Yo te besé primero.

Hace ya mucho tiempo.

Nos miramos en el casino, era imposible no verte, con tu altivo y serio porte justo enfrente de mí, al otro lado de la mesa. Tu tímida sonrisa no presentaba tus dientes, como esperando algo más de parte del croupier ¿o de mí?

Tu mirada era profunda, dirigida no precisamente mi escote ni a mis ojos, tan perfectamente delineados hacía apenas un par de horas. Sino a toda mí. Sentía que me desnudabas con la mirada. Y aunque me ponía nerviosa, también me gustaba. No era el Martini el que me causaba tanto mariposeo.

Y notamos, casi al mismo tiempo, que cuando yo apostaba al negro, tú al rojo. Y viceversa. Al principio imperceptible el accionar de ambos, después adrede. Hasta que por fin sonreíste. Y yo también. Claro.

Tu compañero algo te decía, como preguntando qué te pasa. Yo no podría acercárteme, no por él, sino por mis compañeras de equipo. Ya habíamos quedado en estar juntas toda la noche, sin coquetear ni nada. Lo bueno era que ellas no se daban cuenta de nuestra comunicación a miradas y acciones.

Llegó la hora de marcharnos y me jalaron justo cuando tú gritando explicabas al mesero lo que querías tomar y preguntabas alternativas. También grité un adiós que se perdió entre tantas conversaciones y música tan alta, y quise decir adiós con la mano, pero no volteaste. Así quedo nuestra complicidad.

Al día siguiente, apenas descendí del transporte de personal y me dirigía a la casa de una cliente cuando me topé contigo. Ya con ropa casual, yo con uniforme de la empresa.

Fue de momento el shock de verte de nuevo que me dejó fría y no supe que decir. Ni recuerdo lo que contesté cuando me dijiste hola.

Ambos quisimos seguir nuestro camino, pero nos ganó la curiosidad, o el flechazo, o el deseo, o qué sé yo.

Por supuesto, tomaste la iniciativa, siendo tan seguro de ti mismo.

– Me llamo Víctor, ¿tú?

– Julieta.

– ¿Trabajas por aquí?

– No, me dirigía con una… a comprar un café.

– ¿Me invitas?

– Sí, claro, solo que tengo asuntos que atender al rato.

– No importa, yo también. Dame media hora para charlar, con eso tengo.

Así comenzó nuestra trama. La media hora se convirtió en mañana, pero me gustaba tu plática. Saber que eras local y que yo podría volver seguido a ver a las clientes de la ciudad me alegraba. Pasó el mediodía y seguimos juntos; pedimos comida después de tres horas y ya tantas tazas de café. Y aunque me preocupaba que mis clientas no me vieran llegar, como había quedado, sentía que pasar el tiempo contigo era más importante. Y llegó la noche. Ya para entonces habíamos dejado el restaurante hacía horas y caminado sin rumbo hasta que me di cuenta de que estaba perdida, pues no conocía la ciudad. Pero tú sí.

Así que al tomar el taxi me despedía con la promesa de volver a vernos al día siguiente, solo que en la tarde.

Y así sucedió.

Y también nos llegó la noche.

Y de nuevo nos vimos todo el día el sábado.

Y el domingo ya no pudimos evitarlo. El beso más tierno y apasionado que haya experimentado nunca.

Y los subsecuentes.

Pero el lunes tuve que irme temprano, pues mi equipo ya había completado el 80% de las ventas, y nuestra capitán estaba contenta y muy deseosa de volver a nuestra tierra.

Yo me sentía mal porque sabía que hubiésemos logrado cerca del 100% si me hubiera dedicado a ver a todas las clientas que me asignaron, y sentía peor aun sabiendo que pasaría mucho tiempo sin verte.

A pesar de que nunca me dijiste ciertas palabras que una a veces necesita escuchar, sentía que sería a la siguiente vuelta que las oiría. Deseaba.

Pasaron los meses.

Yo ansiosa. Cada vez más.

No sabía hasta cuándo regresaría y me quemaba las entrañas queriendo volver. Varias veces marqué tu número de casa y cuando alguien contestaba, un hombre siempre, que no sabía si era tu hermano o tu padre, colgaba temblando de nervios.

Por fin se me ocurrió llamar a una de las clientes de allá y la convencí de que juntara a sus compañeras de trabajo, familiares, y amistades a quienes les interesaran nuestros productos, prometiéndole una muy buena comisión de mis ventas, y productos gratis para ella.

Al presentar la oportunidad a mi capitán no puso objeción en enviarme sola, aunque algo preocupada y sospechosa de mi súbito proyecto y elevado número de nuevos prospectos ya enlistados.

Y volvimos a vernos, y volvimos a pasar el tiempo juntos, el cual parecía volar en tu presencia. A pesar de que hicimos paseos, disfrutamos de los atardeceres, de la luna llena, de nuestras ocurrencias, de todo lo que una pareja joven puede disfrutar, los días se fueron en un abrir y cerrar de ojos.

Y no escuché de tus labios las tan ansiadas palabras.

Pasaron dos meses más y se presentó ahora sí la oportunidad de vernos de nuevo. Algo me decía que por fin concretarías nuestro extraño, súbito y bello idilio.

Pero no se dio.

Por azares del destino me encontré de pronto en líos familiares, problemas laborales, y crisis en la ciudad, y todo se tornó un remolino en cuyo centro estaba yo.

Y mucho tiempo después de que amainó, el torbellino se encontró en mi mente. Por mucho tiempo también.

Y entonces no pasaron meses, sino años.

El perder el contacto contigo por tanto tiempo me hizo darme cuenta de que ya no te vería, y entonces supe también que ya tenías familia. Quise olvidarte.

Pero nunca lo logré.

A pesar de que también busqué tener familia cuando supe de la tuya.

Y de haber dejado ese empleo, pues me hacía recordar esos viajes.

Y de haber migrado lejos, como queriendo escapar de los lugares que me recordaban a ti.

Y de otros muchos vendajes banales que me imponía.

En las noches a veces me preguntaba muchas cosas al respecto. Me flagelaba mentalmente el no haber insistido en más visitas. Me frustraba el no saber por qué nunca me preguntaste. Me quedaba despierta por horas, a pesar de tener a alguien a mi lado.

La cosa era que, en aquel entonces, estaba segura de que vendrías a mí, y que tendríamos una muy larga vida juntos, y me sentía más que celosa de ella quien te conquistó tan fácil y rápidamente al tan poco tiempo de yo haberte visto por última vez.

Mi único triunfo, mi único consuelo era que yo te besé primero, pero que de nada servía.

De nada sirve.

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¿Creciste?

Pero extrañas tu infancia.

No recuerdas cuándo ni cómo, pero de repente te dabas cuenta de que existían los amigos, que los niños más grandes que tú te preguntaban tu nombre, y luego te enseñaban a jugar como ellos y con ellos.

Y que al regresar corriendo a casa le decías a tu mamá que ya tenías tres amigos y una amiga.

Aprendías y jugabas a la matatena, a las canicas, al yoyo, al trompo, el cual no te agradó mucho después de intentarlo varias veces. A la casita, a empujar carritos en los caminos que habían trazado entre todos en el piso. A trazar también con gis en el suelo figuras coloridas que reflejaban tu personalidad y tus gustos. A las escondidas, a saltar la cuerda, a coordinar las manos chocándolas mientras cantaban «choco, choco, la, la, te, te». A la rayuela, o la víbora de la mar, la rueda de San Miguel, Burro 16, Shanghai, Chinchilagua…

Mas lo tuyo era correr; que, si a los encantados o a la traes, o a declarar la guerra en contra de, al semáforo, a los relevos. Y después, las pelotas. Las chicas para el beisbol y las casillas, las grandes para el volibol y el futbol.

Algunos juegos vinieron y se fueron rápido: la peteca, el diábolo, la resortera, poste con pelota. Esos no eran para alguien como tú.

Ir al parque era lo mejor: los columpios, la resbaladilla, el subibaja, el remolino, la escalada…

Después de la escuela y los deberes, a lo único que entrabas a casa era a tomar agua o a tirarla ya procesada. Eras feliz.

Y después, entrando en las mocedades, el enamoramiento. Ahí cambió todo. Ya no era nada más el buscar amistades. Las tuyas, las mayores, comenzaban a alejarse, prefiriendo mejor a alguien del sexo opuesto y abandonándote a ti y a los demás. Hasta que te llegó también la curiosidad, las ganas de conocer a ese alguien que te hacía sentir algo que no habías sentido.

Pero eso es también historia.

La cosa es que eso del amor de y por alguien ha llegado y se ha ido. Varias veces.

La infancia era la cosa.

Nada de problemas, nada de carencias, porque tus padres primero se quedaban con hambre que dejarte a ti sintiendo eso. La ropa que te compraban no era algo que te preocupara; si acaso, te pedían que escogieras el color, y ya. La escuela era llevadera. Tu casa era simplemente una casa. Ni sabías ni entendías que hubiera otras más grandes, o más lujosas, o algunas apenas chozas.

Nada de eso importaba.

Eras feliz.

Y ahora que has crecido, que has experimentado todas las emociones y sentimientos que existen, los buenos, los malos, los increíbles, los profundos, los inenarrables… ahora que has llegado a esta edad quisieras volver a tu infancia.

A no tener preocupaciones, a rasparte las rodillas y a ensuciarte los brazos. A destruir los zapatos en tiempo récord. A tener esos amigos, que eran el mejor regalo posible. A colgarte de las piernas de papá cuando regresaba del trabajo, o a abrazarte de mamá cada vez que ella extendía sus brazos.

