Deseo para ti.

Deseo muchas cosas, pero por el momento te digo lo siguiente. Deseo:

 

La taza en donde tomas tu bebida caliente no tenga rajaduras ni desportilladuras, y si es así, que sea la que te regaló un ser querido, y que no encaja en el estilo de todos tus demás trastes, pero, a pesar de eso y, por consiguiente, es tu favorita.

 

El plato en el que ofreces comida a tus visitas esté presentable, y tenga aún vivos los colores, los cuales solo el mucho uso desgasta y desvanece, y que tu frutero, desgastado o no, rajado o no, desvanecido o no, esté siempre lleno de frutas jugosas y deliciosas.

 

Tus amistades ni siquiera noten la edad de esos mismos platos, pues son tan buenas que lo que les importa es el estar contigo, independientemente de las condiciones de tu vajilla o la calidad de las sales, las grasas, y las especias que has mezclado para ellos.

 

Nadie te juzgue por las proporciones de tu vivienda, sino por la calidad de vida que dentro de la misma se logra, y la armonía que ha contenido durante tu habitar ahí.

 

Los vecinos te hablen como si a un amigo, por como mantienes tu banqueta, tu fachada, y los alrededores comunes, y sobre todo por el trato que les das a todos ellos.

 

La comunidad donde te desenvuelves aprecie tu integridad, tu entereza, tu honestidad, y tu valor como ser humano, y que reconozca todo esto mucho antes de que la dejes.

 

Las personas en el trabajo te reciban cuando llegas, con esas sonrisas que casi son aplausos, que te evalúen por lo que aportas, y te respeten por tu constancia, dedicación, y esfuerzo diario.

 

En tu vida inmediata la violencia y el odio existan solo como palabras en el diccionario, como temas de lugares muy apartados e históricos, o únicamente de referencia.

 

Puedas platicar abiertamente de todo lo que se te ocurra y lo que sientas: ideas locas, chistes tontos, fantasías, temores, planes, errores, recuerdos, vergüenzas, logros, y todo lo que es necesario conversar con esa persona especial que te escucha, te apoya, te consuela, te respeta, te admira, te perdona, te hace reír, te complace, y te ama.

 

Tu cama esté siempre llena de calor humano.

 

Tu cuerpo y mente te permitan disfrutar de partidas de ajedrez, paseos por el parque, juegos de volibol, de los aromas del mercado, de las conversaciones interesantes, de recordar los muy buenos tiempos, de disfrutar los sabores del queso fuerte, el café amargo, la miel de la caña, de las risas de los niños, de las lecturas nocturnas, y por sobre todo esto, que te permitan seguir identificando y abrazando a los seres amados, y seas también capaz de manifestarles tu amor y apreciar su reciprocidad, por muchos años.

 

En fin, que, en breve, deseo tengas a la mano tu taza favorita.

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Me negaste ayuda.

Me negaste ayuda, y me sentí muy molesto.
No podía entender cómo era que una simple solicitud de información u orientación para un cambio grande en mi vida, esto es, un pequeño empujón que me indicara el camino a seguir, me fuera negado.
Te critiqué abiertamente diciendo que esa era el tipo de actitudes que nos impiden avanzar como sociedad, que tu pensamiento era retrógrada y tu actitud de muy mala educación. El plasmar ante el público mi sarta de adjetivos calificativos nocivos y mi disgusto sedicentemente justificado hizo que otras personas intercedieran, algunas se ponían de mi lado mientras que otras estaban apoyándote.
Al final, después de tanto desperdiciar palabras y tiempo, y dado que no respondías a mis ataques, opté por buscar la forma de hacer las cosas a mi manera. Mi orgullo estaba picado y me sentía capaz de demostrarte, a los demás, y por supuesto a mí, que enfocándome a mi objetivo lo lograría.
Así que empecé el trámite. Largos, tediosos y a veces muy pesados fueron los días que batallé para conseguir algo de información, o algún documento, o permisos para poder continuar…. Se me fueron las semanas y después los meses. Estuve tan enfrascado en el asunto que cuando por fin tenía todo lo necesario había pasado prácticamente un año; ya hasta me había olvidado de ti.
Luego, una vez que logré el cambio tan anhelado sucedió todo un remolino de actividades, una tras otra y a veces sobreimpuestas, tan incontrolables que pasaron tres años para por fin darme cuenta que me había establecido en un nuevo ambiente. Ha pasado algo de tiempo desde entonces.
Hoy me han solicitado el mismo tipo de ayuda que yo te hice, y, por ende, he pensado mucho en ti.
Día con día tengo que trabajar duro para lograr sobrevivir en éste entorno. La competencia es fuerte, y desacelerar las más de las veces significa retroceder, aunque vislumbro que cada vez es más fácil lograr estar bien en todos aspectos. A hoy, mi familia absorbe el poco tiempo libre que me queda y que debo dedicarle, y hay días en los que siento que no puedo tomar más responsabilidades o simples actividades, tanto por el cansancio como por la falta de tiempo. Sin embargo, sé que esto es pasajero y que en cuestión de un poco más de tiempo todo estará mejor: esto es a cambio de un buen futuro para todos en general, y de una mejor calidad de vida para mis hijos.
Caigo en cuenta que compito contra todos los demás y que ellos individualmente también compiten conmigo. Ahora que me encuentro abstraído en esta lucha diaria, después de esos duros años iniciales en los que tuve que abrirme camino por mí mismo y con mis propios recursos, entiendo que tuvo que ser así, o nunca lo hubiese logrado.
Si en aquél entonces me hubieras proporcionado ayuda, es muy probable que solo te hubiese hecho descuidar a tu familia y gastar tu valioso tiempo, y yo nunca me hubiera puesto a hacer las cosas que necesitaba lograr. Ahora lo entiendo.
Me negaste ayuda, y te lo agradezco infinitamente.
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Elegiste a otro

Elegiste a otro, y ahora estás aquí, indagando.

