miradas se entienden. Sabemos lo que significa. En esos
momentos, la tierra nos devuelve algo a cambio de un pedazo de alma.


Hoy estuve a punto de sonar el silbato, pero me detuve en seco. Al observar con
mayor cuidado, lo reconocí. No podía hablar. No quise. Me quedé con él en las
manos, lo palpé con detenimiento. Las sienes me reventaban, me faltaba aire. Al
mismo tiempo, quería aventarlo y no soltarlo. Una mezcla de rabia y alivio. Un golpe
brutal me sacudió: ¿Y ahora, cómo aprendería a vivir sin la tierra llamándome, sin
la necesidad de excavar?


Me han dicho que debería dejar esto, que me daña, que debo aprender a
soltar.


No entienden.


Aún con la respuesta en mis manos, no puedo detenerme.


No solo es mi hijo, hay demasiadas heridas abiertas. Demasiados nombres
bajo tierra.


Aprieto el silbato en mi mano. El frío del metal recorre mi piel. Su silencio
vibra entre mis dedos. No suena, pero me dice algo.


No busco solo por mí.


Busco por cada desaparecido.


Hoy busco, buscamos, porque la tierra sigue llamándonos. No podemos
abandonarla. Si nosotras nos vamos, ¿quién quedará para escucharla?

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