A ponerte triste y platicarle a tu amiga que se te quebró tu crayón favorito, para que ella te consolara, o a tú ser el consuelo cuando ella te decía que no entendía mate y sacó baja calificación.

Cosas de niños.

El mayor de tus problemas en esos años era, una vez recibida la mesada, presentarte con la señora de los dulces y decidir si comprar alfajor, o cocada, o mazapán, o chiclosos… Ese era el verdadero dilema.

Pero creciste.

Ya no es tan agradable festejar el cumpleaños de tu amigo o de tu prima como lo era en aquella época. El pastel, los regalos, las sorpresas, los cantos, los juegos…

¿Será por eso por lo que nos da tanta alegría recibir a un recién nacido, porque sabemos que sus primeros años serán los mejores de su vida?

Una vez que mis hijos estaban jugando en el patio, gritando y riendo como locos, vi que mi vecino los veía desde su ventana. Me acerqué a ofrecer disculpas por el escándalo.

¿Su reacción? “¡Déjalos que sean niños! Es tan agradable escuchar risas y voces llenas de felicidad.”

Solté un par de lágrimas.

Tenemos miles de preocupaciones. Miles de ocupaciones, miles de conocidos, miles de recuerdos.

La próxima vez que pases por un parque, colúmpiate. O cuando veas a tu amiga, o a tu primo, invítalo a chocar las manos. O, si te apena hacer esas cosas, vayan a bailar, que es lo más cercano a jugar como niños. Te aseguro que reirás como hace tanto que no lo haces.

Regresa a esos años.

Cada vez nos quedan menos.

Sé niño otra vez.

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¿Y si le digo Te amo?

Es que no puedo ocultar el miedo que me da. 😬

Aunque ella lo sabe ya.

O creo que así es, pues se lo he dicho de mil maneras.

Y lo he demostrado, además.

🤔 ¿Será que mis magnitudes distan mucho de las de ella?

Pero ahora, con tantas cosas de por medio, no sé por dónde empezar.

Está esperando a que le diga. ¿Será?

Total, que no me animo, mi corazón hecho pedazos está. 💔

Y, aunque reconstruido, sí, muy frágil que está. ❤️‍🩹

¿Y si llamo nada más?

Pa’ que conteste y yo diga Te amo, y colgar.

Y si piensa ¡Ay! ese enfadoso está igual.

O aún peor ¡Ay! este cabrón sigue igual. 🤬

O que mis palabras suenen huecas. Y ya ni caso haga.

Tal vez mi tanto insistir le ha causado malestar.

Y lo tome como falso. Como nomás por hablar.

Pero ¿qué hago con todo eso que traigo dentro?

Casi a punto de explotar. 💥

¿Y si le digo Te amo, nada más pa’ desahogar?

No encuentro una forma chusca, que no cause fastidiar.

Ni una muy franca y decente, que aterre de seriedad.

Ella siempre con sus cosas, son muchas.

Y yo y mi pensar y pensar:

¿Y si por no decir algo se junta con alguien más?

¿O será que desde antes con alguien está?

Y no me he dado cuenta o no lo quiero aceptar. 😔

¿O si digo demasiado y me equivoco al hablar?

¿Y si no encuentro la forma de expresar con claridad?

Ya no sé qué más creer.

Ya no sé qué más pensar.

Ya no sé qué más hacer.

Y no sé a quién más amar.

¿Y si le digo Te amo?

¿Cómo? ¿cómo?

¿Y si le mando una carta? Bien escrita. ✉️

¿Y si me le paro enfrente? Pa’ besarla. 😳

Y si no le hago la lucha, ¿mejor será?

¿Y quedarme para siempre con la curiosidad?

La neta, la neta neta.

Ni por dónde comenzar.

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Sin reflejos.

Terminaba el sofocante verano del 2031, iniciaba septiembre con una temperatura apenas pasable, pero mucho mejor que los meses anteriores, los cuales habían quemado miles de hectáreas en los bosques del norte y de Australia, haciendo daño también a poblaciones enteras, las cuales en cuestión de días habían sucumbido a las feroces llamas. Muchos lugares del hemisferio norte habían cambiado su geografía en cuestión de meses.

Miles de personas fallecieron no solo por haber sido atrapados sin salida, sino también a causa de la inhalación del humo, el cual cubría grandes áreas, envolviendo en algunos casos estados, provincias y hasta países enteros. Y por supuesto también por falta de hidratación.

La incapacidad, ignorancia y corrupción de los gobiernos anteriores propiciaron que la crisis climática se acelerara sin que los pobladores pudieran impedirlo.

Cuando todos creían que habría un respiro gracias al otoño cada vez más cerca, los astrónomos y las agencias espaciales comenzaron a sonar la alarma: algo se acercaba a la tierra a velocidades nunca antes detectadas. Aunque cualquiera que fuera lo que venía, pues no atinaban a decir si era un meteoro, un cometa, o algo más; era que los espectrómetros de masas indicaban la presencia de algo masivo y con elementos varios, principalmente metálicos, acercándose.

Según los cálculos, daría con la tierra aproximadamente el cuatro de septiembre.

Los gobiernos instaban a los ciudadanos a no actuar en pánico, pues aún no se sabía qué era lo que venía; los ciudadanos del mundo reaccionaban de distintas formas: algunos daban todo por perdido, otros dejaban de hacer sus actividades cotidianas, se preparaban haciéndose de armas existentes y fabricando rudimentarias. Los países con mejor armamento trazaban planes de ataque hacia el espacio, pero nada de lo tenido podría llegar a hacer daño a algo que no se sabía lo que era y mucho menos hacia o fuera de la atmósfera.

El dos de septiembre el mar comenzó a dejar de moverse. Muy imperceptiblemente al principio, pero para el tres, pareciera que las olas eran cosa del pasado. Lo extraordinario era que no estaba congelado, ni siquiera frío, simplemente no había movimiento, la marea había cesado, no había oleaje ni resaca, los peces seguían bien, pero la superficie era tan plana como si fuera un lago canadiense.

Y entonces llegó la oscuridad.

Algo como un velo gris cubrió el planeta entero. La mayoría de gente se arrodillaba y rezaba suplicante, sintiendo que todos moriríamos, pero, al igual que con el agua, la luz del sol que se filtraba por el opacado cielo seguía calentando. Todo mundo dejó de trabajar, y se pegaba a los canales noticieros para saber qué estaba sucediendo.

Cuando todos los aparatos electrónicos dejaron de funcionar, comenzó el pánico, aunque la interrupción solo duró la madrugada del día cuatro.

Al ir clareando el alba nos dimos cuenta de que el mar había vuelto a la normalidad, y ya no había manto gris cubriendo el planeta, pero ahora cuatro magníficas estructuras, semejantes a triángulos equiláteros de cientos de kilómetros de área, se habían posicionado alrededor del planeta a distancias equidistantes unos de otros, y prácticamente entre la luna y la tierra, o eso era lo que calculaban los astrónomos.

Nadie sabía que hacer, ni los gobernantes ni los científicos, ni los militares, y mucho menos la gente común.

Y entonces, exactamente a las 10:00am hora del centro, En todos los aparatos capaces de recibir frecuencias eléctricas, desde teléfonos hasta las gigantescas pantallas de los estadios, sonó un tono semejante a una alarma de despertador, y luego una voz neutra no manifestando emoción alguna, y sin tono femenino ni masculino, diciendo algo por espacio de 19 segundos.

Terminó el mensaje y de inmediato los triangulotes comenzaron a iluminarse. Puesto que eran tan enormes, todo el mundo podía ver a por lo menos uno de ellos, incluso en donde a esa hora era de noche, pues lograban proyectar su sombra en la luna, la cual en momentos parecía un pac-man forzado.

Cuando los triangulotes se llenaron de una casi imperceptible luz violeta, súbitamente desaparecieron. Como si hubiera sido un efecto especial de película. Sin sonido, sin rastro.

En ese mismo momento los astrónomos informaron que se alejaban a la misma velocidad a la que habían llegado. Y que, al parecer, se habían “ensamblado”.

Los gobiernos comenzaron a indagar unos con otros qué idioma era el que la voz había utilizado, pues no era ninguno de los mayores; algunos decían que era seguramente uno de áfrica, los africanos decían que debía ser de los nativos de Norteamérica, los indios decían que más bien parecía del medio oriente. Y así pasaron muchos minutos en los que las redes sociales se inundaban de opiniones, pero nadie atinó a identificar el idioma. Nadie.

Aquellos que habían grabado la voz la reproducían una y otra vez, más lento, más rápido, inversa. Nada.

Fue hasta entonces que todos comenzamos a darnos cuenta de lo que realmente había sucedido. Todos los vidrios de ventanas, pantallas, espejos, vasos, botellas, parabrisas, cuadros, teléfonos, absolutamente todos los vidrios se encontraban ahora con una capa delgadísima de algo semejante a polvo, pero tal filme estaba adherido al vidrio por dentro.

Podíamos aun usar todo sin problema, lo único era la capa esa omnipresente. Todo cambió: los edificios se veían totalmente distintos, los vehículos, los cuadros en las paredes, todo.

Fue cuando algunos gritos de desesperación, miedo e incredulidad comenzaron a sonar que por fin nos dimos cuenta: nada reflejaba. Mas los vidrios permitían ver a través de ellos.

