El perro que no movía la cola.

Fue muy raro que por fin el perro estaba a la vista de todos, pues Irina, su dueña, caminaba por la banqueta rumbo al parque, su perrito (¿perrita?) amarrado con una correa un poco más larga que las comunes.

Caminaban lento, ella por su enfermedad o lastimadura, ya que nadie sabía qué le aquejaba, el animal por estar atado a la correa, y al mismo tiempo como por no saber a qué velocidad desplazarse, siendo un acontecimiento para todos, y principalmente para él, el estar fuera de casa.

Algunos vecinos le apodaban “la cojita” pero Irina no era coja, solo tenía un andar desbalanceado porque al parecer algo le molestaba en su pierna derecha; o quizá tendría un implante mecánico o qué se yo, la cosa es que caminaba raro, con pasos cortos debido a la rigidez de su lado derecho.

Aunque era seguro que nos identificaba a todos, Irina casi nunca dirigía la palabra a nadie, haciendo muecas y saludos distantes cuando alguno de nosotros nos la encontrábamos de frente, como por cortesía nada más.

De hecho, no era seguro que su nombre fuera Irina, sino que la vecina chismosa (nunca falta una de esas en los barrios) nos había dicho que así se llamaba, pero no había forma de constatarlo. Aparte, decía también que los muchachos que a veces se les veía llegar a casa de Irina, no eran familiares; lo cual nos causaba muchas dudas. A comparación de Irina, en cuestión de edades, los chicos podrían ser sus hijos o sus sobrinos. Algunos opinaban que eran jóvenes que venían de poblaciones lejanas y ella les proporcionaba alojamiento y alimentación por los tres o cuatro días que se les veía entrar y salir de casa.

Lo que sí era claro era que ninguno de ellos sacaba nunca al perro a pasear, ni los muchachos ni Irina. De hecho, aunque se notaba que el animal tendría unos cinco a siete años de edad, por un par de años dejé de verlo. Supuse que habría muerto o que lo vendieron o donaron.

La Chismes aseguraba que los muchachos eran sus amantes, lo cual pocos creían, pero ella insistía en que a veces en las noches al pasar por la casa se oían gemidos y ruidos propios de pasiones encendidas. Irina no era atractiva en lo absoluto, por lo que pensar que los jóvenes tuvieran una relación con ella más allá de lo familiar o en cuestiones de negocios era un ejercicio en futilidad.

Lo que sí es que ellos nunca coincidían, siempre era solamente uno el que vivía ahí por unos cuantos días, y normalmente nunca nos percatábamos de que ya se había ido. Únicamente nos dábamos cuenta que era otro el que ya había llegado días después de que el anterior se fue.

El perro pareciera ser mudo, daba esa impresión porque nunca nadie lo vio ladrar, y digo vio porque, aunque muy rara vez se escuchaban ladridos provenientes del patio de su casa, nadie podía asegurar que eran del perrito o de otro que andaba por ahí atrás y le ladraba a éste.

La cosa es que nos extrañaba a todos el ver a Irina caminar tan lento con su mascota yendo en dirección al parque. Nos preguntábamos si sería capaz -físicamente- de llegar hasta allá con tan lento proceder, y sin botella de agua visible. El perro, azorado, no movía la cola.

Todos los demás chuchos, que eran sacados a pasear a diario, demostraban el regocijo de que alguno de sus dueños los sacara, aunque fuera por esos breves treinta a sesenta minutos que les dedicaban para moverse. El estar encerrados por más de veintitrés horas diarias era un suplicio que sus amos no entendían, y el salir de la prisión causaba en ellos esa alegría que era fácil de detectar al verlos menear la cola, algunos con singular ritmo, y tan emocionados que a veces parecía que la correa reventaría de tanto brinco y jalones.

Pero el perro de Irina parecía can de otro mundo. Daba unos ocho pasos y volteaba a verla con un movimiento casi mecánico, una combinación de incredulidad y desatino a qué hacer. Era casi seguro que su dureza muscular era causada por la sorpresa de encontrarse caminando. Por momentos, la combinación de movimiento lento y cuasi mecánico de ambos semejaba una caricatura, no sabíamos si reír o aplaudir o tomar fotos o ir a ofrecer ayuda.

