El veinte por ciento.

Me hubiera gustado mi cuerpo te fuera agradable, por lo menos, el veinte por ciento de lo que a mí me gusta el tuyo.

Me habría conformado con la quinta parte de lo que entregaba, no exigiría más.

Hubiera querido que mi amor por ti reintegrara el veinte por ciento, con eso me hubiera bastado.

Una quinta parte de los detallitos: los sin chiste, y los de larga planeación. Cualquier cosa que me hiciera abrir los ojos de enorme sorpresa, o reírme a carcajadas por la ocurrencia.

Haber sonreído, el veinte por ciento de las veces que tú a mí me entregabas esas sonrisas, las de antes y después de la intimidad. Estaría contento. Sería satisfecho. No pediría más.

Una quinta parte, y tal vez hasta menos, apoyaras mis sueños: los locos y los no tanto. Los tuyos cumplidos, los tuyos completos. Los míos en la lista: pero haber logrado el veinte por ciento, hubiera podido.

Haber obtenido una quinta parte de respuestas a mis palabras cargadas de sentimientos. No en todo momento, ni por todo el tiempo, pero de vez en vez, el veinte por ciento en retorno, algo de regreso. Me hubiera inspirado con eso.

No estoy reclamando, ni quejándome.

Es solo que a veces, al estar dormido, se cumplen mis sueños, me siento completo, no al veinte por ciento, sino satisfecho.

 

Una quinta parte. Eso hubiera sido.

Un veinte por ciento y vida habría obtenido.

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Hoy contigo.

Por la razón que sea, es en estas fechas de celebración para algunos, soez para otros, que se nos exhorta a reflexionar y a comprometernos a ser mejores personas en el año que comienza, que nos da por recordar y meditar.

Muchos de nosotros aprovechamos la ocasión para reunirnos con familia y amigos. Las más de las veces, estas celebraciones resultan ser las más sinceras en cuestión de afecto. Tal vez no tan grandiosas como las de la unión de dos personas, pero sí las más esperadas, sinceras, coloridas, preparadas, y esperanzadoras de todas.

Es probable que pensemos en aquellos que esta vez no nos acompañarán, en aquellos que han dejado este mundo: les recordamos y añoramos mucho. Tanto así que con más de algunos de ellos soltamos lágrimas, suspiros, y hasta palabras en voz baja hacia nosotros mismos.

Si eres como yo, coincidirás en que las ausencias que más pesan son las de aquellos que no están pudiendo haber venido, o nosotros ido a ellos. Las cuestiones económicas, geográficas, laborales, y aquellas que afectan a los que tenemos cerca, a veces no nos permiten darnos la alegría de compartir estas ocasiones con quienes quisiéramos estar.

Pienso mucho en todas aquellas personas que abrazaba hace menos de un año, también en las que afortunadamente pudimos hablar por teléfono y sentir la vibración de nuestras voces a través de las líneas, y hasta en quienes nos hicieron saber su presencia por medio de un mensaje de texto o similar.

 

Pero me he puesto a pensar y a recordar a muchos que no han estado, y que quisiera volver a ver cara a cara para decirles algo, dependiendo del trato que tuvimos hace ya un largo tiempo.

 

Verás: caigo en cuenta que lastimé a varias personas por medio de mis palabras y mis actos. Muchas de esas acciones fueron por falta de madurez o de conocimiento, pero hay ciertas etapas de mi vida en la que era yo un verdadero idiota y ofendía o lastimaba a alguien sabiendo perfectamente que lo hacía. No tengo excusas válidas para preparar el ofrecerles una disculpa, por lo que me gustaría verlos de frente y que escuchen mi voz y vean a mis ojos cuando les diga esas palabras.

 

Del mismo modo, hay algunas personas que me dañaron en gran medida. Y me es aún más urgente el acercarme a ellas para manifestarles que no les guardo rencor y nada tengo que reprocharles.

No quiero decir que el hecho que les haya perdonado significa que he olvidado. Hay muchas cosas que permanecen en la memoria y algunas todavía duelen al ser recordadas. Pero comprendo ahora que todos somos humanos, y que no todos tenemos las mimas oportunidades de educación o relaciones que otros obtenemos.

De cierta forma, esas acciones me hicieron ser la persona que hoy soy, y es muy factible que fueron la causa principal que me hizo saber el daño que causan las acciones, palabras, omisiones, y hasta la inacción de mi parte.

 

En fin, que hace falta llenar esos huequitos vacíos del corazón.