Ni los espejos de los carros, ni los de las casas, y ni siquiera un teléfono apagado reflejaba nuestra cara al tenerlo a centímetros de la misma.

El tráfico vehicular se hizo más lento y al mismo tiempo peligroso, los vehículos grandes, tan dependientes de sus espejos, quedaban atascados a la hora de tratar de maniobrar una vuelta o una reversa.

Los conductores menos hábiles comenzaron a causar accidentes, a pesar de que ya todos manejaban mucho más lento que antes.

Para las personas que estaban acostumbradas a alinearse, maquillarse, o afeitarse, súbitamente dejaron de poder hacerlo. Los salones de belleza y barberías de repente tenían largas filas sin fin.

Algunas personas en su desesperación y enojo, quebraban los vidrios, los espejos, todo aquello que les había sido útil era ahora motivo de frustración.

Varios plásticos oscuros sí reflejaban las cosas, pero era definitivamente distinto ver esos deformes reflejos a los de un espejo. El agua sí reflejaba, pero era impráctico estar viendo hacia abajo en una palangana o un charco o un lago sereno para poder verse.

Por cierto, los fabricantes de vidrio quedaban perplejos porque sus procesos eran exactamente los mismos, pero al crear un nuevo vidrio, éste al enfriarse le aparecía la capa equis, como por arte de magia.

En todos los medios seguía la indagación sobre el idioma que la voz había utilizado para dar el mensaje, pero pasaron tres días y todos comenzamos a perder la esperanza de que alguien hubiera entendido. Ni siquiera la IA lo había logrado: dando como resultados barbaridades que solo causaban risa.

Pasó una semana en la que comenzamos a acostumbrarnos a la falta de reflejos. Cada vez más despeinados, barbones, desmaquillados, desalineados, y en general menos coordinados en cuestión de ropajes y sonrisas.

Y entonces comenzó a suceder el milagro.

Puesto que los científicos no podían explicar el fenómeno de las aguas calmadas ni el velo del planeta, se enfocaron a investigar lo que realmente eran los triángulos: de qué estaban hechos, sus dimensiones reales, su procedencia, etcétera. Para ello se formaron comités internacionales dedicados exclusivamente a ese fin.

Los lingüistas seguían en su búsqueda infructuosa por identificar el mensaje, y también formaron alianzas entre países que dedicaban grandes fondos para investigar hasta en los pueblos cuyos dialectos estaban casi en extinción. De seguro el mensaje era importantísimo, y pues habría que descifrarlo.

La cooperación entre países comenzó a solidificarse ante tan poderosa muestra de tecnología proveniente de quién sabe dónde, se forjaron pactos militares de cooperación. Muchos conflictos armados cesaron de inmediato.

Las leyes de tránsito y las formas de conducir comenzaron a cambiar:  las velocidades máximas, los tiempos de espera en un crucero, la necesidad de que en vehículos de mayor rodado hubiera por lo menos dos personas, y así. También se crearon nuevos puestos: ayudantes de estacionamientos, valets, más choferes…

Se veía más gente en la calle corriendo o en bicicleta o caminando, y además platicando unos con otros.

Comenzamos a dormir mejor, a alimentarnos bien, tanto así, que algunas empresas fabricantes de comida chatarra dejaron de producir; y no por cuestión de bancarrota, sino porque los dueños simplemente se avergonzaban de haber estado envenenando a la gente. El consumo de drogas, de alcohol, de tabaco, de estupefacientes bajó drásticamente.

Las fábricas de armas también dejaron de producir, y algunas hasta ofrecieron destruir las armas existentes. La mayoría de los países estuvo de acuerdo.

Lo mejor de todo fue que comenzamos a tocarnos, a platicar más, a querernos, a sentirnos, a escucharnos.

Unos a otros nos peinamos, nos afeitamos con mucho cuidado eso sí. Nos maquillamos, queríamos que la persona a la que le hacíamos algo quedara lo mejor posible, y ellas en reciprocidad hacían lo mismo. Para poder apreciar el resultado del peinado o del maquillaje o lo que fuera, al terminar nos tomamos fotos, y varias, además: de frente, de un perfil, del otro: de cuerpo completo.

Eso nos hizo reaccionar y entonces nos dedicábamos a convivir más tiempo en contacto humano.

Bajaron las frustraciones, se incrementó la amabilidad, se establecieron nuevas reglas laborales en cuestión de horas y lugares de trabajo, y también de paga.

Fue curioso como el simple hecho de que no pudiéramos ver nuestro reflejo en superficie alguna nos hiciera apreciar a los demás. Los juegos en línea cayeron, dando paso a las pláticas y risas de los juegos de mesa. Los padres dedicaban más tiempo a las tareas escolares de los hijos, y también a leerles o contarles un cuento a la hora de acostarse.

Los maestros comenzaron a sentirse mejor, pues los alumnos ya ponían atención y sus calificaciones mejoraron. Los vendedores se desvivían por satisfacer al cliente, la burocracia comenzó a ser efectiva, los rivales políticos se felicitaban cuando uno era elegido, y los perdedores se ponían a sus órdenes en caso de ser necesitados… Todo cambió. En cuestión de meses.

En enero, unos turistas norteamericanos en Playa Azul, Costa Rica, trataban de utilizar la grabación del mensaje de otro mundo en una canción de rap. Tenían media hora tratando de pronunciar las palabras cantando a un ritmo, y luego a otro, y entre risas se criticaban el no poder hacerlo.

Una vendedora de cocos de muy avanzada edad estuvo escuchándolos todo el tiempo, y entonces se acercó y quiso preguntarles algo, pero ella no hablaba francés y ellos tenían muy poco español. La señora decía cosas y hacía gestos señalando las bocinas, sus oídos, y su boca. Un muchacho que observaba la escena reaccionó y corrió hacia uno de los hotelitos del lugar, trayendo también corriendo a una mujer. Ésta hablaba francés.

La viejecilla decía que su abuelo, nacido en el norte de Belice, le hablaba con esas palabras y en ese idioma cuando ella era una niña.

El descubrimiento fue noticia inmediata, los lingüistas y antropólogos se concentraron en los mayas. La viejecilla fue llevada a un lugar en donde la grabación se reproduciría claramente, y psicólogos y especialistas en lenguajes le ayudarían a recordar y a encadenar aquellas palabras cuyo significado no fuera claro.

Tratándola como la persona más importante del mundo, el proceso de traducción tomó dos semanas, pues los científicos querían estar seguros de que cada palabra que ella pudiera identificar encajara bien con las que no.

Para mediados del siguiente año ya todos estábamos distintos, se notaba el respeto entre desconocidos, la contaminación del aire y las aguas bajó, se percibía el aura de las personas buenas, los gobiernos ahora sí se enfocaban al pueblo y no a intereses de partido, algunas fronteras dejaron de ser tales, la producción de alimentos sanos se elevó al tiempo que el consumo de carne cayó, se liberaron las mascotas exóticas y se prohibió la caza, las personas que vivían en la calle o bajo puentes ya tenían un lugar, los vehículos transportaban más personas en vez de solo el conductor, hubo más fiestas imprevistas en las plazas públicas, los parques se atiborraban de familias y los niños jugaban de todo, desde futbol hasta You’re It, y con ello, las risas infantiles opacaban hasta a los cantos de los pájaros.

Todo mejoró.

Fue también que en esos meses de verano todos notamos que la capa grisácea que habían creado en todos los vidrios cada vez era menos notoria y ya los reflejos comenzaban a darse. Primero en lo útil: los instrumentos dentales, quirúrgicos, y de laboratorio, los telescopios, las celdas solares, y así. Y después y más lentamente en los menos necesarios. Era seguro que desaparecería por completo en menos de dos años.

Lo cual ya no importaba, ya no eran imprescindibles los reflejos: todos queríamos seguir atendiéndonos unos a otros.

¡Ah, sí! La traducción del mensaje que la mayoría estuvo de acuerdo, pues al parecer la mitad del mismo no se le encontró significado:

“Ve hacia afuera. Te atiendes, te quieres, te cuidas y creces cuando lo haces en los demás y en todo lo que te rodea.”

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Las cuatro Cs de las relaciones.

Estas son algo en que las personas maduras tienen mucha experiencia, y por consiguiente se vuelven cláusulas legales en algunos contratos matrimoniales y eclesiásticos.

Independientemente de qué aplica en la sociedad equis o ye, o en el gremio zeta; es fundamental contar con 4 Cs:

+ Comprensión

+ Comunicación

+ Confianza

+ Cuidado

Estas son las columnas que sostienen la estructura de la relación.

Comprensión: no precisamente el entender lo que la otra persona dice, sino darnos cuenta de la individualidad de cada quién, y poner de nuestra parte para ser asertivos y pacientes con las ideas, pensamientos, emociones, y creencias del otro.

Comunicación: es fundamental no solo desear y tratar de transmitir nuestros intereses, planes, e ideas, sino también ser buenos receptores y cooperar en los diálogos, enfocándonos a la información que recibimos, sin interrupciones ni suposiciones, sino a un verdadero ejercicio de escucha activo.

Al transmitir, ser lo más claro posible teniendo en cuenta que el receptor tiene filtros, experiencias y conceptos distintos a los que nosotros tenemos.

Ésta debe darse puntual y natural, si hay algo importante qué transmitir no hay que esperar a que el otro pregunte o a que pase el tiempo. En ese momento debe darse.