Entonces, Jason, que fue el primero en darse cuenta de la situación y fue llamándonos para atestiguar el espectáculo, dijo con toda la actitud de un sabelotodo: les apuesto a que de regreso el perrito sí la mueve.

Olivia, siempre la más aplicada en los estudios que todos, reajustándose los lentes de fondo de botella, elevó la voz y lo retó: van $10.00 a que no.

Jason lo había dicho sin real afán de hacer apuestas, pero el hecho de sentirse retado lo hizo asentir de inmediato: ¡Vale!

Ambos voltearon a verme con mirada de tú eres el juez, y procedieron a darme, cada quien, billetes que sumados eran en total $20.00. El de Olivia uno de diez tan plano y limpio que parecía recién impreso. Los dos de a cinco de Jason todos arrugados y desgastados.

Algunos de los muchachos miraron a Jason inclinando la cabeza o sonriéndole o palmeándole en señal de aprobación, mientras que únicamente Mary y yo volteamos con Olivia, Mary quizá por simple solidaridad femenina, yo porque intuía que ella algo sabía en cuestiones de conducta de fauna doméstica.

Sin comunicación hablada, sino mediante ese tipo de entendimiento cuántico que sucede sin que sepamos como, volteábamos a vernos como para establecer quienes irían por bebidas y botana mientras los demás nos acomodábamos en espera del retorno del peculiar par, casi enfrente de su casa.

Sin embargo, apenas nos sentábamos y mirábamos unos a otros y quedamos todos pasmados al darnos cuenta de que ya regresaban, no habían ido hasta el parque, como la mayoría supusimos, simplemente llegaron al final de la cuadra larga y regresaban ya. Irina exhausta y más lenta todavía.

Al darse cuenta de que la observábamos, quiso apresurar el paso como queriendo desaparecer lo más pronto posible tras la puerta de su casa, pero le era dificultoso.

Al pasar justo enfrente de nosotros, con la mirada baja, le decía algo a su mascota, la cual seguía levantando la cabeza cada ocho pasos con mirada y orejas atentas a lo que Irina decía.

Justo cuando nos dio la espalda para subir los escaloncitos de su puerta, sentí que alguien me tocaba el hombro y volteé a ver quién era, para ver la mano estirada de Olivia pidiendo su dinero.

Fue divertido ver que, como en concierto, lo único que vimos menearse fue la cabeza de los muchachos.

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Mis lecciones del 2020

Aunque para muchos ha sido el Annus Horribilis de nuestras vidas, gracias al 2020 mis prioridades se han afianzado y otras han cambiado:

Salud en mi familia, sobre cualquier otra cosa.

Tiempo para aquellos con los que tengo lazos estrechos.

En otras palabras, ocuparme de los que me rodean e importan.

Dedicarme a gestionar que las nuevas generaciones salgan adelante, para ellos las crisis han sido más pesadas que para quienes hemos vivido muchos años.

Procurar siempre ayudar a aquellos que pueden menos que yo, o que saben menos que yo, o que tienen menos que yo. Quienes están en condiciones semejantes o mejores a las mías me verán siempre cordial y amable, pues no sé su historia, pero entendiendo que ellos pueden valerse por sí mismos: si yo puedo hacerlo, ellos también.

De lo material, apreciar su verdadera liviandad:

Tener un buen vehículo es agradable, pero al final lo único que necesito es uno que funcione, que me lleve y traiga a y de donde necesito ir y volver.

El teléfono costoso y la laptop de lujo no son para mí, pues su valor es muy distinto a su precio.

Ya no guardaré esa bebida cara para una ocasión muy especial. El estar hoy, cumple con ese requisito.

De lo frívolo y accesorio:

Los kilos de más o de menos que me indique la báscula, será solo un rango numérico, no han de preocuparme más, siempre que esté sano y me sienta bien.