Parecieras no darte cuenta que ha pasado mucho tiempo desde que, primero, te besé a fuerzas. Desde las veces, muchas, que te rogué me dieras una oportunidad, de aquellas entretenidas charlas después de clases, y de esas noches de serenata que apreciabas, pero no comulgabas.

Te recité, te dibujé, te canté, te escribí, y hasta te esperé, te recogí, llevé y traje, a pie, en motocicleta y en carro.

Pero escogiste a otro, y me ves con ojos de contrición, como si fuéramos aun mozos.

Te planteé mis planes, te conté mis sueños, me viste esforzarme y trabajar duro, escuchaste mi llanto y mi risa incluso a carcajadas. Sabes de mi pasado, conoces mis cicatrices, mis maltratadas manos y hasta mi más suave piel. Disfrutaste de mis ocurrencias y también de mis largos silencios cuando frente a frente me veías y yo te admiraba.

Pero fue él el elegido, y lo has perdido.

Te plantas frente a mí proponiendo, como si la familia pudiera negociarse.

Tus hijos, mis hijos, mi relación con alguien más, sea buena o mala, han transformado nuestro entorno. Yo no soy aquél ni tú eres aquella. Estamos cambiados: fue otro tiempo y otro lugar, pero me dices que no has podido olvidarme, como si yo hubiera podido borrarte de mi mente. Me juras que casi a diario había algo, un lugar, un aroma, una frase, que te hacía tenerme presente, y que incluso comenzaste a llamarle a él por el cariñoso sobrenombre que a mí me habías puesto, porque le llamabas pensando en mí y no te quedó otro remedio que mentirle y decirle que se te ocurrió ponerle así. Me platicas que las únicas y pocas ocasiones en que disfrutaste su intimidad era cuando pensabas en mí, mordiéndote los labios para no pronunciar mi nombre. Un halago tan profundo y sincero que me provoca tantas cosas distintas y me convierte en mudo por un buen espacio de tiempo.

Optaste por alguien más, a pesar del desamor. Creíste que él encajaba mejor en tu vida social, o económica, o sexual, o qué sé yo. Han pasado no solo años, sino décadas, y te has armado de valor, de recursos, y de muchos meses de pensar e investigar, y has venido hasta acá a pedirme que te escuche. A recordarme que somos adultos y que podemos hablar abiertamente. Como si no supiera mi avanzada edad, como si nunca te hubiese planteado las cosas francamente, como si alguna vez te ocultase algo. Sabes más cosas de mí que la gran mayoría de las personas, incluyendo mi familia.

Me culpas de tu elección. Me dices que no insistí, me dices que no esperé, con la mirada me gritas que ahora sí, que por eso estás aquí. No creerías mi largo, silencioso, profundo, y amargo llanto la noche que me dijiste que sería él. No imaginas aquel dolor de años de verte pasar colgada de su brazo, ni siquiera recuerdas que me utilizaste para provocarle celos, quizá subconscientemente, pero así fue. Y hoy, así nada más, como descubriendo América, me dices que nunca es tarde, y que tiempo todavía hay para lograr algo.

Te equivocaste, lo reconoces al tiempo que me pides te acompañe a donde estás hospedada. Que quieres entregarme algo. Se te olvida que recuerdo perfectamente tu cuerpo, que noto has estado cuidándolo muy bien, y hasta mejorándolo a base de ejercicio, muy probablemente desde hace mucho, al planear esta visita. Como si fuera necesario, como si mi deseo carnal hacia ti se hubiese degradado. Como si esos labios que se mueven tanto con las rápidas explicaciones no provocaran antojo ya. Como si mis instintos naturales de macho tuvieran que ser despertados.

Y preguntas si todavía te quiero. Y a pesar de todo contesto que sí. Que nunca he dejado de quererte. Me urges a ir contigo, como si algo te quemara las entrañas a punto de explotar y la única solución fuera estar juntos, pero olvidas que yo sigo en una relación que ha durado, y que por muy imperfecta que sea, existe. Pareces no entender mis razones, pareces suponer que mi vida ha estado tan mal como la tuya, cual si mi esfuerzo por lograr algo con alguien distinto a ti no hubiese fructificado.

Lo siento, te digo, no puedo. Y se me parte el corazón por segunda vez, coincidentemente por ti y para ti. Y me arrojo sobre ti para besarte apasionadamente, lo imagino nada más, pues me quedo tieso como estatua al ver tus lágrimas, pero nada hago más que tratar de respirar tranquilo como si el desgarrador grito en mi mente nunca hubiera estallado.

En aquellas largas conversaciones el helado se nos derretía sin darnos cuenta, o no importaba. Ahora se nos enfría el café igual. Tarde o temprano uno de los dos tendrá que iniciar la despedida, y ninguno de los dos se atreve a hacerlo. Es seguro que no dormiremos bien ni hoy ni por muchas noches más. Algo me dice que me arrepentiré de no haber aprovechado el tenerte cerca, pero eso aún no llega y por consiguiente por el momento me siento herido de nuevo, pero moralmente bien.

El suspiro simultáneo nos indica que es tiempo, y nos levantamos lento, como no queriendo. El beso de despedida en tu mejilla roza parte de nuestros labios, pero no muerdo el anzuelo porque sé que no podría resistir tan poderosa trampa.