Tener esas charlas, estrechar esas manos, darnos esos abrazos sinceros, vaciar esos sacos llenos de pesadas piedras con un simple “por favor perdóname.”

 

No puedo hacerlo esta vez, pero espero que pronto estés escuchando de mi viva voz estas palabras, en lugar de leerlas. Por el momento, por lo menos en pensamiento, estoy contigo.

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Dentro de mi tumba

Dentro de mi tumba:

yazco inerte,

mi espíritu quebrado al fin.

Mas mi mente apenas activa,

se llena de arrepentimiento

por no haber arriesgado más,

bifurcando los Si Hubiera

cual ramas de sauce llorón.

¿Mi corazón?

Ese murió hace años.

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Padre universal

No entendía, papá, no sabía.

“No es uno hijo, sino hasta que se convierte en padre.”

 

Es apenas ahora que los muchos años me han dado duras lecciones que comprendo. Que por fin entiendo.

Abandonaste tus sueños, tus empresas, tus planes, y tu estilo de vida en el momento mismo en que supiste que te convertirías en padre de familia.

Tus prioridades cambiaron en un segundo, y dejaste de darte gustos, de ver por ti.

Le mostraste en ese mismo instante tu valía a la madre de tus hijos, sin necesidad de palabras, pues es seguro tu semblante cambió también. Adiós muchacho, bienvenido señor.

 

Sé, ahora, que ya no importó el continuar ahorrando para comprar ese reloj que te gustaba. Que cambiaste las camisas de porte fino por las de oferta, pues tus críos necesitaban zapatos.

 

Que enfrentaste retos, obstáculos, y a otros; y que mental y físicamente tuviste que aguantar insultos, atropellos, discriminación, golpes, traiciones, burlas, y no sé cuántas cosas más, y hasta de las personas más cercanas, a fin de que tu familia no sufriera.

 

Suponía, en mis años mozos, que tus amoratadas uñas y las cicatrices nuevas en tus manos eran por simple descuido. Ahora sé que la aparente desidia de ir al dentista era porque el costo era muy alto, comparado con lo que costaba la despensa mensual, y preferiste aguantar dolor y perder piezas dentales. Ahora sé que destruiste tu cuerpo a base de trabajo duro y sacrificio físico.

 

Te vi llegar exhausto tras largas jornadas de trabajo, arrastrando los pies y con energía apenas suficientes para alimentarte y llegar a tu cama. Solo para levantarte temprano al siguiente día y continuar la labor de proveer, por años.

 

Que lloraste en silencio, cuando nadie te veía, por no poder encontrar empleo, o no tener uno mejor remunerado. O por haber tomado una difícil decisión creyendo haberte equivocado y por consiguiente afectado a tus hijos.

 

Vi, cuando la economía familiar estaba en ceros, que tu anillo tan bonito, simplemente dejó de estar en tu anular, de repente y para siempre.

 

Que comías las sobras, o la comida fría, o saciabas tu hambre con pan, a fin de que los elementos nutritivos en tu mesa fueran aprovechados por tus hijos.

 

Que, en los momentos de crisis, estoicamente fingiste ser fuerte cuando por dentro sentías que te derrumbabas, porque las circunstancias requerían un ídolo, y no había alguien más.

 

Que tus ejemplos son, por mucho, lecciones más valiosas que aquellas por las que tiene uno que pagar en la universidad.

 

Que sonreías orgulloso a espaldas de tus hijos el día que uno de ellos te ganó una partida de ajedrez, o un juego de tenis, o cuando te pasó con facilidad en una carrera, o cuando caíste en cuenta que su educación, razonamiento, o memoria ya estaba muy por encima de los tuyos.

Como que valió la pena. Pensaste.

 

Pero todavía con eso, entiendo todo lo que has sacrificado, sin esperar a cambio ni siquiera palabras agradables, pues te has forjado soldado de la vida.

“Me sirve tu batalla, sin medalla.”

 

Total, que, papá, sé ahora, por fin, que no se te ha reconocido ampliamente. Y entiendo, al mismo tiempo, que no lo consideras necesario, ni lo esperas ni quieres siquiera.

 

Me gustaría que la estafeta que me has dado sea entregada con el mismo esfuerzo y firmeza al final de mi turno.

Aunque sé que, en mi caso, el alumno no superará al maestro.

 

Gracias, PADRE.

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Ya dejen de atacarse.

 

Me da mucha tristeza que siguen criticándose unos a otros en cuestiones electorales.

 

Entiendo la frustración y desesperación de la mayoría buscando un cambio, pero siguen cerrados a aceptar que un candidato equis no va a sacarlos de la situación en la que están.