Lo mismo con la vestimenta, no modas, no marcas, no imitaciones. Lo que me ponga que me haga sentir bien y protegido de los elementos es lo que uso. Una sonrisa franca siempre será la mejor carta de presentación.

Ya:

Beberé y masticaré la comida más lentamente, disfrutando de la dulzura del mango, del amargor del café, de la textura de la sandía, de la suavidad del aguacate, del aroma del pan. Sin prisas, sin fingir que el trabajo es más importante. Si encima, al tomar alimentos se añade la compañía de alguien, disfrutar aún más la presencia de esas personas. Los temas a tratar son infinitos.

El silencio y la inacción no son opciones; si veo una injusticia, haré algo al respecto.

Mis conocidos se convierten en amigos, mis amigos se vuelven familia, mis familiares son yo.

Compromiso:

Prometo que no me dará vergüenza que me vean llorar al abrazar a alguien, pues la mayoría lo entenderá, aunque sé que a más de alguno le dará envidia que yo sí sea capaz y pueda derramar mis lágrimas en público. Ojalá y esto sea más contagioso que los virus.

Ahora entiendo que nuestras vidas comenzaron ayer y terminan mañana, por lo que solo tenemos hoy para enviar ese mensaje, hacer esa llamada, visitar a ese amigo, jugar con alguien.

Lo que viene:

Sé que las lecciones no terminan todavía, así que las espero con brazos, ojos, y mente abiertos.

Que lleguen.

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El veinte por ciento.

Me hubiera gustado mi cuerpo te fuera agradable, por lo menos, el veinte por ciento de lo que a mí me gusta el tuyo.

Me habría conformado con la quinta parte de lo que entregaba, no exigiría más.

Hubiera querido que mi amor por ti reintegrara el veinte por ciento, con eso me hubiera bastado.

Una quinta parte de los detallitos: los sin chiste, y los de larga planeación. Cualquier cosa que me hiciera abrir los ojos de enorme sorpresa, o reírme a carcajadas por la ocurrencia.

Haber sonreído, el veinte por ciento de las veces que tú a mí me entregabas esas sonrisas, las de antes y después de la intimidad. Estaría contento. Sería satisfecho. No pediría más.

Una quinta parte, y tal vez hasta menos, apoyaras mis sueños: los locos y los no tanto. Los tuyos cumplidos, los tuyos completos. Los míos en la lista: pero haber logrado el veinte por ciento, hubiera podido.

Haber obtenido una quinta parte de respuestas a mis palabras cargadas de sentimientos. No en todo momento, ni por todo el tiempo, pero de vez en vez, el veinte por ciento en retorno, algo de regreso. Me hubiera inspirado con eso.

No estoy reclamando, ni quejándome.

Es solo que a veces, al estar dormido, se cumplen mis sueños, me siento completo, no al veinte por ciento, sino satisfecho.

 

Una quinta parte. Eso hubiera sido.

Un veinte por ciento y vida habría obtenido.

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Hoy contigo.

Por la razón que sea, es en estas fechas de celebración para algunos, soez para otros, que se nos exhorta a reflexionar y a comprometernos a ser mejores personas en el año que comienza, que nos da por recordar y meditar.

Muchos de nosotros aprovechamos la ocasión para reunirnos con familia y amigos. Las más de las veces, estas celebraciones resultan ser las más sinceras en cuestión de afecto. Tal vez no tan grandiosas como las de la unión de dos personas, pero sí las más esperadas, sinceras, coloridas, preparadas, y esperanzadoras de todas.

Es probable que pensemos en aquellos que esta vez no nos acompañarán, en aquellos que han dejado este mundo: les recordamos y añoramos mucho. Tanto así que con más de algunos de ellos soltamos lágrimas, suspiros, y hasta palabras en voz baja hacia nosotros mismos.

Si eres como yo, coincidirás en que las ausencias que más pesan son las de aquellos que no están pudiendo haber venido, o nosotros ido a ellos. Las cuestiones económicas, geográficas, laborales, y aquellas que afectan a los que tenemos cerca, a veces no nos permiten darnos la alegría de compartir estas ocasiones con quienes quisiéramos estar.

