Hoy le vi

Le vi de nuevo, tal como brevemente le vi hace unas cuatro semanas. En aquel entonces no di importancia al asunto, convenciéndome de que era una sola ocasión, y muy especial, además.

Era usual que, siendo día de quincena o cierre del mes, se quedara a trabajar más horas de las normales. Ya ella me había explicado que esos días siempre había más trabajo, que a veces era necesario terminar todo antes del fin de semana o de que empezara el siguiente mes.

Atribuía yo su falta de apetito en esos viernes por las tardes, al estrés de tanta labor, tanta responsabilidad compresa en tan poco tiempo. De seguro por ello también llegaba batida y de mal humor, y lo único que quería era ir a dormirse temprano.

Hoy le vi.

Llegó con un caminar como si bailara, sonreía y platicaba como si fuera alguien distinta, su cabello más suelto, sus manos y gestos en sincronía con las palabras, su boca más roja, y su tez con más maquillaje del que yo recordara se ponía en las mañanas.

Me sentí raro, con una incomodidad de estar ahí, viéndole platicar con tanta emoción, y con una mirada hacia la otra persona que a mí no me ha brindado en años. Por minutos estuve como petrificado. Quise interrumpir a mi cliente y pedirle un momento, para ir a saludarla y de paso conocer el nombre de su acompañante, quien por sus ropas parecía tener éxito en su trabajo. Pero al momento me sentí débil y pesado, como si un gran bulto súbitamente hubiese caído sobre mí. Aparte, mi vaso de agua no competía con sus estilizadas copas de champaña. También, era obvio que al verme su reacción sería de asombro, y le arruinaría la tarde y muy probablemente todo el fin de semana. Lo primordial era que se veía feliz, y no estaba dispuesto a destruir su dicha, por muy pocas horas que ésta durara. Opté mejor por agacharme y esconderme mediante mi cliente, quien de seguro me notaba extraño, pero no caía en cuenta de lo que me sucedía.

Por un momento asumí que no era ella, sino alguien muy parecida, pero su vestido era definitivamente el que había adquirido hace apenas navidad. Al reírse ya no dejó duda: era esa risa casi infantil que yo disfruté durante los primeros años de nuestra relación, y que desapareció de mi entorno por completo. Recordé entonces que así había sido en aquel entonces, con ese caminar, con esos aspavientos al charlar, con esa risa de cascabeles, y con la expresión facial de grandes ojos y sonriente boca que fue lo que me hizo buscarla desde la primera vez que la conocí.

Me sentí como si estuviera en una plática telefónica de años, en donde el inicio fue placentero, pero que a medida que avanzaba la charla, ésta se tornaba incómoda, y que llegó el momento en que ella mejor me puso en espera, con una música de fondo decente pero no del todo grata, llamada en la que yo estaba a punto de desconectar por dejarme tanto tiempo en plantón, pero que algo me hacía sentir que pronto se reanudaría la conversación. Con ésta su sorpresiva presencia, caí en cuenta que mi interlocutora simplemente se olvidó de que yo estaba al otro lado de la línea.

Mi cliente continuaba diciendo cosas a las que yo contestaba un débil ajá, o asentía con la cabeza, pero a las cuales no estaba ya poniendo ni siquiera la mínima atención de cortesía que él merece.

Reaccioné entonces de la forma más cobarde que he hecho en mi vida. Sin dejarlo siquiera despedirse como es debido, ofrecí disculpas a mi cliente diciendo que algo me había caído mal, y que necesitaba alejarme, que le buscaría después. Aproveché el momento en que ellos hablaban con la mesera, quien afortunadamente estaba de frente a mí, y por consiguiente sus miradas iban al otro lado del lugar. Salí aprisa y como de lado. Una vez afuera rodeé por la parte trasera de modo que mi figura fuera lo menos notoria para aquellos que tuvieran vista hacia la calle. Por un momento pensé en quedarme merodeando para verlos despedirse, en parte para recordar ciertos detalles, y en parte para satisfacer mi curiosidad, pero opté mejor por no hacerlo.

Una vez camino a casa reaccioné en que sería solo cuestión de horas en las que ella llegaría poco después, con esa misma actitud de inapetencia y extenuación de cada viernes. Nuestro saludo sería exactamente igual: ella dos palabras, yo dos palabras, ella un simple beso forzado, yo uno que quisiera se extendiera en tiempo y transformara en algo más, ella directo a la cama a ver una película o leer algún libro, yo a refugiarme en mis reportes laborales.

Mi torbellino mental comenzó a perder fuerza mientras cocinaba para nadie. Ella ni siquiera probaría algo, y a mí ya se me había quitado el apetito desde hacía tiempo.

Me quedaría callado al respecto, solo para conservar la acostumbrada calma de los fines de semana, fingiría que mi día estuvo ajetreado y que aseguré estar en la recta final para ganar algún contrato pronto, o para hacer una muy buena venta. Pero en realidad no sabía qué hacer, no atinaba si sugerir el hecho, o seguir con la rutina a fin de evitar una discusión más, o preguntar que hizo ese día, o tratar por enésima vez de entablar una conversación de adultos.

Daban vuelta en mi mente todo tipo de ideas y planes, pero al escuchar la cerradura todo se desvaneció. Escuché sus dos palabras, contesté las mías, recibí un beso ensayado, di uno contenido, le vi irse aprisa y directo a la recámara, di la espalda cerrando los ojos y apretando los labios conteniendo el sollozo.

 

Alegre, lúcida y sonriente, como era, como la conocí, como la persona con la que soñé pasar el resto de mi vida, hoy le vi.

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El amigo que nunca volvió.