De hecho, ésta misma no fue provocada por un partido en el poder, ni por un imbécil a la cabeza de la nación. Somos nosotros mismos los que nos hemos hundido y somos nosotros los únicos que podemos salir del hoyo por medios propios. No tus amistades, ni tu familia, ni tus gobernantes, sino tú mismo. México (o cualquier país) nunca mejorará si no lo hace cada uno de los integrantes de la nación.

 

Te repito, por enésima vez, que México no son las playas del territorio nacional, ni su petróleo, ni las pirámides, ni las fábricas, ni el tequila, ni un equipo de futbol.

México eres tú, y si no cambias, México no cambia.

 

La lucha no está en Facebook. ¿Realmente quieres hacer algo por tu país? Invita a platicar a aquellos que no se meten en las redes sociales y habla con ellos, abiertamente, y escúchalos también. Sin ofender, sin criticar, sin condenar, sin quejas, sino exponiendo tus puntos de vista y las razones positivas y reales por las que te inclinas por un cierto candidato.

 

El voto de castigo no es un voto útil. Si después de algunos años de hundimiento progresivo del país, tus descendientes te preguntaran por quién votaste para ese sexenio de desastre, ¿serás capaz de verlos a los ojos y decir la verdad?

No debemos permitir que el país caiga más bajo todavía de donde está, la fecha está encima.

 

Deja de perder el tiempo ofendiendo a otros y enfoca tu energía hacia el progreso y lo positivo de los candidatos, no se trata de decir “voté por el que ganó,” si el resultado de eso provoca que el país pierda. Se trata de votar por México.

 

Sé que tenemos que elegir al menos peor, y hay que hacerlo, simple y llanamente.

Votar por otro es caer más profundo, con pocas probabilidades de recuperación, en décadas.

 

Razona. No has votado, por lo que tienes muchos días para poner todo lo que los candidatos y partidos aportan, en la balanza: conocimiento, experiencia, educación, propuestas, inteligencia, equipo de trabajo, planes, comunicación, hechos, títulos, etc.

Estás muy a tiempo de elegir la opción menos peor, que, aunque triste en este caso, sería la mejor.

 

Actúa positivo.

 

 

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Deseo para ti.

Deseo muchas cosas, pero por el momento te digo lo siguiente. Deseo:

 

La taza en donde tomas tu bebida caliente no tenga rajaduras ni desportilladuras, y si es así, que sea la que te regaló un ser querido, y que no encaja en el estilo de todos tus demás trastes, pero, a pesar de eso y, por consiguiente, es tu favorita.

 

El plato en el que ofreces comida a tus visitas esté presentable, y tenga aún vivos los colores, los cuales solo el mucho uso desgasta y desvanece, y que tu frutero, desgastado o no, rajado o no, desvanecido o no, esté siempre lleno de frutas jugosas y deliciosas.

 

Tus amistades ni siquiera noten la edad de esos mismos platos, pues son tan buenas que lo que les importa es el estar contigo, independientemente de las condiciones de tu vajilla o la calidad de las sales, las grasas, y las especias que has mezclado para ellos.

 

Nadie te juzgue por las proporciones de tu vivienda, sino por la calidad de vida que dentro de la misma se logra, y la armonía que ha contenido durante tu habitar ahí.

 

Los vecinos te hablen como si a un amigo, por como mantienes tu banqueta, tu fachada, y los alrededores comunes, y sobre todo por el trato que les das a todos ellos.

 

La comunidad donde te desenvuelves aprecie tu integridad, tu entereza, tu honestidad, y tu valor como ser humano, y que reconozca todo esto mucho antes de que la dejes.

 

Las personas en el trabajo te reciban cuando llegas, con esas sonrisas que casi son aplausos, que te evalúen por lo que aportas, y te respeten por tu constancia, dedicación, y esfuerzo diario.

 

En tu vida inmediata la violencia y el odio existan solo como palabras en el diccionario, como temas de lugares muy apartados e históricos, o únicamente de referencia.

 

Puedas platicar abiertamente de todo lo que se te ocurra y lo que sientas: ideas locas, chistes tontos, fantasías, temores, planes, errores, recuerdos, vergüenzas, logros, y todo lo que es necesario conversar con esa persona especial que te escucha, te apoya, te consuela, te respeta, te admira, te perdona, te hace reír, te complace, y te ama.

 

Tu cama esté siempre llena de calor humano.