Suelto tus temblorosas manos para que no notes el sudor de las mías, y estoy contigo por solo unos cuantos segundos más.

Por ese mismo espacio de tiempo y quizá por última vez, me tienes junto a ti. Pues elegiste a otro.

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Miradas que queman

Tendría unos veintitrés años, y me encontraba en el último semestre de la carrera de ingeniería en comunicaciones y electrónica, por lo que mi servicio social era lo primero que atendía todos los días que el trabajo me lo permitía. En una ocasión, los ingenieros que nos supervisaban discutían airadamente algo que a los cuatro estudiantes que nos encontrábamos ahí nos parecía importante, tanto por lo prolongado del asunto, como por el tipo de palabras que utilizaban.

Al cabo de un rato, el ingeniero Garza se aproximó a nosotros y después de lo que pareció un corto cálculo de quién era el más alto, me llamó: “suertudote, deja lo que estés haciendo, lávate muy bien las manos y la cara y ponte ésta bata blanca. Tráete aquél maletín de pruebas.”

Así nada más. El laboratorio se encontraba en el Centro Médico de Occidente, a escasos trescientos metros de la unidad de emergencias y de la torre de especialidades, a la cual tendría que acompañarlo.

Durante el trayecto estuve muy platicador, él solo me escuchaba sin poner mucha atención a mocedades. De repente nos encontramos en el piso donde se estaban las unidades de CI (cuidados intensivos). Me pidió que estuviera muy tranquilo y callado, explicándome que íbamos a entrar a una sala donde se encontraban varios pacientes muy delicados, algunos muy sensibles al ruido y la luz, y que necesitábamos hablarnos muy de cerca y muy bajito. En la antesala o recepción había, aparte de las enfermeras, un par de guardias que me hacían sentir como que ciertos pacientes eran alguien importante, pero no supe en cuál de las salas se encontraban tales personas, si acaso era así. Me indicaron abotonar por completo mi bata, ponerme un cubre bocas, un gorro de tela transparente, y cubiertas también de tela para los zapatos. Antes de entrar era necesario refregarse las manos con un gel esterilizador también.

 

Entramos y la distribución de las camas y los aparatos a sus alrededores me dejaron boquiabierto. Yo ya conocía muchos de los mismos: electrocardiógrafos, monitores de presión y temperatura, bombas mezcladoras de sueros y medicinas, oxigenadores, electroencefalógrafos, y muchos otros aparatos hidráulicos y mecánico controlados por electrónicos. Pero ver tantos en un mismo lugar, y muchos de ellos conectados a los pacientes, me hizo entender de súbito la importancia de nuestro laboratorio. Era un salón enorme y obscuro, hasta se sentía frio a pesar de que las atenuadas luces de los monitores y tanto aparato prendido. En cada pared había dos camas, de modo que, si alguien se paraba justo en medio, veía dos pacientes en cada punto cardinal.

Garza me indicó a señas que dejara el maletín en una mesa o escritorio a la derecha de la entrada, y que la abriera. Casi al oído me dijo que me dirigiera a la cama número cuatro, y que calibrara el electrocardiógrafo en el menor tiempo posible, pero que me asegurara que la calibración fuera exacta: habría que silenciar la alarma, desconectar las terminales del aparato, el cual medía al paciente en dicha cama, conectar mis implementos electrónicos, ajustar varios controles dentro del mismo, dejar ciertos valores a un nivel específico, volver a conectar las terminales que van al paciente, y reactivar la alarma una vez que la lectura se ha estabilizado. Una vez hecho esto, proceder a la cama número cinco y hacer lo mismo. Mientras yo hacía todo eso, él se encargaría de otros tres o cuatro aparatos en otras camas.

En la sala habría ocho camas en total, seis de las mismas estaban ocupadas.

Desde el momento en que entramos, y tras mi rápido voltear a ver todo, caí en cuenta que en la cama que estaba justo a la izquierda, muy cerca de la entrada, se encontraba una señora de no muy avanzada edad, pero que era seguro estaba en muy mal estado: sueros, EKGs, respirador, y otros muchos elementos estaban conectados a su cuerpo. Apenas giró lento la cabeza cuando entramos, y desde ese momento sentí su mirada clavándose en mí y siguiéndome hacia donde fuera, sin perder detalle de lo que hacía.

Yo sabía perfectamente cómo calibrar esos aparatos, lo había estado haciendo por semanas, solo que en el laboratorio, y no en la sala de CI del centro médico. Así que estaba nervioso, pero muy consciente de que debía hacer mi trabajo excelentemente. Un sudor frío en la frente no me dejó desde el momento que cancelé la alarma del primer aparato, pero era más mi nerviosidad por la quemante mirada de la señora que por la delicadeza de mi labor. No me atrevía a voltear a verla, pues era tan intensa su mirada que hacía que los vellos de mi cuello se erizaran con cada respiro.

 

Terminé y lo único que quería era salir de ahí, ambos pacientes a los que desconecté más bien parecían cadáveres, y aunque sus signos vitales estaban ahí, para mi estaban más del otro lado. Me dirigía hacia Garza para decirle que ya había terminado, cuando él con la mirada y un gesto manual indicó que todavía necesitaba más tiempo, y que mientras calibrara yo también el de la número seis.