Confianza: ésta siempre existirá desde el mismo momento en que comienza la relación, pero es muy delicada y hay que estar manteniéndola todo el tiempo, día con día. Las incoherencias, los engaños y las omisiones merman drásticamente el valor de la confianza. Es muy difícil recrearla al nivel inicial y aún más difícil hacerla plena. Nuestros valores son un sostén para la confianza. De nosotros depende el mantenerla por medio de la honestidad y la congruencia en nuestros actos y palabras.

Cuidado: no precisamente el de estar espiando al otro o de curarle las heridas, sino el proporcionarle el debido aprecio que se merece. Sin burlas, ni infidelidades, ni manchando su reputación, ni tratándolo como a un inferior, ni descortesías.

Respeto, prácticamente.

Cuando alguna de estas 4 Cs se agrieta o resquebraja, la estructura no resiste igual. Si alguna C se destruye, es posible que las otras 3 aún puedan sostenerla, aunque sufriendo terrible presión.

Si 2 Cs caen, es imposible que la estructura exista, pues es ya una demolición total.

Algunos le daremos más importancia a una C que a las otras, o tal vez igual peso a dos de ellas, pero independientemente de cuál es la que consideramos como menos necesaria, ésta al fallar comienza la destrucción de la relación.

Si tuviera que agregar una quinta C, sería ésta: Cultiva las otras 4.

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Las afectadas partes de mi cuerpo.

Son muchas. Casi todo.

Despertar al estirar el brazo tratando de tocarte y no percibir contacto.

Voltear a cada rato de la cocina hacia la recámara o de ésta hacia la sala, queriendo que por arte de magia te aparezcas. Aunque no te vea claramente, solo saber tu presencia cerca.

Mirarme al espejo en la mañana, sin ganas de arreglarme ni el cabello siquiera, notando las oscuras ojeras que se han formado por, de, y para ti.

O al bañarme, cuando me tallo la espalda, queriendo que en lugar de un estropajo o cepillo sean tus dedos y tus uñas las que se deslizan por ella.

El silencio de las noches sin tu voz y ni siquiera tu respirar me ensordecen. Curioso como la ausencia de sonido causa tan alterno efecto en mi oído.

Veo mis manos una y otra vez prácticamente todo el día, y no sé qué hacer, y se acarician una a la otra tan seguido cual es posible, pues se sienten desnudas de no estar sus dedos entretejidos con los tuyos.

Hablo solo y sonriendo, como queriendo que me escucharas y me respondieras y poder oír esas respuestas, aunque fuese un monosílabo… pero nada.

Y eso de voltear de un lado a otro es en todos lados, no únicamente en casa, hasta cuando voy por la calle desesperadamente viendo figuras semejantes a tu cuerpo, para en alguna de ellas encontrarte de nuevo. Para por lo menos saberte ahí, aunque no pueda saludarte, aunque la vista me engañe y no seas realmente tu…

Lo peor es la boca. Me muerdo los labios ya tan seguido, que la gente ha de pensar que tengo una deformación bucal.

Y esto que te digo es únicamente la cuestión corporal. Lo cual es fácil de entender.

Lo peor pasa en mi mente, no solo está afectada, está transformada. ¿Trastornada?

Y tanto, que tratar de especificar cómo, sería un intento fútil.

Incluso para mí.

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Te invito a mi funeral.

Te invito a mi funeral

Ya está muy cerca la fecha

Habrá tequila y mezcal

Y también mucha cerveza

Sí, así dirá la invitación para que todos vengan.

Si solo les dijera que ya voy a morirme, nadie haría caso.

Pero así, con alcohol de por medio, es más probable que se presente un buen porcentaje de familia, amigos, conocidos, y hasta gorrones que ni siquiera saben quién soy. O quién fui.

No decido qué música han de tocar en el velorio. El mariachi escandaliza mucho, el rock, ni se diga. Y las piezas de música clásica que a mí me gustan, de seguro ponen más tristes a los espectadores. Porque eso serán: asistentes a un espectáculo morboso para algunos y cómico para otros. Sobre todo, si es que la obstinada y stultissimi familia de mi esposa insiste en que no se lleve a cabo mi deseo de vestirme no con traje, sino con mis pantalones de manta blancos, cinturón bordado, camisa rosa de algodón, y huaraches abiertos. Así, así nada más, sin calzones ni calcetines.

Eso sí, con mi reloj Casio que tantos años le ha durado la batería.

Lo que no he decidido aún es lo que ha de decir mi lápida porque no quiero que me sepulten, sino que me cremen. Pero, por las razones indicadas en el párrafo anterior, es seguro que con su ad extremis fanatismo religioso también querrán que se me entierre: “…al cabo que ya está muerto, tú. Ni modo que resucite pa’ decirnos que quiere pira. No le aunque que los escuincles también sepan que quería ser achicharrado. Les exponemos, si es que preguntan, y ya. ¿Edá? Ansina mesmo le hacemos.”

Le indiqué a mi albacea en dónde dejaría un sobre cerrado en mi cuchitril en caso de que ella perdiera el que yo le entregué, conteniendo copia fiel de mis últimos deseos, suponiendo que ella sí pueda enfrentar las hordas de mi familia putativa, y hacer valer mis palabras escritas, so pena de enfrentar la ley. Aunque no sé si ese tipo de cosas sean incluidas en los muchos y gruesos y empolvados tomos leguleyos que nunca nadie toca.

Además, puesto que fue la más barata que encontré y ya le pagué, es capaz de que decide nada hacer. Sobre todo, porque mi herencia hacia mis dos pobres hijos consiste en muebles pasados de moda y un buen número de libros de los clásicos, o sea, aquellos que ya nadie lee. El dinero no les alcanzará ni para comprar una computadora Apple.

Incluyo también a Camila en esa herencia. Pues la señora que de vez en vez me acecha y alcanza en la calle para pedirme dinero amenazando que, si no le doy, va a contarle a todo mundo que hace dieciocho años en las fiestas de San Pedro ella y yo nos embriagamos y acostamos, siendo fruto de tan apasionada, agradable y vergonzosa noche, Camila. Por eso.

Esto, a pesar de mis protestas argumentando que no la recuerdo a ella, ni a haber estado briago hace dieciocho años, y ni siquiera a haber acudido a las tales fiestas patronales. En fin, no pide mucho, y nada me cuesta darle lo que me gastaría en cuatro o cinco Grande Matcha Latte Frappuccinos del estarbux.

Mmh… Tal vez sea necesario también incluir comida en la inviteishion, de preferencia picante, pues aquellos que no toman ¿cómo le hago para que suelten la lágrima?

Algo así como:

También habrá gran taquiza

Buche, tripa, y longaniza

Y al pastor, vegetarianos

Para los buenos veganos

Por lo anterior también se me ocurre que debo contratar plañideras, aunque todavía no sé dónde buscarlas, siento que serán necesarias. Porque si acaso me llora alguien va a ser o porque ya está bien borrascas o porque alguna vez me prestó dinero y nunca me acordé de pagarle.

O quizá lagrimee o hasta solloce una del único par de admiradoras que siempre me coqueteaban y lanzaban indirectas para ver si les daba cabida en mi corazón. O en mi cama.

Lo que ellas no saben, por más que yo les regresaba las indirectas, según yo muy sutilmente, es que mi corazón está hecho pedazos. No podría albergar ni a una abejita.

¿Y en tu cama?

Esperaba que nadie preguntara, pero bueno, ahí te va: hace tantos años que no tengo relaciones con el género opuesto (sí, ni con ella) que mis músculos pélvicos se sienten tan tiesos que parecería un robot oxidado, además de que dudo que mi tímido y pequeño órgano sexual tenga memoria de cómo se hace eso, yo creo que su sueño es tan profundo que quizá su funeral debió haber sido mucho antes que éste que viene.

Ayer acudí a las oficinas del registro civil para pedir me expidieran un certificado de defunción postpuesto, pero el encargado del departamento se negó redondamente. Bien curioso, quien me atendió en ventanilla se apellidaba Obeso, y estaba más escuálido que mi pierna izquierda; y su supervisor, Delgado, es seguro que pesaba más de 150 kilos. Por eso es por lo que no se negó rotundamente, sino redondamente.

Por más que insistí y le di fechas y todo, dijo que no se puede expedir dicho documento sino hasta que el forense declare que la persona ha dejado de respirar. Bien raro que todo el tiempo ambos me veían con los ojos bien abiertotes.

Regresando al tema principal de este cuasi monólogo: lo que me tiene piense y piense es mi epitafio. Sé que algunas personas también piden que la nota diga algo breve y positivo del interfecto, pero no se me ocurre qué decir de mí mismo que no suene exagerado, no tengo algo que resalte por sobre los demás: mencionar alguno de mis muchos logros artísticos por encima de los atléticos o académicos no me convence, tampoco el hacer énfasis en lo excelente padre que he sido, principalmente para Camila, a pesar de nunca haberla visto.

O que diga algo así como “Aquí yace el único doctor en zoología lumbricoide… ” pero no sé como continuaría, o acaso mejor mencionar que mi nombre estuvo en la lista de candidatos al premio Nobel de física cuántica, en la envidiable posición 891.

O quizá mejor sea algo sencillito que nada mencione sobre logros, sino más bien lo recibido: “Amado por propios y extraños…” algo así, aunque eso sería mentir.