Pienso mucho en todas aquellas personas que abrazaba hace menos de un año, también en las que afortunadamente pudimos hablar por teléfono y sentir la vibración de nuestras voces a través de las líneas, y hasta en quienes nos hicieron saber su presencia por medio de un mensaje de texto o similar.

 

Pero me he puesto a pensar y a recordar a muchos que no han estado, y que quisiera volver a ver cara a cara para decirles algo, dependiendo del trato que tuvimos hace ya un largo tiempo.

 

Verás: caigo en cuenta que lastimé a varias personas por medio de mis palabras y mis actos. Muchas de esas acciones fueron por falta de madurez o de conocimiento, pero hay ciertas etapas de mi vida en la que era yo un verdadero idiota y ofendía o lastimaba a alguien sabiendo perfectamente que lo hacía. No tengo excusas válidas para preparar el ofrecerles una disculpa, por lo que me gustaría verlos de frente y que escuchen mi voz y vean a mis ojos cuando les diga esas palabras.

 

Del mismo modo, hay algunas personas que me dañaron en gran medida. Y me es aún más urgente el acercarme a ellas para manifestarles que no les guardo rencor y nada tengo que reprocharles.

No quiero decir que el hecho que les haya perdonado significa que he olvidado. Hay muchas cosas que permanecen en la memoria y algunas todavía duelen al ser recordadas. Pero comprendo ahora que todos somos humanos, y que no todos tenemos las mimas oportunidades de educación o relaciones que otros obtenemos.

De cierta forma, esas acciones me hicieron ser la persona que hoy soy, y es muy factible que fueron la causa principal que me hizo saber el daño que causan las acciones, palabras, omisiones, y hasta la inacción de mi parte.

 

En fin, que hace falta llenar esos huequitos vacíos del corazón.

Tener esas charlas, estrechar esas manos, darnos esos abrazos sinceros, vaciar esos sacos llenos de pesadas piedras con un simple “por favor perdóname.”

 

No puedo hacerlo esta vez, pero espero que pronto estés escuchando de mi viva voz estas palabras, en lugar de leerlas. Por el momento, por lo menos en pensamiento, estoy contigo.

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Dentro de mi tumba

Dentro de mi tumba:

yazco inerte,

mi espíritu quebrado al fin.

Mas mi mente apenas activa,

se llena de arrepentimiento

por no haber arriesgado más,

bifurcando los Si Hubiera

cual ramas de sauce llorón.

¿Mi corazón?

Ese murió hace años.

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Padre universal

No entendía, papá, no sabía.

“No es uno hijo, sino hasta que se convierte en padre.”

 

Es apenas ahora que los muchos años me han dado duras lecciones que comprendo. Que por fin entiendo.

Abandonaste tus sueños, tus empresas, tus planes, y tu estilo de vida en el momento mismo en que supiste que te convertirías en padre de familia.

Tus prioridades cambiaron en un segundo, y dejaste de darte gustos, de ver por ti.

Le mostraste en ese mismo instante tu valía a la madre de tus hijos, sin necesidad de palabras, pues es seguro tu semblante cambió también. Adiós muchacho, bienvenido señor.

 

Sé, ahora, que ya no importó el continuar ahorrando para comprar ese reloj que te gustaba. Que cambiaste las camisas de porte fino por las de oferta, pues tus críos necesitaban zapatos.

 

Que enfrentaste retos, obstáculos, y a otros; y que mental y físicamente tuviste que aguantar insultos, atropellos, discriminación, golpes, traiciones, burlas, y no sé cuántas cosas más, y hasta de las personas más cercanas, a fin de que tu familia no sufriera.

 

Suponía, en mis años mozos, que tus amoratadas uñas y las cicatrices nuevas en tus manos eran por simple descuido. Ahora sé que la aparente desidia de ir al dentista era porque el costo era muy alto, comparado con lo que costaba la despensa mensual, y preferiste aguantar dolor y perder piezas dentales. Ahora sé que destruiste tu cuerpo a base de trabajo duro y sacrificio físico.