Ahí sí que se me hicieron las piernas como de atole. Los números de las pantallas en esa cama estaban muy distintos a los que yo estaba acostumbrado a ver, principalmente el electrocardiógrafo, que parecía indicar que el paciente acabara de hacer un gran esfuerzo, de tan rápido que marcaba los pulsos. Yo había visto la cama vacía, pero al acercarme me percaté que el paciente era una niña, tan pequeña y frágil que me sentí el ser humano más fuerte, sano, y afortunado que existe en el planeta. Si los dos aparatos previos habían sido calibrados a la perfección, éste quedaría al nivel de un Dios electrónico. Con más sudor, lágrimas en los ojos, y un indescriptible temblor por sentir tanta responsabilidad, y por comprender de repente muchas cosas en las que antes no había reparado, hice todo casi en automático. Mi mente me hacía sentir tranquilo, a pesar de mi leve e incontrolable tiritar, pero me sentía aún más incómodo por los ojos todavía clavados sobre mí.

Terminé y en voz muy baja balbuceé algo simple hacia la inconsciente niña: “que te alivies pronto.” Al levantar la vista hacia Garza noté que ya él había terminado y me esperaba junto a la mesa de la entrada. Aun así, no volteé a ver a la señora, en parte por respeto y en parte porque sentía tan fuerte su mirada que no quería que penetrara mis ojos, no sé por qué.

Garza me pidió que guardara todo en su lugar correspondiente en el maletín mientras él salía primero a llenar formatos y reportes. Y salió. El sellar de la cerradura me hizo sentir un escalofrío general brusco y veloz.

Acomodé todo lo mejor que pude, y al cerrar el maletín y colgármelo al hombro, giré hacia las camas de una en una y en orden, asegurándome que todos los aparatos presentaran lectura. Al llegar mi vista a la última, bajé la mirada para enfrentar a la señora. Corrían las lágrimas por sus mejillas, pero no era dolor lo que sentía: sino un agradecimiento hacia mí por contribuir, con mi tan breve tiempo ahí, a ayudar con la vida de todos ellos. No hubo necesidad de palabras, su mirada me decía todo. Mi asentir antes de tomar la puerta le indicó un “por nada” que estoy seguro no hizo caso del mismo, pues insistió con un par de rápidos parpadeos.

 

Hace ya décadas de eso. Ya olvidé el número del piso donde se encontraba la unidad de CI, la cara de Garza e incluso su apellido real, la distribución de las camas, las marcas de los aparatos, e incluso el tamaño o color del cabello de la niña.

Pero cada vez que me vienen a la mente esos ojos llenos de gratitud, mi cuello reacciona: la mirada de esa señora sigue quemándome, aunque de buena forma, pues me hace darme cuenta que estoy bien, independientemente del desierto que atravieso hoy, estoy excelentemente bien.

 

Señora, dondequiera que esté, gracias a usted.

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Hoy le vi

Le vi de nuevo, tal como brevemente le vi hace unas cuatro semanas. En aquel entonces no di importancia al asunto, convenciéndome de que era una sola ocasión, y muy especial, además.

Era usual que, siendo día de quincena o cierre del mes, se quedara a trabajar más horas de las normales. Ya ella me había explicado que esos días siempre había más trabajo, que a veces era necesario terminar todo antes del fin de semana o de que empezara el siguiente mes.

Atribuía yo su falta de apetito en esos viernes por las tardes, al estrés de tanta labor, tanta responsabilidad compresa en tan poco tiempo. De seguro por ello también llegaba batida y de mal humor, y lo único que quería era ir a dormirse temprano.

Hoy le vi.

Llegó con un caminar como si bailara, sonreía y platicaba como si fuera alguien distinta, su cabello más suelto, sus manos y gestos en sincronía con las palabras, su boca más roja, y su tez con más maquillaje del que yo recordara se ponía en las mañanas.

Me sentí raro, con una incomodidad de estar ahí, viéndole platicar con tanta emoción, y con una mirada hacia la otra persona que a mí no me ha brindado en años. Por minutos estuve como petrificado. Quise interrumpir a mi cliente y pedirle un momento, para ir a saludarla y de paso conocer el nombre de su acompañante, quien por sus ropas parecía tener éxito en su trabajo. Pero al momento me sentí débil y pesado, como si un gran bulto súbitamente hubiese caído sobre mí. Aparte, mi vaso de agua no competía con sus estilizadas copas de champaña. También, era obvio que al verme su reacción sería de asombro, y le arruinaría la tarde y muy probablemente todo el fin de semana. Lo primordial era que se veía feliz, y no estaba dispuesto a destruir su dicha, por muy pocas horas que ésta durara. Opté mejor por agacharme y esconderme mediante mi cliente, quien de seguro me notaba extraño, pero no caía en cuenta de lo que me sucedía.

Por un momento asumí que no era ella, sino alguien muy parecida, pero su vestido era definitivamente el que había adquirido hace apenas navidad. Al reírse ya no dejó duda: era esa risa casi infantil que yo disfruté durante los primeros años de nuestra relación, y que desapareció de mi entorno por completo. Recordé entonces que así había sido en aquel entonces, con ese caminar, con esos aspavientos al charlar, con esa risa de cascabeles, y con la expresión facial de grandes ojos y sonriente boca que fue lo que me hizo buscarla desde la primera vez que la conocí.

Me sentí como si estuviera en una plática telefónica de años, en donde el inicio fue placentero, pero que a medida que avanzaba la charla, ésta se tornaba incómoda, y que llegó el momento en que ella mejor me puso en espera, con una música de fondo decente pero no del todo grata, llamada en la que yo estaba a punto de desconectar por dejarme tanto tiempo en plantón, pero que algo me hacía sentir que pronto se reanudaría la conversación. Con ésta su sorpresiva presencia, caí en cuenta que mi interlocutora simplemente se olvidó de que yo estaba al otro lado de la línea.