Tal vez tenga que plagiar uno de algún desconocido…

Ya que decida si incluyo la taquiza o no, la invitación deberá tener dos últimas líneas:

R.S.V.P.

y

Se aceptan sugerencias para el epitafio: __________________________________________________________________________________

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Tierra Herida

Escritora invitada: Ana Minerva Jiménez de Lara Magaña


No recuerdo cuándo empecé a hablarle a la tierra o ella a mí. Tal vez fue el día en
que desenterré unos gastados tenis de adolescente. ¿Por dónde anduvieron antes?
¿Cómo llegaron ahí? No eran lo que yo buscaba, pero los acerqué a mi pecho como
si abrazara a quien caminó con ellos.


Mi hijo me decía que yo hablaba dormida. Ahora, en las madrugadas sin él,
creo que sigo hablando en sueños, pero también despierta. Le pregunto a la tierra
si lo tiene, si me lo guarda, si puede darme algo suyo. Un botón, una pertenencia,
un hueso. Cualquier cosa. Algo con lo que pueda tenerlo otra vez, aunque sea en
un fragmento de lo que fue.


Hoy, como siempre, nosotras, las que buscamos, llegamos al final. Después de los
que hicieron de esta tierra una tumba, después de la policía, después de que los
demás se marcharan dejando este rancho solo, lleno de murmullos que arrastra el
viento. Nosotras llegamos con nuestras palas, con nuestras varillas, con nuestras
manos ya curtidas. «Donde duele, hay que buscar», nos decimos unas a otras. Así
lo aprendimos, así lo hemos vivido. El suelo se resquebraja, nos responde. Si
sabemos leerlas, sus grietas nos revelan su secreto.


Llevo en el bolsillo el silbato de mi hijo, el mismo con el que anunciaba su
llegada a casa. Sabía cómo sacarme una sonrisa, cómo romper la rutina. Me aferro
a él cada vez que cavo, como si fuera un ancla. Ahora calla casi siempre… hasta
que hago un hallazgo. Entonces recupera su voz; se rompe en grito.


Aquí, en esta tierra herida, encontramos más de lo que podíamos imaginar:
vestimentas, huesos y montones de cenizas. No fue miedo lo que sentí, sino ese
dolor que nace en las entrañas y se expande en el cuerpo hasta volverse rabia.
Tuve la certeza de que teníamos que hacerlo porque nadie más lo haría. Nosotras
somos quienes buscamos, las que devuelven los nombres a sus familias, las que
gritan lo que otros deciden callar.


A veces, cuando alguien encuentra algo, se queda inmóvil. No hace falta
decir nada. Nuestras miradas se entienden. Sabemos lo que significa. En esos
momentos, la tierra nos devuelve algo a cambio de un pedazo de alma.


Hoy estuve a punto de sonar el silbato, pero me detuve en seco. Al observar con
mayor cuidado, lo reconocí. No podía hablar. No quise. Me quedé con él en las
manos, lo palpé con detenimiento. Las sienes me reventaban, me faltaba aire. Al
mismo tiempo, quería aventarlo y no soltarlo. Una mezcla de rabia y alivio. Un golpe
brutal me sacudió: ¿Y ahora, cómo aprendería a vivir sin la tierra llamándome, sin
la necesidad de excavar?


Me han dicho que debería dejar esto, que me daña, que debo aprender a
soltar.


No entienden.


Aún con la respuesta en mis manos, no puedo detenerme.


No solo es mi hijo, hay demasiadas heridas abiertas. Demasiados nombres
bajo tierra.


Aprieto el silbato en mi mano. El frío del metal recorre mi piel. Su silencio
vibra entre mis dedos. No suena, pero me dice algo.


No busco solo por mí.


Busco por cada desaparecido.


Hoy busco, buscamos, porque la tierra sigue llamándonos. No podemos
abandonarla. Si nosotras nos vamos, ¿quién quedará para escucharla?

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¡Pero yo soy la novia!

Escritora invitada: Carmen Lagrosse

Edward era atractivo, no mucho, pues su cara apenas era un sesenta por ciento de lo que sería un Adonis o una escultura de Miguel Ángel. Sin embargo, era alto, cabello café claro, ojos inquisitivos, perfil griego, y cuerpo atlético.

Llamaba la atención fácilmente porque su caminar siempre era de forma apresurada, casi como si fuera un participante de una carrera de caminata. Cuando hablaba lo hacía de una manera pausada pero clara, y cuando le tocaba escuchar, lo hacía con atención. A veces daba la impresión de ser muy serio o inocente.

Además, coordinaba su vestimenta de forma que pareciera tomada de una pintura de los grandes maestros, e incluso de una fotografía sepia de antaño, con matices del mismo color, los cuales definían una figura elegante y limpia.

Cuando llegó la navidad del año pasado, justo el día 23, se encontró solo en la matiné del cine viendo la película que le pareció menos aburrida de la cartelera, pues no comulgaba de las festividades por ser éstas más un evento comercial, que algo realmente positivo.

Al salir se encontró con Berenice, quien también había estado en la sala casi vacía y había hecho exactamente lo mismo: refugiarse en un lugar alejado de las multitudes y el caos de la temporada.

Se habían conocido en un club de corredores hacía apenas un año, pero no siempre habían coincidido en los días que la mayoría del grupo se iba a correr por los distintos lugares apropiados para ello en la tan atestada de carros urbe. Aparte, estaban en la misma escuela, aunque en distintos grados y salones, y ella casi nunca se aventuraba por los pasillos de la misma.

A ninguno de los dos le dieron ganas de regresar a casa, y después del saludo y la charla sobre cómo era posible que tuvieran tan coincidente actitud decembrina, decidieron pasar el resto del día juntos. Encontraron una fondita acogedora y pidieron café y pan una y otra vez, sin darse cuenta de que se les fueron las horas platicando y ya había oscurecido. Intercambiaron datos de contacto y salieron.

Al despedirse, Edward abrazó y besó en la mejilla a Bere, quien no acostumbrada a tal tipo de contacto se ruborizó, pues sintió una vibración corporal nunca experimentada, por lo que al alejarse su caminar era como de brinquitos.

Esto llamó mucho la atención de Edward, pues, aunque ya había notado el exquisito cuerpo de Bere en los pocos días que coincidieron en el club, esta vez, al observar su fina ropa no deportiva y su caminar sensual, quedó parado y perplejo durante el tiempo que pudo verla al ella alejarse. Era cierto lo que sus compañeros siempre decían “está buenísima, la pendeja”.

Bere era, digamos, una mujer promedio, no sobresalía entre la multitud por cuestiones académicas, intelectuales, o artísticas, aunque desde chica sus padres la inscribieron en clases de ballet y danza. Quizá era por eso por lo que ella continuó sus actividades deportivas. Edward aprendió que cuando Bere pudo, les dijo a sus padres que no disfrutaba mucho de lo artístico, y que su objetivo era participar en atletismo, y quizá hasta representar al país en las olimpiadas.

Eso sí, el cuerpo de Bere era en realidad hermoso. Los muchachos del colegio siempre al acecho tratando de lograr por lo menos un momento en la intimidad con ella. Pero Bere sabía que solo la buscaban precisamente para eso, por lo que se negaba a toda y cualquier invitación de ellos. Si algún día lograba una relación con un hombre, ésta debería ser con objetivo duradero y serio.

El beso de despedida de Edward no la dejó dormir esa noche. Se ilusionaba con volver a verlo, aunque había notado que él seguido andaba con Roxana, quien probablemente era su novia, pues a veces se iba con ella después de terminar en el club, y también los vio en las protestas de los estudiantes en contra del alza al transporte público, en conciertos gratuitos, en ferias, y en eventos públicos a los que asistía la muchachada.

Al día siguiente, esperó el mensaje o la llamada de Edward con ansiedad. Sin embargo, éstos nunca llegaron, ni siquiera para desearle una feliz navidad.

La cosa era que nunca acordaron contactarse ni nada, simplemente intercambiaron número de teléfono y WhatsApp, dirección a medias, diciendo en qué parte de la ciudad vivían, nombre completo, y datos personales; pues lo único que conocían uno del otro antes del cine era el apelativo: Bere y Eddy.

Pasó el día veinticinco sin mucha novedad y llegó el 26 y Berenice no dejaba de pensar en Eddy. La charla en la fonda le hizo darse cuenta del verdadero atractivo de él: su cultura general y una sencillez que rayaba en ingenuidad.

No pudo aguantar más y ella fue quien lo llamó, para invitarlo a correr al parque al siguiente día y después ir a desayunar juntos, pues conocía un lugar que era seguro que a él le gustaría mucho.

Edward, estando sin nada que hacer en esa semana, aceptó.

Bere tomó la iniciativa desde el principio: además de decirle dónde verse para calentar antes de comenzar a correr, muy sutilmente y con mucho tacto señaló también que tenía algo importante que decir.

Cuando Eddy llegó, Bere le abrazó y besó en la mejilla con un gusto manifiesto. Platicando ella todo el tiempo calentaron, corrieron, hidrataron, enfriaron, estiraron, desayunaron, y la sobremesa les tomó por lo menos un par de horas más. Bere indirectamente preguntaba sobre las relaciones de Eddy, pero él nada tenía de carácter íntimo con alguien más, por lo que ella nunca supo si en realidad él tenía novia, y el nombre Roxana nunca se escuchó, pero Bere dedujo que Eddy estaba libre. Aunque le quedaba la duda de si él le ocultaba algo, y si sí, probablemente era para no incomodarla o confesar intimidades.