 

Te vi llegar exhausto tras largas jornadas de trabajo, arrastrando los pies y con energía apenas suficientes para alimentarte y llegar a tu cama. Solo para levantarte temprano al siguiente día y continuar la labor de proveer, por años.

 

Que lloraste en silencio, cuando nadie te veía, por no poder encontrar empleo, o no tener uno mejor remunerado. O por haber tomado una difícil decisión creyendo haberte equivocado y por consiguiente afectado a tus hijos.

 

Vi, cuando la economía familiar estaba en ceros, que tu anillo tan bonito, simplemente dejó de estar en tu anular, de repente y para siempre.

 

Que comías las sobras, o la comida fría, o saciabas tu hambre con pan, a fin de que los elementos nutritivos en tu mesa fueran aprovechados por tus hijos.

 

Que, en los momentos de crisis, estoicamente fingiste ser fuerte cuando por dentro sentías que te derrumbabas, porque las circunstancias requerían un ídolo, y no había alguien más.

 

Que tus ejemplos son, por mucho, lecciones más valiosas que aquellas por las que tiene uno que pagar en la universidad.

 

Que sonreías orgulloso a espaldas de tus hijos el día que uno de ellos te ganó una partida de ajedrez, o un juego de tenis, o cuando te pasó con facilidad en una carrera, o cuando caíste en cuenta que su educación, razonamiento, o memoria ya estaba muy por encima de los tuyos.

Como que valió la pena. Pensaste.

 

Pero todavía con eso, entiendo todo lo que has sacrificado, sin esperar a cambio ni siquiera palabras agradables, pues te has forjado soldado de la vida.

“Me sirve tu batalla, sin medalla.”

 

Total, que, papá, sé ahora, por fin, que no se te ha reconocido ampliamente. Y entiendo, al mismo tiempo, que no lo consideras necesario, ni lo esperas ni quieres siquiera.

 

Me gustaría que la estafeta que me has dado sea entregada con el mismo esfuerzo y firmeza al final de mi turno.

Aunque sé que, en mi caso, el alumno no superará al maestro.

 

Gracias, PADRE.

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Ya dejen de atacarse.

 

Me da mucha tristeza que siguen criticándose unos a otros en cuestiones electorales.

 

Entiendo la frustración y desesperación de la mayoría buscando un cambio, pero siguen cerrados a aceptar que un candidato equis no va a sacarlos de la situación en la que están.

De hecho, ésta misma no fue provocada por un partido en el poder, ni por un imbécil a la cabeza de la nación. Somos nosotros mismos los que nos hemos hundido y somos nosotros los únicos que podemos salir del hoyo por medios propios. No tus amistades, ni tu familia, ni tus gobernantes, sino tú mismo. México (o cualquier país) nunca mejorará si no lo hace cada uno de los integrantes de la nación.

 

Te repito, por enésima vez, que México no son las playas del territorio nacional, ni su petróleo, ni las pirámides, ni las fábricas, ni el tequila, ni un equipo de futbol.

México eres tú, y si no cambias, México no cambia.

 

La lucha no está en Facebook. ¿Realmente quieres hacer algo por tu país? Invita a platicar a aquellos que no se meten en las redes sociales y habla con ellos, abiertamente, y escúchalos también. Sin ofender, sin criticar, sin condenar, sin quejas, sino exponiendo tus puntos de vista y las razones positivas y reales por las que te inclinas por un cierto candidato.

 

El voto de castigo no es un voto útil. Si después de algunos años de hundimiento progresivo del país, tus descendientes te preguntaran por quién votaste para ese sexenio de desastre, ¿serás capaz de verlos a los ojos y decir la verdad?

No debemos permitir que el país caiga más bajo todavía de donde está, la fecha está encima.

 

Deja de perder el tiempo ofendiendo a otros y enfoca tu energía hacia el progreso y lo positivo de los candidatos, no se trata de decir “voté por el que ganó,” si el resultado de eso provoca que el país pierda. Se trata de votar por México.