Mi cliente continuaba diciendo cosas a las que yo contestaba un débil ajá, o asentía con la cabeza, pero a las cuales no estaba ya poniendo ni siquiera la mínima atención de cortesía que él merece.

Reaccioné entonces de la forma más cobarde que he hecho en mi vida. Sin dejarlo siquiera despedirse como es debido, ofrecí disculpas a mi cliente diciendo que algo me había caído mal, y que necesitaba alejarme, que le buscaría después. Aproveché el momento en que ellos hablaban con la mesera, quien afortunadamente estaba de frente a mí, y por consiguiente sus miradas iban al otro lado del lugar. Salí aprisa y como de lado. Una vez afuera rodeé por la parte trasera de modo que mi figura fuera lo menos notoria para aquellos que tuvieran vista hacia la calle. Por un momento pensé en quedarme merodeando para verlos despedirse, en parte para recordar ciertos detalles, y en parte para satisfacer mi curiosidad, pero opté mejor por no hacerlo.

Una vez camino a casa reaccioné en que sería solo cuestión de horas en las que ella llegaría poco después, con esa misma actitud de inapetencia y extenuación de cada viernes. Nuestro saludo sería exactamente igual: ella dos palabras, yo dos palabras, ella un simple beso forzado, yo uno que quisiera se extendiera en tiempo y transformara en algo más, ella directo a la cama a ver una película o leer algún libro, yo a refugiarme en mis reportes laborales.

Mi torbellino mental comenzó a perder fuerza mientras cocinaba para nadie. Ella ni siquiera probaría algo, y a mí ya se me había quitado el apetito desde hacía tiempo.

Me quedaría callado al respecto, solo para conservar la acostumbrada calma de los fines de semana, fingiría que mi día estuvo ajetreado y que aseguré estar en la recta final para ganar algún contrato pronto, o para hacer una muy buena venta. Pero en realidad no sabía qué hacer, no atinaba si sugerir el hecho, o seguir con la rutina a fin de evitar una discusión más, o preguntar que hizo ese día, o tratar por enésima vez de entablar una conversación de adultos.

Daban vuelta en mi mente todo tipo de ideas y planes, pero al escuchar la cerradura todo se desvaneció. Escuché sus dos palabras, contesté las mías, recibí un beso ensayado, di uno contenido, le vi irse aprisa y directo a la recámara, di la espalda cerrando los ojos y apretando los labios conteniendo el sollozo.

 

Alegre, lúcida y sonriente, como era, como la conocí, como la persona con la que soñé pasar el resto de mi vida, hoy le vi.

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El amigo que nunca volvió.

Era yo un niño pequeño y por lo tanto tengo recuerdos muy vagos de mi amigo de la infancia. Apenas me viene a la mente, por ejemplo, cuando sentados en la banqueta jugábamos a los soldaditos o con carritos. La vida le arrebató súbitamente a su padre, y por consiguiente todo cambió.

Seguimos juntos durante la primaria, en el mismo salón, y además viviendo en la misma cuadra. Sin embargo, él cambió mucho, y comenzó a hacerme sentir mal muy continuamente. Alguno de mis padres trató de explicarme que un niño sin la guía de su padre crece con varias inquietudes y traumas, y a veces está resentido con la vida o con la sociedad. Sin embargo, aunque yo entendía eso, esperaba que Miguel volviera a ser como antes, o que de alguna forma pronto apreciara mi amistad de nuevo.

 

Yo admiraba a Miguel, él era muy inteligente, extrovertido, activo, y por sobre todas las cosas, un líder natural. Me soñaba a su lado emprendiendo algo juntos: un safari, una expedición al Everest, crear una empresa, hacer una película… en fin. Yo no era tan inteligente como él, más bien me reservaba mucho y trataba de estar siempre callado y no muy participativo. Desde chico me daba por leer mucho y aprender aquellas cosas que no enseñaban en las escuelas: tecnología, idiomas, historia, etcétera. Así que, en mis quimeras, me veía a futuro siempre al lado de Miguel: yo aportando conocimientos y él al frente de la empresa, resolviendo problemas juntos, llegando a ser los mejores científicos, por ejemplo, o el dúo de acción más famoso del país, o los primeros en llegar a la cima del mundo sin necesidad de guías u oxígeno, o algo que realmente destacara por encima de todos los demás.

 

La vida se tornó súbitamente en una dura lección: yo tuve varios problemas en casa, y él se rodeó de amistades que no me agradaban mucho. Además, Miguel se empeñaba en lastimarme muy constantemente, a pesar de que traté de alejarme de él. Según yo, temporalmente.

Nunca me golpeó o hizo algo que físicamente me dañara, pero influía en los demás y ellos sí me golpeaban, o destruían algo que me pertenecía, así simplemente porque era yo, o mío. Mi situación empeoró y en poco tiempo me vi en otro lugar, alejado de mi familia y del lugar donde pasé mi infancia. Por un par de duros años no tuve contacto con ese entorno, y cuando volví a él, yo era una persona que ya no pertenecía ahí, por muchas razones.

Miguel era ya un extraño, o, mejor dicho, yo era el extraño para él y para todos los demás. Afortunadamente, la universidad y el trabajo me ocupó tanto, que en cinco años no hubo tiempo ya en tratar de obtener una respuesta a la relación entre ambos.