Hartos de café, entumidos y cansados de sentir que las sillas ya estaban pegándose a su piel, por fin acordaron despedirse. Esta vez, al hacerlo, Bere abrazó a Eddy con más ganas que cuando se encontraron, al tiempo que su vibrante cuerpo y voz le decían que le gustaba mucho y le daba las gracias por “haberla escogido,” dándole también un rápido beso en la boca, y alejándose de inmediato con una sonrisa que casi eclipsaba sus enormes ojos brillando de felicidad. Parecía esta vez que, en lugar de dar brinquitos, flotara en el aire.

Eddy no dijo una sola palabra, simplemente dejó a que Bere hiciera todo eso sin inmutarse. Él, en efecto, salía con Roxana muy seguido. Le gustaba la picardía con que ella siempre platicaba: además de provenir de una familia humilde, trabajaba y estudiaba, sobresaliendo por encima de los demás en ambas actividades. Lo mejor de todo era su sonrisa, unos labios gruesos que parecían ligas al extenderse para mostrar una dentadura alineada, limpia, y fuerte. Una risa tímida al escuchar anécdotas de quienquiera que las contara, y a veces con carcajadas resonantes y contagiosas.

Roxana no era tan alta como Bere, ni contaba con los recursos con los que Bere sí. Además, su cuerpo tampoco era tan voluptuoso como el de Bere, o por lo menos nunca nos dimos cuenta, porque Bere vestía con prendas que resaltaban sus curvas y escote, y la ropa de Rox era de calidades inferiores y no acuerpada. Era notorio también que no tenía muchas prendas.

Eddy y Rox se buscaban cada que podían y disfrutaban de la compañía uno del otro. Todo mundo notaba la atracción mutua, pero nadie sabía a ciencia cierta si la misma era solo física, romántica, convenenciera, o familiar, ya que nunca se les vio besándose o caminando tomados de la mano, por ejemplo.

Cuando se veían, las pláticas de Rox fascinaban a Eddy, quien escuchaba con mucha atención. Le parecía tan distinto y agradable que Rox tocara temas que otras personas no, como por ejemplo que mencionara que el Danzón número 2 de Arturo Márquez fuera tan famoso que no únicamente latinoamericanos como el director Gustavo “the dude” Dudamel lo incluyera en sus conciertos, sino que hasta la Sinfónica de Singapur lo hiciera. O que la tan mentada inteligencia artificial no fuera otra cosa más que una serie de computadoras conectadas entre sí encontrando e hilvanando frases e imágenes en bases de datos enormes, y que la AI dependía de que simplemente nadie apagara el interruptor de electricidad. O que la mejor forma de contribuir a desacelerar el calentamiento global era tal y cual forma… en fin.

Ese tipo de conversaciones contrastaba con los temas que Bere tocaba: casi siempre hablando de personajes de la farándula de los cuales Eddy no sabía ni jota, o de las tendencias de la moda barata ahora tan en auge, o cómo la Taylor tenía todo un equipo de asesores para todo lo que hacía, desde la ropa que se ponía, lo que publicaba en las redes sociales, y hasta cómo presentarse en el estadio cuando su prometido jugaba.

Interesantes hasta cierto punto, porque Eddy nada sabía al respecto. Él era más local: sus intereses eran sobre los grupos del país, la política del estado, el equipo de futbol más querido en la ciudad y así. Por lo cual Bere era como un mundo nuevo. No tan atractivo como el que Rox entregaba, pero nuevo al fin.

Cuando las clases se reanudaron, Eddy se encontró con que sus amigos lo esperaban con miles de preguntas, felicitaciones, y hasta reclamos: “Qué chingón, güey”. “Me hiciste perder una buena lana, cabrón. Le aposté al Robert”. “¿Ya le diste?” “Nada más la cara de estúpido tienes ¿eh?” “Me la ganaste, gandalla.” y así por el estilo, pues ya toda la escuela se había enterado de que Eddy era el novio de Bere. Fue entonces que por fin entendió los mensajes y publicaciones que no solo sus amigos, sino las pibas, le habían estado mandando en esos días.

Aun así, a todo esto, Eddy no contestó ni una pregunta, parte por su personalidad, parte por la sorpresa. Simplemente agradeció los comentarios agradables e ignoró los negativos. Sin atinar cómo es que él súbitamente ya era novio de Bere, pues nunca hubo declaración real. Pero, sin inconveniencia alguna, Eddy comenzó a salir con Bere, su novia adoptiva. Mientras durara, disfrutaría de tener en sus brazos el exquisito cuerpo de la modelo del colegio. ¿Qué habría de malo en ello?

En los días que Rox coincidía con la pareja, ésta siempre estaba muy incómoda o discutiendo. A Rox le causaba mucho pesar lo mismo, pues ella nunca experimentó enojo o fastidio de parte de Eddy, quien se mostraba frustrado y hasta veía a Rox con cara de suplicio: “rescátame por favor.”

Rox sabía que no podía competir con Bere, ni en atractivo ni en recursos financieros ni humanos, y mucho menos en tiempo, pues ella siempre estaba ocupada con trabajo, escuela, y hasta con el Banco de Comida, pues hacía voluntariado para ayudar a los menos privilegiados de la sociedad. Y tomaba tal compromiso con seriedad y responsabilidad, cual si fuera su principal actividad.

Así de que comenzó a ser menos frecuente el que Eddy y Rox se vieran seguido, aunque fuera por lo menos unos minutos para platicar.

Los amigos y compañeros notaban que ambos se veían más tristes cuando por fin coincidían, y que, también, Eddy y Bere no manifestaban una alegría total al estar juntos. Peor, cuando Rox andaba cerca, las pláticas de la pareja se volvían alegatos, casi siempre Bere enojadísima y Eddy volviéndose largas explicaciones que no rendían fruto.

A veces las disputas terminaban con uno de los dos alejándose para no continuar dando espectáculo, casi siempre Eddy. En algunas de éstas, Rox se iba atrás de Eddy para consolarlo. Lo cual siempre dio resultado.

Pasaron muchos meses con estos mismos escenarios, hasta que una vez, Bere, cansada de tener una relación inestable, decidió hablar con Rox para estar segura de… de… ¿de qué? Ni siquiera sabía qué era lo que quería saber. Había buscado tanto en el perfil de Facebook de Eddy como en el de Rox y, aparte de ciertos likes y comentarios sosos de uno hacia el otro, nunca encontró algo que delatara una relación pasada o presente, ni fotos de ambos juntos, o por lo menos ellos dos y otros amigos en la misma foto. Estaba rarísimo, pues no había una explicación lógica del cambio de personalidad que Eddy experimentaba cuando veía a Rox. Hasta lo notaba tenso, vibrante, sonriente, más que con cualquier situación vivida con ella.

Estaba decidido, si Edward no era capaz de comunicar sus cosas, o estaba engañándola u ocultando algo, sería la misma Roxana quien confesaría todo.

En la escuela, cuando Bere y Rox se encontraban se saludaban normalmente, pues ya habían coincidido en ciertas clases y sabían un poco la una de la otra. Ahora era cuestión de ahondar en dicho conocimiento.

– Roxana, quiero hablar contigo.

– Dime.

– No, aquí no. En un lugar menos atestado.

– Voy al Banco, si quieres caminamos y hablamos.

– No vayas, de seguro hay más voluntarios que pueden suplirte.

– Hoy no. De hecho, hoy no me tocaba, pero dos se enfermaron y necesitan a alguien más por unas horas.

– No quiero caminar hacia allá e ir platicando. Si quieres, nos vemos en la fuente de sodas de la bahía mañana.

– Está bien, probablemente si pueda ¿a qué hora?

– La que tú elijas, yo estoy libre después de las ocho de la mañana.

– Bueno, entonces… am… a las cinco y media.

– ¿Tan tarde? Si es sábado.

– Sí, pero trabajo y salgo a las cinco.

– Esperaba que fuera en la mañana, pues me urge… digo, quisiera saber…

– ¿Sí?

– No, nada, ya… mañana hablamos.

– ¿En serio es algo urgente?

– No, no, claro que no.

– Dijiste me urge.

– No, digo sí, pero equivoque la palabra. Me pasa seguido, digo… a veces. ¿Qué tienes? te vez intranquila.

– Es que tengo que ir al Banco.

– Ay, sí. Bueno… ya nada más, pásame tu número… para mensajes, por si algo se atraviesa.

–  Okey… Este es, tómale foto y luego me agregas ya con calma.

– Ya. Nos vemos mañana.

– Sí. Ciao.

– .

– ..

– .

– ….

– .

– ……

– ¡Ah! Oye. No le digas a Eddy que hablaremos.

– ¿Qué?

– QUE, QUE NO LE DIGAS A NADIE QUE HABLAREMOS.

– NO PENSABA HACERLO. Ciao.

Bere no pudo dormir más que un par de horas en toda la noche. No sabía cómo era que tendría que iniciar la confesión de Rox, de por qué Eddy se veía feliz con Rox, pero no con ella.

A pesar de que los ratos de intimidad eran excelentes, pues pareciera que en privado todo fuera un sueño, en público había mucho recato, y en los terrenos de Rox, Eddy era definitivamente otra persona.

Tal vez lo mejor sería decirle a Rox que se alejara de Eddy, prohibirle que hablara con él. Pero ¿cómo? Si estaban en la misma escuela, y además sus actividades personales los hacían cruzarse en las calles casi a diario. ¿Qué hacer?

Las horas del sábado se hicieron eternas, trató de distraerse leyendo y no pudo. Puso una serie nueva pero su atención estaba en otro lado, repitiendo el primer episodio tres veces con tal de captar la trama.