 

Tu cuerpo y mente te permitan disfrutar de partidas de ajedrez, paseos por el parque, juegos de volibol, de los aromas del mercado, de las conversaciones interesantes, de recordar los muy buenos tiempos, de disfrutar los sabores del queso fuerte, el café amargo, la miel de la caña, de las risas de los niños, de las lecturas nocturnas, y por sobre todo esto, que te permitan seguir identificando y abrazando a los seres amados, y seas también capaz de manifestarles tu amor y apreciar su reciprocidad, por muchos años.

 

En fin, que, en breve, deseo tengas a la mano tu taza favorita.

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Me negaste ayuda.

Me negaste ayuda, y me sentí muy molesto.
No podía entender cómo era que una simple solicitud de información u orientación para un cambio grande en mi vida, esto es, un pequeño empujón que me indicara el camino a seguir, me fuera negado.
Te critiqué abiertamente diciendo que esa era el tipo de actitudes que nos impiden avanzar como sociedad, que tu pensamiento era retrógrada y tu actitud de muy mala educación. El plasmar ante el público mi sarta de adjetivos calificativos nocivos y mi disgusto sedicentemente justificado hizo que otras personas intercedieran, algunas se ponían de mi lado mientras que otras estaban apoyándote.
Al final, después de tanto desperdiciar palabras y tiempo, y dado que no respondías a mis ataques, opté por buscar la forma de hacer las cosas a mi manera. Mi orgullo estaba picado y me sentía capaz de demostrarte, a los demás, y por supuesto a mí, que enfocándome a mi objetivo lo lograría.
Así que empecé el trámite. Largos, tediosos y a veces muy pesados fueron los días que batallé para conseguir algo de información, o algún documento, o permisos para poder continuar…. Se me fueron las semanas y después los meses. Estuve tan enfrascado en el asunto que cuando por fin tenía todo lo necesario había pasado prácticamente un año; ya hasta me había olvidado de ti.
Luego, una vez que logré el cambio tan anhelado sucedió todo un remolino de actividades, una tras otra y a veces sobreimpuestas, tan incontrolables que pasaron tres años para por fin darme cuenta que me había establecido en un nuevo ambiente. Ha pasado algo de tiempo desde entonces.
Hoy me han solicitado el mismo tipo de ayuda que yo te hice, y, por ende, he pensado mucho en ti.
Día con día tengo que trabajar duro para lograr sobrevivir en éste entorno. La competencia es fuerte, y desacelerar las más de las veces significa retroceder, aunque vislumbro que cada vez es más fácil lograr estar bien en todos aspectos. A hoy, mi familia absorbe el poco tiempo libre que me queda y que debo dedicarle, y hay días en los que siento que no puedo tomar más responsabilidades o simples actividades, tanto por el cansancio como por la falta de tiempo. Sin embargo, sé que esto es pasajero y que en cuestión de un poco más de tiempo todo estará mejor: esto es a cambio de un buen futuro para todos en general, y de una mejor calidad de vida para mis hijos.
Caigo en cuenta que compito contra todos los demás y que ellos individualmente también compiten conmigo. Ahora que me encuentro abstraído en esta lucha diaria, después de esos duros años iniciales en los que tuve que abrirme camino por mí mismo y con mis propios recursos, entiendo que tuvo que ser así, o nunca lo hubiese logrado.
Si en aquél entonces me hubieras proporcionado ayuda, es muy probable que solo te hubiese hecho descuidar a tu familia y gastar tu valioso tiempo, y yo nunca me hubiera puesto a hacer las cosas que necesitaba lograr. Ahora lo entiendo.
Me negaste ayuda, y te lo agradezco infinitamente.
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Elegiste a otro

Elegiste a otro, y ahora estás aquí, indagando.

Parecieras no darte cuenta que ha pasado mucho tiempo desde que, primero, te besé a fuerzas. Desde las veces, muchas, que te rogué me dieras una oportunidad, de aquellas entretenidas charlas después de clases, y de esas noches de serenata que apreciabas, pero no comulgabas.

Te recité, te dibujé, te canté, te escribí, y hasta te esperé, te recogí, llevé y traje, a pie, en motocicleta y en carro.

Pero escogiste a otro, y me ves con ojos de contrición, como si fuéramos aun mozos.

Te planteé mis planes, te conté mis sueños, me viste esforzarme y trabajar duro, escuchaste mi llanto y mi risa incluso a carcajadas. Sabes de mi pasado, conoces mis cicatrices, mis maltratadas manos y hasta mi más suave piel. Disfrutaste de mis ocurrencias y también de mis largos silencios cuando frente a frente me veías y yo te admiraba.