Una vez, durante ese periodo universitario, lo vi en un taller en donde los que ahí trabajaban eran amigos de ambos. Miguel estaba todo cambiado, a pesar de que entrábamos apenas en nuestros veintes, él se veía como todo un adulto. Era obvio que trabajaba ya, y su modo de expresarse me hacía sentir un orgullo ajeno difícil de explicar. No intercambiamos palabras, pero yo le clamaba con la mirada que me invitara a tomar una cerveza o por lo menos a platicar ahí mismo, un par de minutos nada más, pero que me dijera algo que revalidara mi todavía abierta propuesta de amistad. En un fugaz intercambio de miradas me dio la impresión que él me decía a “te vez muy bien a pesar de lo que has pasado,” pero nada más.

Mi visita al taller y la de él fueron muy cortas, y uno de los dos tuvo que irse de pronto. Ese día en la noche me propuse buscarlo después para invitarlo a platicar. Como suele suceder, mi vida se complicó aún más, y pasaron los años sin que supiera más de Miguel. En mi estupidez de juventud estaba seguro que pronto lo vería, así que no me empeñé mucho en buscarlo más, a pesar de que seguido pensaba en él.

 

El trabajo me alejó de la ciudad, y cada vez que regresaba a ella era con una prisa continua por completar tareas y asuntos personales en fines de semana, solo para volver a alejarme, por muchos meses incluso, cada vez. Así que pasaron años para que pudiera entablar alguna conversación con gente común a ambos: un primo, un vecino, mi misma familia teniendo noticias de la de Miguel. Incompletas narraciones o noticias al respecto, algunas tristes, que me hacían sentir la necesidad de ir a darle un abrazo, donde quiera que estuviese entonces, pero en general nada de lo que yo quisiera enterarme realmente.

 

La vida siguió su curso sin desgracias que no pudieran superarse, y sin fortunas que realmente hicieran una diferencia.

Hasta que hace apenas unos cuantos años la imagen de Miguel me asedió casi a diario. Pareciera que me llamara de forma telepática como queriendo decirme algo, pero yo no captaba el mensaje. Me sentía incómodo muy constantemente y trataba de olvidar el asunto, pero su imagen y su voz aparecían de nuevo y yo no sabía qué hacer. Por fin caí en cuenta que por los medios electrónicos de alguna forma me enteraría de algún modo de contactarle, y me enfrasqué en la tarea de hallarle para platicar con él.

 

Lo encontré, establecí contacto, y tuvimos entonces unas cuantas charlas en texto y conversaciones telefónicas en las que recordamos muchas cosas, nos abrimos en otras, pero ocultamos los puntos débiles y penosos de aquellos días. A la fecha ambos sabemos cómo y dónde encontrarnos, y aunque vivimos en países distintos, no descartamos el volver a vernos algún día.

 

Hasta hoy.

 

Ahí viene la vida de nuevo, a toda velocidad y cargada de emociones y lecciones de las que uno no se escapa. En las presentes circunstancias y a esta edad, me parece cada vez más difícil y veo más lejana la posibilidad de visitarle o la de que él lo haga. Hay muchas condiciones e impedimentos que se presentan, tanto en cuestión de tiempo como en distancia.

Me gustaría mucho poder verle en persona, con tiempo de por medio para una larga y franca charla, de despedirnos como si desde siempre hubiésemos sido buenos amigos, y de verle a los ojos y darle un abrazo que le haga saber que no guardo rencor por lo que ocurrió hace décadas. Un malentendido que la vida nos jugó. No sé si él se sentiría incómodo con mi presencia, no sé si a él en realidad le gustaría encontrarme y platicar, pero de mi parte me gustaría cerrar ese capítulo de mi vida, con un párrafo positivo.

 

De hecho, no entiendo cómo es que a pesar de aquellos tragos amargos, y la impuesta distancia en tiempo y en espacio, siento como si Miguel fuera un buen amigo que nunca volvió. Aunque a veces creo que ése amigo que nunca volvió, soy yo.

 

Te extraño, Miguel.

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¿Eres de los que escriben reina con “y”?

Te platico de mi amigo V.

V es una persona muy agradable: honesto, trabajador, fiestero, y buenísimo para la broma. Sin embargo, V es de los que escriben la palabra reina con Y griega.

Las más de las veces, cuando publica algo en las redes sociales, lo hace todo con mayúsculas, y en las ocasiones en que tiene que presentar un escrito serio o profesional por cuestiones laborales, le pone acento a la O solita entre dos espacios: “…tenemos el producto en rojo ó en azul…” entre otras muchas pifias.

Hace tres años, en una plática que comenzó muy amena, surgió el tema de la escritura en toda índole.

En mi afán de ayudarle, recalqué que cuando se escribe todo en mayúsculas equivale a GRITAR. Le dije que podría mejorar mucho su escritura, por lo menos en lo referente a puntuación y acentuación, si leía aunque fuera un par de páginas de un libro cada noche antes de dormir.

Hace apenas un par de semanas volví a entablar conversación con V.

Medio acongojado, me explicó que cuando platicamos en aquella ocasión, sintió como si lo hubiese regañado, y quiso dejar de buscarme porque mi llamada de atención le cayó mal. Dijo también que después se dio cuenta que había sentido como si alguien le dijera “te huele la boca” y por consiguiente reparó en que mi comentario, aunque fuerte de momento, tenía buenas intenciones. Aclaró que, por ejemplo, ponía todo en mayúsculas para evitar poner acentos, pues sabía perfectamente que le fallaba mucho esa cuestión.

Entonces, comenzó a leer una novela de García Márquez con el afán de poner atención a la correcta escritura. Pero, como suele suceder, abandonó el intento después de unas cuantas semanas, debido a cansancio y otras excusas varias.