 

Sé que tenemos que elegir al menos peor, y hay que hacerlo, simple y llanamente.

Votar por otro es caer más profundo, con pocas probabilidades de recuperación, en décadas.

 

Razona. No has votado, por lo que tienes muchos días para poner todo lo que los candidatos y partidos aportan, en la balanza: conocimiento, experiencia, educación, propuestas, inteligencia, equipo de trabajo, planes, comunicación, hechos, títulos, etc.

Estás muy a tiempo de elegir la opción menos peor, que, aunque triste en este caso, sería la mejor.

 

Actúa positivo.

 

 

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Deseo para ti.

Deseo muchas cosas, pero por el momento te digo lo siguiente. Deseo:

 

La taza en donde tomas tu bebida caliente no tenga rajaduras ni desportilladuras, y si es así, que sea la que te regaló un ser querido, y que no encaja en el estilo de todos tus demás trastes, pero, a pesar de eso y, por consiguiente, es tu favorita.

 

El plato en el que ofreces comida a tus visitas esté presentable, y tenga aún vivos los colores, los cuales solo el mucho uso desgasta y desvanece, y que tu frutero, desgastado o no, rajado o no, desvanecido o no, esté siempre lleno de frutas jugosas y deliciosas.

 

Tus amistades ni siquiera noten la edad de esos mismos platos, pues son tan buenas que lo que les importa es el estar contigo, independientemente de las condiciones de tu vajilla o la calidad de las sales, las grasas, y las especias que has mezclado para ellos.

 

Nadie te juzgue por las proporciones de tu vivienda, sino por la calidad de vida que dentro de la misma se logra, y la armonía que ha contenido durante tu habitar ahí.

 

Los vecinos te hablen como si a un amigo, por como mantienes tu banqueta, tu fachada, y los alrededores comunes, y sobre todo por el trato que les das a todos ellos.

 

La comunidad donde te desenvuelves aprecie tu integridad, tu entereza, tu honestidad, y tu valor como ser humano, y que reconozca todo esto mucho antes de que la dejes.

 

Las personas en el trabajo te reciban cuando llegas, con esas sonrisas que casi son aplausos, que te evalúen por lo que aportas, y te respeten por tu constancia, dedicación, y esfuerzo diario.

 

En tu vida inmediata la violencia y el odio existan solo como palabras en el diccionario, como temas de lugares muy apartados e históricos, o únicamente de referencia.

 

Puedas platicar abiertamente de todo lo que se te ocurra y lo que sientas: ideas locas, chistes tontos, fantasías, temores, planes, errores, recuerdos, vergüenzas, logros, y todo lo que es necesario conversar con esa persona especial que te escucha, te apoya, te consuela, te respeta, te admira, te perdona, te hace reír, te complace, y te ama.

 

Tu cama esté siempre llena de calor humano.

 

Tu cuerpo y mente te permitan disfrutar de partidas de ajedrez, paseos por el parque, juegos de volibol, de los aromas del mercado, de las conversaciones interesantes, de recordar los muy buenos tiempos, de disfrutar los sabores del queso fuerte, el café amargo, la miel de la caña, de las risas de los niños, de las lecturas nocturnas, y por sobre todo esto, que te permitan seguir identificando y abrazando a los seres amados, y seas también capaz de manifestarles tu amor y apreciar su reciprocidad, por muchos años.

 

En fin, que, en breve, deseo tengas a la mano tu taza favorita.

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Me negaste ayuda.