Pero fue él el elegido, y lo has perdido.

Te plantas frente a mí proponiendo, como si la familia pudiera negociarse.

Tus hijos, mis hijos, mi relación con alguien más, sea buena o mala, han transformado nuestro entorno. Yo no soy aquél ni tú eres aquella. Estamos cambiados: fue otro tiempo y otro lugar, pero me dices que no has podido olvidarme, como si yo hubiera podido borrarte de mi mente. Me juras que casi a diario había algo, un lugar, un aroma, una frase, que te hacía tenerme presente, y que incluso comenzaste a llamarle a él por el cariñoso sobrenombre que a mí me habías puesto, porque le llamabas pensando en mí y no te quedó otro remedio que mentirle y decirle que se te ocurrió ponerle así. Me platicas que las únicas y pocas ocasiones en que disfrutaste su intimidad era cuando pensabas en mí, mordiéndote los labios para no pronunciar mi nombre. Un halago tan profundo y sincero que me provoca tantas cosas distintas y me convierte en mudo por un buen espacio de tiempo.

Optaste por alguien más, a pesar del desamor. Creíste que él encajaba mejor en tu vida social, o económica, o sexual, o qué sé yo. Han pasado no solo años, sino décadas, y te has armado de valor, de recursos, y de muchos meses de pensar e investigar, y has venido hasta acá a pedirme que te escuche. A recordarme que somos adultos y que podemos hablar abiertamente. Como si no supiera mi avanzada edad, como si nunca te hubiese planteado las cosas francamente, como si alguna vez te ocultase algo. Sabes más cosas de mí que la gran mayoría de las personas, incluyendo mi familia.

Me culpas de tu elección. Me dices que no insistí, me dices que no esperé, con la mirada me gritas que ahora sí, que por eso estás aquí. No creerías mi largo, silencioso, profundo, y amargo llanto la noche que me dijiste que sería él. No imaginas aquel dolor de años de verte pasar colgada de su brazo, ni siquiera recuerdas que me utilizaste para provocarle celos, quizá subconscientemente, pero así fue. Y hoy, así nada más, como descubriendo América, me dices que nunca es tarde, y que tiempo todavía hay para lograr algo.

Te equivocaste, lo reconoces al tiempo que me pides te acompañe a donde estás hospedada. Que quieres entregarme algo. Se te olvida que recuerdo perfectamente tu cuerpo, que noto has estado cuidándolo muy bien, y hasta mejorándolo a base de ejercicio, muy probablemente desde hace mucho, al planear esta visita. Como si fuera necesario, como si mi deseo carnal hacia ti se hubiese degradado. Como si esos labios que se mueven tanto con las rápidas explicaciones no provocaran antojo ya. Como si mis instintos naturales de macho tuvieran que ser despertados.

Y preguntas si todavía te quiero. Y a pesar de todo contesto que sí. Que nunca he dejado de quererte. Me urges a ir contigo, como si algo te quemara las entrañas a punto de explotar y la única solución fuera estar juntos, pero olvidas que yo sigo en una relación que ha durado, y que por muy imperfecta que sea, existe. Pareces no entender mis razones, pareces suponer que mi vida ha estado tan mal como la tuya, cual si mi esfuerzo por lograr algo con alguien distinto a ti no hubiese fructificado.

Lo siento, te digo, no puedo. Y se me parte el corazón por segunda vez, coincidentemente por ti y para ti. Y me arrojo sobre ti para besarte apasionadamente, lo imagino nada más, pues me quedo tieso como estatua al ver tus lágrimas, pero nada hago más que tratar de respirar tranquilo como si el desgarrador grito en mi mente nunca hubiera estallado.

En aquellas largas conversaciones el helado se nos derretía sin darnos cuenta, o no importaba. Ahora se nos enfría el café igual. Tarde o temprano uno de los dos tendrá que iniciar la despedida, y ninguno de los dos se atreve a hacerlo. Es seguro que no dormiremos bien ni hoy ni por muchas noches más. Algo me dice que me arrepentiré de no haber aprovechado el tenerte cerca, pero eso aún no llega y por consiguiente por el momento me siento herido de nuevo, pero moralmente bien.

El suspiro simultáneo nos indica que es tiempo, y nos levantamos lento, como no queriendo. El beso de despedida en tu mejilla roza parte de nuestros labios, pero no muerdo el anzuelo porque sé que no podría resistir tan poderosa trampa.

Suelto tus temblorosas manos para que no notes el sudor de las mías, y estoy contigo por solo unos cuantos segundos más.