Charlamos y tocamos otros asuntos, claro, y también un poco más al respecto. Me dijo que se arrepentía de no haberme hecho caso en aquel entonces, porque debido a no escribir correctamente no había podido cerrar contratos o producir más ventas, pero que no creía que el simple hecho de leer todos los días le haría mejorar más que tomar un curso, por ejemplo.

 

Esto fue lo que le expliqué:

“Amigo, yo no sé qué tanto pueda ayudarte el leer más. Todos aprendemos de distintas formas, a diferente velocidad, y en diversas capacidades. Lo único que sí puedo decirte es que, si hubieras comenzado a leer hace tres años, es seguro que tu nivel literario sería más alto hoy. La cosa es, si justo el día de ahora comienzas a hacerlo, cada día te será más fácil, y, si nos vemos dentro de tres años, es seguro que, en lugar de estar frustrado y cansado de estar en un nivel mediocre, estarás haciendo mejores negocios, tendrás un coeficiente intelectual más alto, una cultura más amplia, y la gente en general tendrá una mejor impresión de ti.”

No fueron éstas mis palabras exactas, pero la idea está ahí.

V reaccionó de forma muy positiva y prometió que no en tres, sino en menos de tres años, yo notaría una gran diferencia.

Me dio mucho gusto verlo sonriente frente a un reto de larga duración. En lugar de darnos la mano sellando la promesa, mejor aún, nos dimos un abrazo muy fraternal.

 

No sé cuándo platicaremos al respecto de nuevo, pero estoy seguro que, a partir de ya, V está escribiendo mejor. No lo dudo.

 

¿Y tú?

¿Sigues escribiendo todo en mayúsculas, lo cual se ve todavía peor que algo decente, aunque con algunos acentos omitidos?

¿Seguirás escribiendo reina con “Y” dentro de tres años?

¿Sabías que a la fecha existen más de 130 millones de libros distintos?

¿Cuántos has leído?

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Renacimiento artístico

Sucede que apenas comienzo a salir de la resaca que deja el asistir por tres largos y consecutivos días a la conferencia de escritores.

Al igual que mis compañeros de sesiones, presentadores, y demás; tengo tantas cosas por hacer que no atino dónde comenzar: descifrar y expandir las notas, checar los sitios de Internet sugeridos, leer los manuales proveídos, adquirir más libros aún para reforzar lo aprendido, establecer contacto con las nuevas amistades y conocidos, retomar los manuscritos a medias, desempolvar y preparar las laptops, etc. etc.

 

En la conferencia, una de las principales anclas es Diana Gabaldón, entre otros escritores de la talla de Robert Dugoni, Jack Whyte, y Jael Richardson, pero también hay autores de todos y diversos géneros, agentes literarios, publicistas, editores, cinematógrafos, y expertos en medios sociales.

 

Como siempre, como ayer, los oradores principales, aquellos que abren y cierran el día, fueron de la más alta calidad, pero lo que me deja pasmado es lo siguiente: no han pasado ni siquiera dos semanas desde que asistí al evento de Canvas of Change, en donde artistas del pincel latinoamericanos hicieron maravillas en un espacio de tiempo ínfimo. Lo cual me hizo darme cuenta, o reaccionar de nuevo, en que lo valioso de la vida dista mucho de estar en lo material.

 

El viernes temprano, a poco tiempo de llegar al evento, de pasada vi a Daniel José Older, a quien saludé en español con un simple “bienvenido”, al cual contestó de la forma más amable posible, pues obviamente él estaba ocupado con cosas más importantes que contestar saludos.

Después al mediodía, por casualidad nos tocó estar juntos por unos pocos minutos, los cuales aproveché para comentarle lo escaso de la inclusión hispanoparlante en eventos de tal talla, del gusto que me daba que lo hubieran invitado a participar, y del gusto que me daba el simplemente tener a alguien de cultura semejante a la mía en un evento en el que han asistido más de 800 personas, por 24 años, y al que nunca antes habían incluido a un escritor latinoamericano como orador. Para mi sorpresa, a pesar de la fama de Daniel José, me encontré con una persona de la más alta calidad humana, de esos con los que te identificas de inmediato, que se muestran tan humildes como si realmente no valieran la pena. Un amigo en el que puedes confiar, un hermano no sanguíneo que se abre por completo y te entrega el corazón mediante unas cuantas palabras, sonrisas, y abrazos fraternales.

 

Por la tarde, ya para cerrar el primer día de actividades, la maestra de ceremonias anunció al orador: Daniel José Older. Ya desde ahí me sentía lleno de un orgullo ajeno que no se puede explicar.

Daniel José no solo presentó un discurso de la más alta calidad, en un inglés perfecto, sin pausas, sin tapujos, y con tal claridad en su mensaje que todos los asistentes caímos en cuenta del genio ante el cual nos encontrábamos. Algunas personas estaban emocionadas hasta las lágrimas.

¿Yo? Estupefacto, emocionado, sacudido, entumido, orgulloso, despertado, mudo, todo al mismo tiempo.

Después de los aplausos todo comenzó a retomar su cauce y velocidad normales, y a excepción de un par de intercambio de palabras rápido en los pasillos durante el sábado, no fue sino hasta el domingo, ya cuando todos nos despedíamos unos de otras, deseándonos buen viaje, y prometiéndonos seguir en contacto, que, por mera casualidad, ya que salía yo por la parte trasera del hotel, que la última persona con la que me encontré y platiqué por un buen rato fue precisamente Daniel José Older.

What a guy! Decimos por acá: todos los asistentes que platicamos al respecto coincidimos en que fue él quien nos dejó la mejor impresión.

No se llevó la tarde, se llevó la conferencia entera.