Me negaste ayuda, y me sentí muy molesto.
No podía entender cómo era que una simple solicitud de información u orientación para un cambio grande en mi vida, esto es, un pequeño empujón que me indicara el camino a seguir, me fuera negado.
Te critiqué abiertamente diciendo que esa era el tipo de actitudes que nos impiden avanzar como sociedad, que tu pensamiento era retrógrada y tu actitud de muy mala educación. El plasmar ante el público mi sarta de adjetivos calificativos nocivos y mi disgusto sedicentemente justificado hizo que otras personas intercedieran, algunas se ponían de mi lado mientras que otras estaban apoyándote.
Al final, después de tanto desperdiciar palabras y tiempo, y dado que no respondías a mis ataques, opté por buscar la forma de hacer las cosas a mi manera. Mi orgullo estaba picado y me sentía capaz de demostrarte, a los demás, y por supuesto a mí, que enfocándome a mi objetivo lo lograría.
Así que empecé el trámite. Largos, tediosos y a veces muy pesados fueron los días que batallé para conseguir algo de información, o algún documento, o permisos para poder continuar…. Se me fueron las semanas y después los meses. Estuve tan enfrascado en el asunto que cuando por fin tenía todo lo necesario había pasado prácticamente un año; ya hasta me había olvidado de ti.
Luego, una vez que logré el cambio tan anhelado sucedió todo un remolino de actividades, una tras otra y a veces sobreimpuestas, tan incontrolables que pasaron tres años para por fin darme cuenta que me había establecido en un nuevo ambiente. Ha pasado algo de tiempo desde entonces.
Hoy me han solicitado el mismo tipo de ayuda que yo te hice, y, por ende, he pensado mucho en ti.
Día con día tengo que trabajar duro para lograr sobrevivir en éste entorno. La competencia es fuerte, y desacelerar las más de las veces significa retroceder, aunque vislumbro que cada vez es más fácil lograr estar bien en todos aspectos. A hoy, mi familia absorbe el poco tiempo libre que me queda y que debo dedicarle, y hay días en los que siento que no puedo tomar más responsabilidades o simples actividades, tanto por el cansancio como por la falta de tiempo. Sin embargo, sé que esto es pasajero y que en cuestión de un poco más de tiempo todo estará mejor: esto es a cambio de un buen futuro para todos en general, y de una mejor calidad de vida para mis hijos.
Caigo en cuenta que compito contra todos los demás y que ellos individualmente también compiten conmigo. Ahora que me encuentro abstraído en esta lucha diaria, después de esos duros años iniciales en los que tuve que abrirme camino por mí mismo y con mis propios recursos, entiendo que tuvo que ser así, o nunca lo hubiese logrado.
Si en aquél entonces me hubieras proporcionado ayuda, es muy probable que solo te hubiese hecho descuidar a tu familia y gastar tu valioso tiempo, y yo nunca me hubiera puesto a hacer las cosas que necesitaba lograr. Ahora lo entiendo.
Me negaste ayuda, y te lo agradezco infinitamente.
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Elegiste a otro

Elegiste a otro, y ahora estás aquí, indagando.

Parecieras no darte cuenta que ha pasado mucho tiempo desde que, primero, te besé a fuerzas. Desde las veces, muchas, que te rogué me dieras una oportunidad, de aquellas entretenidas charlas después de clases, y de esas noches de serenata que apreciabas, pero no comulgabas.

Te recité, te dibujé, te canté, te escribí, y hasta te esperé, te recogí, llevé y traje, a pie, en motocicleta y en carro.

Pero escogiste a otro, y me ves con ojos de contrición, como si fuéramos aun mozos.

Te planteé mis planes, te conté mis sueños, me viste esforzarme y trabajar duro, escuchaste mi llanto y mi risa incluso a carcajadas. Sabes de mi pasado, conoces mis cicatrices, mis maltratadas manos y hasta mi más suave piel. Disfrutaste de mis ocurrencias y también de mis largos silencios cuando frente a frente me veías y yo te admiraba.

Pero fue él el elegido, y lo has perdido.

Te plantas frente a mí proponiendo, como si la familia pudiera negociarse.

Tus hijos, mis hijos, mi relación con alguien más, sea buena o mala, han transformado nuestro entorno. Yo no soy aquél ni tú eres aquella. Estamos cambiados: fue otro tiempo y otro lugar, pero me dices que no has podido olvidarme, como si yo hubiera podido borrarte de mi mente. Me juras que casi a diario había algo, un lugar, un aroma, una frase, que te hacía tenerme presente, y que incluso comenzaste a llamarle a él por el cariñoso sobrenombre que a mí me habías puesto, porque le llamabas pensando en mí y no te quedó otro remedio que mentirle y decirle que se te ocurrió ponerle así. Me platicas que las únicas y pocas ocasiones en que disfrutaste su intimidad era cuando pensabas en mí, mordiéndote los labios para no pronunciar mi nombre. Un halago tan profundo y sincero que me provoca tantas cosas distintas y me convierte en mudo por un buen espacio de tiempo.