Por ese mismo espacio de tiempo y quizá por última vez, me tienes junto a ti. Pues elegiste a otro.

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Miradas que queman

Tendría unos veintitrés años, y me encontraba en el último semestre de la carrera de ingeniería en comunicaciones y electrónica, por lo que mi servicio social era lo primero que atendía todos los días que el trabajo me lo permitía. En una ocasión, los ingenieros que nos supervisaban discutían airadamente algo que a los cuatro estudiantes que nos encontrábamos ahí nos parecía importante, tanto por lo prolongado del asunto, como por el tipo de palabras que utilizaban.

Al cabo de un rato, el ingeniero Garza se aproximó a nosotros y después de lo que pareció un corto cálculo de quién era el más alto, me llamó: “suertudote, deja lo que estés haciendo, lávate muy bien las manos y la cara y ponte ésta bata blanca. Tráete aquél maletín de pruebas.”

Así nada más. El laboratorio se encontraba en el Centro Médico de Occidente, a escasos trescientos metros de la unidad de emergencias y de la torre de especialidades, a la cual tendría que acompañarlo.

Durante el trayecto estuve muy platicador, él solo me escuchaba sin poner mucha atención a mocedades. De repente nos encontramos en el piso donde se estaban las unidades de CI (cuidados intensivos). Me pidió que estuviera muy tranquilo y callado, explicándome que íbamos a entrar a una sala donde se encontraban varios pacientes muy delicados, algunos muy sensibles al ruido y la luz, y que necesitábamos hablarnos muy de cerca y muy bajito. En la antesala o recepción había, aparte de las enfermeras, un par de guardias que me hacían sentir como que ciertos pacientes eran alguien importante, pero no supe en cuál de las salas se encontraban tales personas, si acaso era así. Me indicaron abotonar por completo mi bata, ponerme un cubre bocas, un gorro de tela transparente, y cubiertas también de tela para los zapatos. Antes de entrar era necesario refregarse las manos con un gel esterilizador también.

 

Entramos y la distribución de las camas y los aparatos a sus alrededores me dejaron boquiabierto. Yo ya conocía muchos de los mismos: electrocardiógrafos, monitores de presión y temperatura, bombas mezcladoras de sueros y medicinas, oxigenadores, electroencefalógrafos, y muchos otros aparatos hidráulicos y mecánico controlados por electrónicos. Pero ver tantos en un mismo lugar, y muchos de ellos conectados a los pacientes, me hizo entender de súbito la importancia de nuestro laboratorio. Era un salón enorme y obscuro, hasta se sentía frio a pesar de que las atenuadas luces de los monitores y tanto aparato prendido. En cada pared había dos camas, de modo que, si alguien se paraba justo en medio, veía dos pacientes en cada punto cardinal.

Garza me indicó a señas que dejara el maletín en una mesa o escritorio a la derecha de la entrada, y que la abriera. Casi al oído me dijo que me dirigiera a la cama número cuatro, y que calibrara el electrocardiógrafo en el menor tiempo posible, pero que me asegurara que la calibración fuera exacta: habría que silenciar la alarma, desconectar las terminales del aparato, el cual medía al paciente en dicha cama, conectar mis implementos electrónicos, ajustar varios controles dentro del mismo, dejar ciertos valores a un nivel específico, volver a conectar las terminales que van al paciente, y reactivar la alarma una vez que la lectura se ha estabilizado. Una vez hecho esto, proceder a la cama número cinco y hacer lo mismo. Mientras yo hacía todo eso, él se encargaría de otros tres o cuatro aparatos en otras camas.

En la sala habría ocho camas en total, seis de las mismas estaban ocupadas.

Desde el momento en que entramos, y tras mi rápido voltear a ver todo, caí en cuenta que en la cama que estaba justo a la izquierda, muy cerca de la entrada, se encontraba una señora de no muy avanzada edad, pero que era seguro estaba en muy mal estado: sueros, EKGs, respirador, y otros muchos elementos estaban conectados a su cuerpo. Apenas giró lento la cabeza cuando entramos, y desde ese momento sentí su mirada clavándose en mí y siguiéndome hacia donde fuera, sin perder detalle de lo que hacía.

Yo sabía perfectamente cómo calibrar esos aparatos, lo había estado haciendo por semanas, solo que en el laboratorio, y no en la sala de CI del centro médico. Así que estaba nervioso, pero muy consciente de que debía hacer mi trabajo excelentemente. Un sudor frío en la frente no me dejó desde el momento que cancelé la alarma del primer aparato, pero era más mi nerviosidad por la quemante mirada de la señora que por la delicadeza de mi labor. No me atrevía a voltear a verla, pues era tan intensa su mirada que hacía que los vellos de mi cuello se erizaran con cada respiro.