 

Más sobre Daniel José: http://ghoststar.net/

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Lo fácil y lo difícil

Últimamente he estado viendo publicaciones de todo tipo por supuesto, mas llaman mucho mi atención aquellas en donde miembros de una misma comunidad, grupo, o colectividad, se agreden unos a otros.

Los temas y las razones son varias, pero lo que es común es la pujanza con la que dichos ataques son propinados. En algunas ocasiones, las quejas son el punto común, pero la mayoría son críticas de unos hacia otros, e incluso falsedades, que lo único que persiguen es “ganar” la discusión a toda costa.

Y les pregunto ¿cuál es el premio?

¿Qué es lo que realmente ganamos con criticar, quejarnos, condenar, amenazar, y hasta predecir lo que va a pasar?

 

En unas ocasiones la discusión se centra en -por ejemplo- si la independencia del país realmente debe ser celebrada o no. Aquellos en pro son obviamente felices con el estatus quo de las cosas, y por consiguiente afirman que las costumbres del entorno deben ser seguidas, aparte de la opinión de aquellos clamando faltas de parte de gobiernos, autoridades, líderes, y hasta seguidores y miembros de dichas poblaciones.

 

En otras, salen a flote cuestiones culturales “modernas,” que si los homosexuales de cualquier género tienen derechos maritales o no. Que si los líderes religiosos tienen deber de opinar al respecto o no al no pertenecer al conjunto en cuestión. Que si la familia tradicional debe desaparecer y dar paso a la realidad del mundo. Que si la población en general debe cambiar y aceptar nuevas normas sociales por el simple hecho de que otras más avanzadas ya lo hicieron… en fin.

 

Incluso justo en esas cuestiones religiosas, algunos de los agnósticos y aquellos que no veneran deidades se enfrascan en discusiones con personas que nunca han salido del mismo entorno, impuesto por la sociedad en general y muy probablemente por la familia inmediata. Las palabras y frases utilizadas por ambas facciones son de lo más bajo, decepcionante, y triste; cuando se les ve desde un punto neutral. No es posible que aquellas personas que claman y dicen ser seguidores de X líder religioso estén atacando con tanta fiereza y maldad a aquellos que no profesan sus creencias. Tampoco lo es que aquellos que salieron del socavón para descubrir cosas distintas traten de imponer ideas en gente que no tiene dichas experiencias.

 

¿Acaso no sería mejor participar activamente en los debates y votaciones, por ejemplo?

¿Atacar el origen de raíz y buscar la forma de educar mejor, o por lo menos realmente educar a la gente? O tal vez,

¿Dejar que el tiempo, junto con mejores métodos educativos, y exploraciones más allá de sus ambientes provoque cambios de ideas y convicciones profundamente personales?

 

Lo fácil es, definitivamente, hablar: reprochar, corregir, amenazar, lamentarse, falsificar. Todos estos verbos estando inexcusablemente relacionados con el lenguaje verbal.

Lo difícil es actuar: demostrar, explicar, verificar, enseñar, trabajar. Todos estos requieren un verdadero esfuerzo, tanto físico como mental.

 

Así están las cosas. Esperamos que todo mejore, pero seguimos evitando a toda costa lo difícil, como si alguien más -no nosotros- debe y tiene la obligación de provocar dichos cambios, mientras nosotros seguimos hablando, hablando, y hablando…

 

Heme aquí.

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¿Cómo estarás, mujer?

Te platico que he estado pensando mucho en ti.

He estado soñándote, de diversas formas y en distintas situaciones, con caras que no son las tuyas y que sí. Nada extraordinario sucede en los sueños, nada inusual tampoco viene a mi mente cada vez que te pienso, solo que de alguna forma siento como que quieres decirme algo, o como que también tú estás pensando en mí, o quizá hasta soñándome simultáneamente.

 

No sé si son mis circunstancias, ya que la vida se ha empeñado últimamente en darme lección tras dolorosa y pesada lección. De hecho, el curso no ha terminado. De esos que son agobiantes, como si se tratara de una prueba física y mental al mismo tiempo: imagínate que estás sumergido en un tanque de agua putrefacta pero que contiene un par de seres vivos de los cuales no tienes idea qué son, y estás tan al fondo que salir a tomar aire toma más de cuarenta y cinco segundos. Bueno, es un ejemplo muy fuera de la realidad, pero la cosa es que me encuentro en una situación -lección- muy rara, muy larga, muy abrumadora, desesperante a veces, y desgastante en exceso.

No sé si eso es lo que me haga pensar en ti, que siempre eras como la playa a la que había que llegar, o si por coincidencias del destino te encuentres en una situación igual o peor a la mía. Y por lo tanto lo cuántico me hace tenerte presente.

 

Independientemente de la etapa en la que estoy, me llega tu recuerdo, tu voz, y muy seguido. Cada vez, hago la misma pregunta: ¿cómo estarás, mujer? Deseando que estés muy bien, que tengas mucha salud. Recordando varias cosas que nos tocó vivir juntos, desde las muy negativas hasta las de llorar de alegría. Los aprendizajes mutuos, las coincidencias, las sorpresas, los puntos bajos de uno y otro, las palabras, los reencuentros, las penas, etc.

Forcé la ruptura con engaños, es seguro que ahora sabes que fingí creyendo que sería lo mejor para ambos.

Con la experiencia que solo los muchos años dan, caigo en cuenta de mi error, ya irremediable. Y entonces deseo con todo mi ser, que en efecto haya sido lo mejor para ti, y te pregunto y me pregunto: ¿cómo estarás, mujer?

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