Al mediodía ni siquiera recordaba si desayunó, y si lo hizo, qué fue lo que desayunó, porque no sentía hambre alguna. Las horas pasaron lentas. Cuando la manecilla corta apuntaba al número romano V del reloj de pared de la sala, y la larga al XII, no pudo a aguantar más y salió hacia la bahía, apurada. Sabiendo que llegaría mucho más prematura que a la hora acordada. Como si eso provocara que Rox también se presentara temprano.

Después de rápidamente consumir un licuado grande y dulcísimo, y pedir luego un muffin vegano de fibra de trigo, como para contrarrestar el azúcar del licuado, vio su iWatch por enésima vez: 17:23. Bueno, ya faltaba menos para que Rox llegara.

Masticando lento, cerró los ojos y comenzó dubitativa en cómo iniciaría la conversación y cómo formular las preguntas sobre Eddy y Rox, pues aún no sabía qué exactamente iba a decirle a Rox. Quien justo apareció:

– Hola, Bere. Creí que yo llegaría antes que tú. ¿Tienes rato?

– Ay. Hola, no, digo, sí. Este… Bueno, no mucho.

– ¿Ese vaso no es tuyo? -dijo señalando la copa de licuado ya vacía, al tiempo que dejaba caer su mochila y se sentaba enfrente de Bere.

– No. -mintió. -Ha estado ahí desde que llegué y no lo han recogido.

– Hmm. -Rox notó que otras mesas estaban vacías, por lo que era curioso que Bere hubiera escogido una con trastes sucios. Pero no dijo más.

– ¿Quieres que te compre algo? Ya empecé con este muffin, y quiero pedir un café latte. Dime, yo invito.

– No, realmente no. Prefiero comer algo en casa. Aquí tengo mi agua.

– ¿Segura? Yo te hice cambiar tu rutina.

– De verdad, lo único que tengo es sed.

– Bueno, entonces… mm… este…

– ¿Entonces?

– Bueno, de seguro ya sabes de lo que se trata.

– Creo que sí, pero no estoy segura.

– Se trata de Eddy. Por supuesto.

– ¿Tiene algo?

– No. Quiero decir, sí. Ay, hay algo duro en el pan, no he podido masticarlo. Perdón, es que de seguro me oyes rara por tener ese pedazo de algo en la boca.

– No, está bien, te escucho bien.

– Pues no quiero hacer caso de lo que otras personas dicen, y quiero saber directamente de vos si es que fueron novios. Dime la verdad por favor.

– No, Bere. Nunca fuimos novios.

– ¿Nunca? ¿Ni hace mucho?

– No. Siempre hemos sido amigos. Nos llevamos muy bien.

– Se nota.

– Es lo del baile de graduación ¿verdad?

– ¿Qué?

– Que lo que quieres saber es por qué me invitó a mí y no a vos.

– ¿Como? No, no sé de qué hablas.

– Del baile de graduación de los que salen este año. Ya sé que faltan meses, pero ya habíamos acordado en ir juntos.

– Esto, es… ay… no sé qué pasa.

– La otra vez me dijo que no sabía cómo explicártelo sin que te enojaras.

– Es que ni siquiera… las únicas dos veces que tocamos el tema del baile se puso muy tenso y nunca me dijo que te había dicho si querías ir con él… am, o cualquier cosa relacionada con eso.

– Sí, es que desde noviembre nos habíamos puesto de acuerdo.

– ¿Y tú crees que eso está bien?

– No le veo nada malo.

– Sabes perfectamente que SOY SU NOVIA.

– Sí, Bere, pero ya habíamos quedado. A mí no me ha dicho que cambia de planes, además de que sabe que aparté un vestido y he estado yendo a la sastrería para medidas y todo.

– ¡Puedes deshacerte del vestido!

– No te alteres por favor. No, ya pagué una parte. Además, Eddy, siendo como es, no creo que me decepcione.  Si no te ha dicho algo al respecto es seguro que está tratando de encontrar la mejor forma de decírtelo.

– No me molesto, es que el sol me está dando en los ojos. Deja muevo la silla acá. Umph.

– Creo que debes esperar a que él te explique.

– No es necesario, ya estamos tú y yo hablando. Tú aclárame.

– No estaría bien.

– Te doy el dinero del vestido, si quieres, solo cancela el compromiso sin darle muchas explicaciones.

– No puedo hacerle eso. Es mi mejor amigo.

– ¡Pero yo soy la novia!

– Pues…

– Pues ¿qué? ¿qué? Sí tienen una relación más allá de la amistad, ¿verdad? ¡Dime!

–  No, Bere, no es eso.

– ¿Te lo coges?

– ¿Qué? Ay. Por favor…

– Dime entonces.

– Sí. Me atrae como macho. Así tal cual. Y estoy segura de que yo también le atraigo, a pesar de no tener un cuerpo como el tuyo. Pero sé muy bien, que, si me lo hubiera hecho novio, no podría conocer a otros hombres. Y me siento muy joven como para no estar comparándolos y darme cuenta de qué exactamente es lo que mejor me queda… En cuestión no únicamente sexual, sino también en las de correspondencia sentimental, idiosincrática, y hasta económica.

No descarto la posibilidad de que me diga que tiene que cambiar de pareja para el baile, pero yo no soy quien ha de decidir eso. Él tiene que hablar contigo, y con mi go, antes de cualquier cambio que quiera hacer, si es que cambiara de parecer.

– Me, me… -Bere no supo qué contestar a tan elocuente, sorpresiva, y juiciosa explicación.

– Bere, no creo que cambie. Lo conozco muy bien, y lo más probable es que esté buscando el mejor momento para decirte que irá al baile con su amiga.

– ¡Pero yo soy la novia!

– Ya sé. – Rox tomó su mochila, se levantó y miró a Bere inclinando la cabeza levemente, abriendo sus ojos al máximo, indicando Tú y él tienen que hablar. No yo.

Berenice se quedó ahí viendo como Roxana se alejaba. Dándose cuenta de que tal vez fue un error haberse hecho novio a Edward tan intempestivamente. Cómo estaba perdiendo el tiempo en lugar de hacer lo que Rox.

Sollozó una vez más y levantó la nublada vista hacia Roxana y gritó ¡Pero yo soy la novia!

Esta vez en silencio, pues ningún sonido salió de su abierta boca.

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Los twins.

Su madre había decidido que, si era niña, la llamaría María Gabrielle, si era niño, Viktor Manuel.

Resultó ser niños.

Sí, no un niño, sino dos: Viktor y Manuel.

Lo curioso era que desde bebés se notó que pocas veces parecían llevarse bien, a pesar de ser idénticos, o probablemente por lo mismo. Se incomodaba uno porque mamá cambiaba de pañal primero al otro, o por cosas tan simples como, cuando comenzaron a gatear, uno llegara primero que el otro a tomar un juguete, el que fuera. Parecía que, en lugar de hermanos, eran contrincantes.

Se molestaba uno de las acciones del otro y peleaban constantemente durante su infancia, era ya un constante reñir por jugar con el juguete que el otro tenía, o por la ropa que el otro usaba. La cosa era que hasta si la porción de comida en el plato del otro pareciera más que en el propio, era causa de gritos y discusiones sin fin. Pocas veces se les veía tranquilos en presencia de su gemelo.

En la adolescencia fue todavía peor, tanto así que… bueno, será mejor saltarnos esa época. Lo que sí fue muy notorio en ese periodo es que ya no compartían las mismas prendas, y hasta preferían que la ropa fuera totalmente distinta de la del otro. Viktor se inclinó por las prendas más serias, más conservadoras y elegantes, de las telas más finas y agradables a la vista, sus zapatos siempre limpios y bien boleados, relojes que, aunque no caros, sí en buen estado físico y estético. Manuel portaba pantalones sucios, rotos. Camisetas con gráficas llamativas y escandalosas, zapatos extravagantes, pero mal cuidados, pulseras de plástico o de hilos multicolores que no parecían tener belleza alguna…

Lo curioso de todo esto es que, justo cuando cumplieron veinte años, todo pareció cambiar. Ya no peleaban, esto es, sí discutían mucho, pero lo hacían de una forma pacífica, sin gritos, sin dedos apuntándose uno al otro, sin las tan constantes interrupciones de antaño.

Pareciera que se hubiesen transformado en otras personas. Platicaban de toda y cualquier cosa, y únicamente cuando se enfrentaba uno de los dos a un problema difícil de resolver, lo discutían hasta estar de acuerdo en la mejor solución posible.

Algo que la gente no notó durante sus primeros años, pero que fue latente al iniciar su tercera década de vida, era que eran atractivos. No Adonis, pero sí sobresalían entre la multitud por su cara, principalmente sus ojos de mirada pícara, y una sonrisa que derretía a las muchachas pretendientes de cualquiera de los dos. Su altura y complexión física también eran mejor que el promedio masculino, pero su principal atractivo era su forma de hablar, siempre haciendo gestos y movimientos de manos que hacían más fácil entender sus elocuentes y floridas explicaciones, anécdotas, cuentos, bromas, y ocurrencias.

También, su vestimenta cambió, Manuel comenzó a vestirse mejor y Viktor a hacerlo más casual. Se dieron cuenta de que era mejor y hasta muy cómodo intercambiar la misma ropa y calzado, el mismo estilo ordinario, mas no estrafalario, de las modas de sus tiempos.

A menos que estuvieran a una distancia muy corta, a veces era casi imposible distinguirlos, hasta para su propia familia.