Optaste por alguien más, a pesar del desamor. Creíste que él encajaba mejor en tu vida social, o económica, o sexual, o qué sé yo. Han pasado no solo años, sino décadas, y te has armado de valor, de recursos, y de muchos meses de pensar e investigar, y has venido hasta acá a pedirme que te escuche. A recordarme que somos adultos y que podemos hablar abiertamente. Como si no supiera mi avanzada edad, como si nunca te hubiese planteado las cosas francamente, como si alguna vez te ocultase algo. Sabes más cosas de mí que la gran mayoría de las personas, incluyendo mi familia.

Me culpas de tu elección. Me dices que no insistí, me dices que no esperé, con la mirada me gritas que ahora sí, que por eso estás aquí. No creerías mi largo, silencioso, profundo, y amargo llanto la noche que me dijiste que sería él. No imaginas aquel dolor de años de verte pasar colgada de su brazo, ni siquiera recuerdas que me utilizaste para provocarle celos, quizá subconscientemente, pero así fue. Y hoy, así nada más, como descubriendo América, me dices que nunca es tarde, y que tiempo todavía hay para lograr algo.

Te equivocaste, lo reconoces al tiempo que me pides te acompañe a donde estás hospedada. Que quieres entregarme algo. Se te olvida que recuerdo perfectamente tu cuerpo, que noto has estado cuidándolo muy bien, y hasta mejorándolo a base de ejercicio, muy probablemente desde hace mucho, al planear esta visita. Como si fuera necesario, como si mi deseo carnal hacia ti se hubiese degradado. Como si esos labios que se mueven tanto con las rápidas explicaciones no provocaran antojo ya. Como si mis instintos naturales de macho tuvieran que ser despertados.

Y preguntas si todavía te quiero. Y a pesar de todo contesto que sí. Que nunca he dejado de quererte. Me urges a ir contigo, como si algo te quemara las entrañas a punto de explotar y la única solución fuera estar juntos, pero olvidas que yo sigo en una relación que ha durado, y que por muy imperfecta que sea, existe. Pareces no entender mis razones, pareces suponer que mi vida ha estado tan mal como la tuya, cual si mi esfuerzo por lograr algo con alguien distinto a ti no hubiese fructificado.

Lo siento, te digo, no puedo. Y se me parte el corazón por segunda vez, coincidentemente por ti y para ti. Y me arrojo sobre ti para besarte apasionadamente, lo imagino nada más, pues me quedo tieso como estatua al ver tus lágrimas, pero nada hago más que tratar de respirar tranquilo como si el desgarrador grito en mi mente nunca hubiera estallado.

En aquellas largas conversaciones el helado se nos derretía sin darnos cuenta, o no importaba. Ahora se nos enfría el café igual. Tarde o temprano uno de los dos tendrá que iniciar la despedida, y ninguno de los dos se atreve a hacerlo. Es seguro que no dormiremos bien ni hoy ni por muchas noches más. Algo me dice que me arrepentiré de no haber aprovechado el tenerte cerca, pero eso aún no llega y por consiguiente por el momento me siento herido de nuevo, pero moralmente bien.

El suspiro simultáneo nos indica que es tiempo, y nos levantamos lento, como no queriendo. El beso de despedida en tu mejilla roza parte de nuestros labios, pero no muerdo el anzuelo porque sé que no podría resistir tan poderosa trampa.

Suelto tus temblorosas manos para que no notes el sudor de las mías, y estoy contigo por solo unos cuantos segundos más.

Por ese mismo espacio de tiempo y quizá por última vez, me tienes junto a ti. Pues elegiste a otro.

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