 

Terminé y lo único que quería era salir de ahí, ambos pacientes a los que desconecté más bien parecían cadáveres, y aunque sus signos vitales estaban ahí, para mi estaban más del otro lado. Me dirigía hacia Garza para decirle que ya había terminado, cuando él con la mirada y un gesto manual indicó que todavía necesitaba más tiempo, y que mientras calibrara yo también el de la número seis.

Ahí sí que se me hicieron las piernas como de atole. Los números de las pantallas en esa cama estaban muy distintos a los que yo estaba acostumbrado a ver, principalmente el electrocardiógrafo, que parecía indicar que el paciente acabara de hacer un gran esfuerzo, de tan rápido que marcaba los pulsos. Yo había visto la cama vacía, pero al acercarme me percaté que el paciente era una niña, tan pequeña y frágil que me sentí el ser humano más fuerte, sano, y afortunado que existe en el planeta. Si los dos aparatos previos habían sido calibrados a la perfección, éste quedaría al nivel de un Dios electrónico. Con más sudor, lágrimas en los ojos, y un indescriptible temblor por sentir tanta responsabilidad, y por comprender de repente muchas cosas en las que antes no había reparado, hice todo casi en automático. Mi mente me hacía sentir tranquilo, a pesar de mi leve e incontrolable tiritar, pero me sentía aún más incómodo por los ojos todavía clavados sobre mí.

Terminé y en voz muy baja balbuceé algo simple hacia la inconsciente niña: “que te alivies pronto.” Al levantar la vista hacia Garza noté que ya él había terminado y me esperaba junto a la mesa de la entrada. Aun así, no volteé a ver a la señora, en parte por respeto y en parte porque sentía tan fuerte su mirada que no quería que penetrara mis ojos, no sé por qué.

Garza me pidió que guardara todo en su lugar correspondiente en el maletín mientras él salía primero a llenar formatos y reportes. Y salió. El sellar de la cerradura me hizo sentir un escalofrío general brusco y veloz.

Acomodé todo lo mejor que pude, y al cerrar el maletín y colgármelo al hombro, giré hacia las camas de una en una y en orden, asegurándome que todos los aparatos presentaran lectura. Al llegar mi vista a la última, bajé la mirada para enfrentar a la señora. Corrían las lágrimas por sus mejillas, pero no era dolor lo que sentía: sino un agradecimiento hacia mí por contribuir, con mi tan breve tiempo ahí, a ayudar con la vida de todos ellos. No hubo necesidad de palabras, su mirada me decía todo. Mi asentir antes de tomar la puerta le indicó un “por nada” que estoy seguro no hizo caso del mismo, pues insistió con un par de rápidos parpadeos.

 

Hace ya décadas de eso. Ya olvidé el número del piso donde se encontraba la unidad de CI, la cara de Garza e incluso su apellido real, la distribución de las camas, las marcas de los aparatos, e incluso el tamaño o color del cabello de la niña.

Pero cada vez que me vienen a la mente esos ojos llenos de gratitud, mi cuello reacciona: la mirada de esa señora sigue quemándome, aunque de buena forma, pues me hace darme cuenta que estoy bien, independientemente del desierto que atravieso hoy, estoy excelentemente bien.

 

Señora, dondequiera que esté, gracias a usted.

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Hoy le vi

Le vi de nuevo, tal como brevemente le vi hace unas cuatro semanas. En aquel entonces no di importancia al asunto, convenciéndome de que era una sola ocasión, y muy especial, además.

Era usual que, siendo día de quincena o cierre del mes, se quedara a trabajar más horas de las normales. Ya ella me había explicado que esos días siempre había más trabajo, que a veces era necesario terminar todo antes del fin de semana o de que empezara el siguiente mes.

Atribuía yo su falta de apetito en esos viernes por las tardes, al estrés de tanta labor, tanta responsabilidad compresa en tan poco tiempo. De seguro por ello también llegaba batida y de mal humor, y lo único que quería era ir a dormirse temprano.

Hoy le vi.

Llegó con un caminar como si bailara, sonreía y platicaba como si fuera alguien distinta, su cabello más suelto, sus manos y gestos en sincronía con las palabras, su boca más roja, y su tez con más maquillaje del que yo recordara se ponía en las mañanas.