Cuando Manuel se hizo novias todo fue aún más interesante.

Pareciera que a Viktor le costara más trabajo iniciar relaciones con el sexo opuesto, pero para Manuel era como un juego. Tanto así que, durante cierta temporada de la universidad, tuvo tres novias.

Al mismo tiempo.

Viktor aportaba las ideas más decentes y éticas de cómo evitar conflictos. Manuel explicaba las características y formas de ser de las novias, para evitar los mismos, y principalmente para que, en caso de necesidad, Viktor se hiciera pasar por él y tuviera un rato agradable con Mónica, Alexandra, o Elizabeth.

Aunque a veces se sentía incómodo, a Viktor le era fácil sustituir a su hermano en tales situaciones. Lo más curioso aún era que, al igual que Manuel, le gustaba más salir con Mónica que con cualquier otra.

Pero tales aventuras también eran motivo de discusiones y peleas. Después de varias disputas muy acaloradas al respecto, acordaron que Viktor saldría más seguido con Mónica, y Manuel con las demás.

Pero aún así, con acuerdo y todo, se entablaban en discusiones sin fin.

Mónica se convirtió en algo así como la manzana de la discordia, en menor magnitud.

Viktor sentía que Mónica se daba perfecta cuenta de la diferencia entre los dos, y que sabía también que estaba con uno u otro y los distinguía perfectamente. Siguiéndoles el juego. Por lo mismo, Viktor pensaba que Mónica lo prefería a él muy por encima de que a Manuel.

No obstante, a Manuel no parecía darle celos de que cada vez más y más seguido Viktor saliera con Mónica. Para Manuel era lo mismo cualquiera de las tres, o las cuatro, cuando incursionaba en nuevas aventuras a pesar de tener suficientes opciones.

Todo comenzó a desmoronarse cuando Alexandra se presentó de improviso en el café donde Manuel platicaba con Elizabeth. Ambas, después de los alegatos, ofensas, y hasta manotazos, decidieron dejar a tan infiel e inmoral personaje, no sin antes amenazar hacer público su mutuo descubrimiento en todos los medios posibles.

En caso de que ellas dos no fueran las únicas engañadas.

A los conocidos, compañeros, amistades, e incluso familia de todos los involucrados pronto les llegaron las noticias, con lujo de detalles y hasta como si fueran transmitidas por un radio descompuesto: amplificadas, seccionadas, distorsionadas, y con mucho ruido de fondo.

Esto era un arma de dos filos, pues muchas de las muchachas que pertenecían a los círculos de ellos, darían lo que fuera por que cualquiera de los dos se fijara en ellas. Incluyendo a las propias primas del par.

Pues eran no únicamente atractivos anatómicamente, sino populares, inteligentes, y bien educados, tanto académica como familiarmente. Aunque las mismas se daban cuenta de que corrían el riesgo de convertirse en pasatiempos, ya estando con alguno de los dos tratarían de enamorarlos para quedárselos. El simple hecho de que alguna chica mencionara que platicó con alguno de los dos por espacio de más de diez minutos provocaba en las oyentes una especie de admiración mezclada con celos. Tanto así.

Viktor estaba preocupadísimo porque se daba cuenta que estaba ya muy enamorado de Mónica, y no concebía el tratar de explicarle que al principio nada era serio para él, sino que simplemente fue el tratar de ‘’ayudar” a su hermano de alguna forma mientras Manuel decidía con quién quedarse, pero por más que tramaba alguna explicación que tuviera sentido, nada lo convencía. Estaba seguro de que Mónica le reclamaría y lo odiaría, con muy justa razón.

Para Manuel, nada de lo ocurrido importaba, si hubiera que quedarse sin compañera por un tiempo, y encima portar una etiqueta de infidelidad y deshonestidad, amén. Sería cuestión de un par de meses a que la nota se enfriara, y no batallaría en hacerse de alguna otra ingenua. O dos.

Viktor se armó de valor y llamó a Mónica para verse y platicar el fin de semana siguiente en una -estaba seguro- última cita en donde ofrecería disculpas sinceras, pues de alguna forma él también tenía el corazón roto.

Como de costumbre, platicó con Manuel al respecto, tratando de adquirir ideas y palabras que no fueran tan desgarradoras para ninguno de los dos, esto es, ni para Mónica ni para Viktor. Además de que Manuel había sido quien inició la relación y, por consiguiente, conocía a Mónica quizá tanto como él.

– Mane, me gustaría salvar la relación con Mónica. Sé que a ti te da lo mismo ella que cualquier otra, pero para mí, bien sabes, es la mujer que me llena por completo.

– No tiene caso. Va a reclamarnos igual que las otras, además no está tan bonita como Alex. Ya encontraré una más buena. Ten paciencia.

– No se trata de si está bonita o buena. Me gusta mucho su personalidad, su idiosincrasia, y sus ocurrencias. Nos llevamos muy bien. Ni modo que no lo hayas notado.

– Sí, pero hay miles de mujeres. No te aferres con una que apenas tenemos unos meses de conocerla y ni sabemos mucho de ella. Búscate una que esté buena.

– No quiero eso. Y no han sido unos meses, es ya más de un año, pero no te has dado cuenta porque estás siempre prefiriendo manosear a la Alex o a Eli.

– Sí, pero tú manoseas a Mónica.

– No, no la manoseo. Quiero decir, si disfrutamos nuestras sesiones dactilares, pero lo que me agrada es su forma de ser. Ni modo que me digas que a ti no.

– Claro, claro… ¡Ja! dac ti la res, no manches… Bueno, pero lo que te digo es que nos va a mandar a chiflar a toda nuestra loma. Más vale que se te baje la calentura, y ya pronto tendremos a alguien más.

– No es calentura, güey.

– Ay, claro que sí. Si yo fui quien la consiguió.

– Ya sé, ya sé… siempre… lo que quiero es que me ayudes a retenerla, no a que me estés diciendo que vas a conseguirme otra vieja.

– ¿En serio la quieres, güey?

– Sí.

– ¿De verdad? ¿Cómo para siempre?

– Sí, ya te dije que sí. Aunque sea por un año más… depende… Necesito tu ayuda.

– ¡Chale! Muy bien… déjame pensar…

– Trata de recordar algo que la haga darse cuenta de que tú la engañaste, pero yo no.

– ¡Vik! A estas alturas sabe perfectamente quienes somos. Y es muy probable que distinga per fec ta men te entre tú y yo.

– Ya sé, yo también siento que sabe quiénes somos y lo que nos hace diferentes, es precisamente por eso que necesitamos encontrar la forma de convencerla de que sí la quiero.

–  Pues es eso exactamente: dile que cuando te pedí que me hicieras el paro no estabas muy de acuerdo, pero que ella siempre te llamó la atención y por eso accediste, para conocerla mejor.

– ¿Y si de verdad nunca se dio cuenta? Siempre me llamaba Corazón, o Amor, y muy pocas veces… bue- al principio nada más, Manuel.

– Mira, es muy lista. Tal vez hasta es ella la que nos engañó, estaba comparándonos para ver quién le gustaba más.

– Si así fuera alguna vez se habría dirigido a mí como Viktor. Nunca lo hizo.

– ¡Por eso! Nos siguió el juego y de seguro sabe que eras tú, quizás esperando que tú dijeras algo primero… ¿alguna vez le insinuaste algo?

– No. Nunca… siempre fingí ser tú.

– Pues no creo que pierdas con el simple hecho de presentarte y abrirte de capa y decirle que a partir de… ¿Cuándo dices? Que eres tú con quien ha estado.

– Es más de un año desde que comencé a salir con ella, tú solo la viste en tres o cuatro ocasiones, el resto de las veces he sido yo.

– No puede ser.

– Sí es. Me preocupa. Quizá creyó que la mitad de las veces eras tú y la otra yo.

– Bueno, creo que estamos desvariando. Es segurísimo que sabe que eres tú.

– ¿Y si únicamente estaba esperando a que se nos cayera el teatro para reclamarme o abofetearme o ponerme en ridículo en público?

– Ya, ya, bájale buey. No te queda hacerte la víctima. Lo peor que puede pasar es que termine la relación.

– ¡Manuel! Entiéndeme…

Y así siguieron por más de una hora, simplemente discutiendo, consolándose, criticándose, tramando planes, apoyándose, cuasi ofendiéndose, y principalmente, queriéndose. Reconciliándose.

El desenlace con Mónica realmente no importaba. Ni el de las demás. Ambos sabían que era mucho más fácil para cualquiera de los dos hacerse de relaciones que para la gran mayoría de los muchachos. La discusión tenía otro objetivo.

Ambos sentían que tenían que rehacer los lazos que tanto habían desgastado con su hermano gemelo. El platicarlo, argumentarlo, discutirlo, pensarlo juntos era la forma en que ambos se daban cuenta de que se apoyaban en alguien con quien podrían seguir contando toda la vida.

Ellos no lo notaban, pero los demás nos dábamos cuenta de que siempre sonreían al platicar el uno con el otro, como dándose cuenta de que se complementaban perfectamente, como si dichas conversaciones fueran la cura para tantos años de contiendas sin razón.

A excepción de temas muy profundos, de filosofía o política, por ejemplo, en donde las discusiones tomaban horas, y a veces tenían que ser retomadas después, ya nunca hubo más peleas.

Mucho menos de índole física.

Ni por juguetes, ni por ropa, ni por comida.

Y tampoco por mujeres.

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