Me sentí raro, con una incomodidad de estar ahí, viéndole platicar con tanta emoción, y con una mirada hacia la otra persona que a mí no me ha brindado en años. Por minutos estuve como petrificado. Quise interrumpir a mi cliente y pedirle un momento, para ir a saludarla y de paso conocer el nombre de su acompañante, quien por sus ropas parecía tener éxito en su trabajo. Pero al momento me sentí débil y pesado, como si un gran bulto súbitamente hubiese caído sobre mí. Aparte, mi vaso de agua no competía con sus estilizadas copas de champaña. También, era obvio que al verme su reacción sería de asombro, y le arruinaría la tarde y muy probablemente todo el fin de semana. Lo primordial era que se veía feliz, y no estaba dispuesto a destruir su dicha, por muy pocas horas que ésta durara. Opté mejor por agacharme y esconderme mediante mi cliente, quien de seguro me notaba extraño, pero no caía en cuenta de lo que me sucedía.

Por un momento asumí que no era ella, sino alguien muy parecida, pero su vestido era definitivamente el que había adquirido hace apenas navidad. Al reírse ya no dejó duda: era esa risa casi infantil que yo disfruté durante los primeros años de nuestra relación, y que desapareció de mi entorno por completo. Recordé entonces que así había sido en aquel entonces, con ese caminar, con esos aspavientos al charlar, con esa risa de cascabeles, y con la expresión facial de grandes ojos y sonriente boca que fue lo que me hizo buscarla desde la primera vez que la conocí.

Me sentí como si estuviera en una plática telefónica de años, en donde el inicio fue placentero, pero que a medida que avanzaba la charla, ésta se tornaba incómoda, y que llegó el momento en que ella mejor me puso en espera, con una música de fondo decente pero no del todo grata, llamada en la que yo estaba a punto de desconectar por dejarme tanto tiempo en plantón, pero que algo me hacía sentir que pronto se reanudaría la conversación. Con ésta su sorpresiva presencia, caí en cuenta que mi interlocutora simplemente se olvidó de que yo estaba al otro lado de la línea.

Mi cliente continuaba diciendo cosas a las que yo contestaba un débil ajá, o asentía con la cabeza, pero a las cuales no estaba ya poniendo ni siquiera la mínima atención de cortesía que él merece.

Reaccioné entonces de la forma más cobarde que he hecho en mi vida. Sin dejarlo siquiera despedirse como es debido, ofrecí disculpas a mi cliente diciendo que algo me había caído mal, y que necesitaba alejarme, que le buscaría después. Aproveché el momento en que ellos hablaban con la mesera, quien afortunadamente estaba de frente a mí, y por consiguiente sus miradas iban al otro lado del lugar. Salí aprisa y como de lado. Una vez afuera rodeé por la parte trasera de modo que mi figura fuera lo menos notoria para aquellos que tuvieran vista hacia la calle. Por un momento pensé en quedarme merodeando para verlos despedirse, en parte para recordar ciertos detalles, y en parte para satisfacer mi curiosidad, pero opté mejor por no hacerlo.

Una vez camino a casa reaccioné en que sería solo cuestión de horas en las que ella llegaría poco después, con esa misma actitud de inapetencia y extenuación de cada viernes. Nuestro saludo sería exactamente igual: ella dos palabras, yo dos palabras, ella un simple beso forzado, yo uno que quisiera se extendiera en tiempo y transformara en algo más, ella directo a la cama a ver una película o leer algún libro, yo a refugiarme en mis reportes laborales.

Mi torbellino mental comenzó a perder fuerza mientras cocinaba para nadie. Ella ni siquiera probaría algo, y a mí ya se me había quitado el apetito desde hacía tiempo.

Me quedaría callado al respecto, solo para conservar la acostumbrada calma de los fines de semana, fingiría que mi día estuvo ajetreado y que aseguré estar en la recta final para ganar algún contrato pronto, o para hacer una muy buena venta. Pero en realidad no sabía qué hacer, no atinaba si sugerir el hecho, o seguir con la rutina a fin de evitar una discusión más, o preguntar que hizo ese día, o tratar por enésima vez de entablar una conversación de adultos.

Daban vuelta en mi mente todo tipo de ideas y planes, pero al escuchar la cerradura todo se desvaneció. Escuché sus dos palabras, contesté las mías, recibí un beso ensayado, di uno contenido, le vi irse aprisa y directo a la recámara, di la espalda cerrando los ojos y apretando los labios conteniendo el sollozo.

 

Alegre, lúcida y sonriente, como era, como la conocí, como la persona con la que soñé pasar el resto de mi vida, hoy le vi.

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