Era yo un niño pequeño y por lo tanto tengo recuerdos muy vagos de mi amigo de la infancia. Apenas me viene a la mente, por ejemplo, cuando sentados en la banqueta jugábamos a los soldaditos o con carritos. La vida le arrebató súbitamente a su padre, y por consiguiente todo cambió.

Seguimos juntos durante la primaria, en el mismo salón, y además viviendo en la misma cuadra. Sin embargo, él cambió mucho, y comenzó a hacerme sentir mal muy continuamente. Alguno de mis padres trató de explicarme que un niño sin la guía de su padre crece con varias inquietudes y traumas, y a veces está resentido con la vida o con la sociedad. Sin embargo, aunque yo entendía eso, esperaba que Miguel volviera a ser como antes, o que de alguna forma pronto apreciara mi amistad de nuevo.

 

Yo admiraba a Miguel, él era muy inteligente, extrovertido, activo, y por sobre todas las cosas, un líder natural. Me soñaba a su lado emprendiendo algo juntos: un safari, una expedición al Everest, crear una empresa, hacer una película… en fin. Yo no era tan inteligente como él, más bien me reservaba mucho y trataba de estar siempre callado y no muy participativo. Desde chico me daba por leer mucho y aprender aquellas cosas que no enseñaban en las escuelas: tecnología, idiomas, historia, etcétera. Así que, en mis quimeras, me veía a futuro siempre al lado de Miguel: yo aportando conocimientos y él al frente de la empresa, resolviendo problemas juntos, llegando a ser los mejores científicos, por ejemplo, o el dúo de acción más famoso del país, o los primeros en llegar a la cima del mundo sin necesidad de guías u oxígeno, o algo que realmente destacara por encima de todos los demás.

 

La vida se tornó súbitamente en una dura lección: yo tuve varios problemas en casa, y él se rodeó de amistades que no me agradaban mucho. Además, Miguel se empeñaba en lastimarme muy constantemente, a pesar de que traté de alejarme de él. Según yo, temporalmente.

Nunca me golpeó o hizo algo que físicamente me dañara, pero influía en los demás y ellos sí me golpeaban, o destruían algo que me pertenecía, así simplemente porque era yo, o mío. Mi situación empeoró y en poco tiempo me vi en otro lugar, alejado de mi familia y del lugar donde pasé mi infancia. Por un par de duros años no tuve contacto con ese entorno, y cuando volví a él, yo era una persona que ya no pertenecía ahí, por muchas razones.

Miguel era ya un extraño, o, mejor dicho, yo era el extraño para él y para todos los demás. Afortunadamente, la universidad y el trabajo me ocupó tanto, que en cinco años no hubo tiempo ya en tratar de obtener una respuesta a la relación entre ambos.

Una vez, durante ese periodo universitario, lo vi en un taller en donde los que ahí trabajaban eran amigos de ambos. Miguel estaba todo cambiado, a pesar de que entrábamos apenas en nuestros veintes, él se veía como todo un adulto. Era obvio que trabajaba ya, y su modo de expresarse me hacía sentir un orgullo ajeno difícil de explicar. No intercambiamos palabras, pero yo le clamaba con la mirada que me invitara a tomar una cerveza o por lo menos a platicar ahí mismo, un par de minutos nada más, pero que me dijera algo que revalidara mi todavía abierta propuesta de amistad. En un fugaz intercambio de miradas me dio la impresión que él me decía a “te vez muy bien a pesar de lo que has pasado,” pero nada más.

Mi visita al taller y la de él fueron muy cortas, y uno de los dos tuvo que irse de pronto. Ese día en la noche me propuse buscarlo después para invitarlo a platicar. Como suele suceder, mi vida se complicó aún más, y pasaron los años sin que supiera más de Miguel. En mi estupidez de juventud estaba seguro que pronto lo vería, así que no me empeñé mucho en buscarlo más, a pesar de que seguido pensaba en él.

 

El trabajo me alejó de la ciudad, y cada vez que regresaba a ella era con una prisa continua por completar tareas y asuntos personales en fines de semana, solo para volver a alejarme, por muchos meses incluso, cada vez. Así que pasaron años para que pudiera entablar alguna conversación con gente común a ambos: un primo, un vecino, mi misma familia teniendo noticias de la de Miguel. Incompletas narraciones o noticias al respecto, algunas tristes, que me hacían sentir la necesidad de ir a darle un abrazo, donde quiera que estuviese entonces, pero en general nada de lo que yo quisiera enterarme realmente.

 

La vida siguió su curso sin desgracias que no pudieran superarse, y sin fortunas que realmente hicieran una diferencia.

Hasta que hace apenas unos cuantos años la imagen de Miguel me asedió casi a diario. Pareciera que me llamara de forma telepática como queriendo decirme algo, pero yo no captaba el mensaje. Me sentía incómodo muy constantemente y trataba de olvidar el asunto, pero su imagen y su voz aparecían de nuevo y yo no sabía qué hacer. Por fin caí en cuenta que por los medios electrónicos de alguna forma me enteraría de algún modo de contactarle, y me enfrasqué en la tarea de hallarle para platicar con él.

 

Lo encontré, establecí contacto, y tuvimos entonces unas cuantas charlas en texto y conversaciones telefónicas en las que recordamos muchas cosas, nos abrimos en otras, pero ocultamos los puntos débiles y penosos de aquellos días. A la fecha ambos sabemos cómo y dónde encontrarnos, y aunque vivimos en países distintos, no descartamos el volver a vernos algún día.

 

Hasta hoy.

 

Ahí viene la vida de nuevo, a toda velocidad y cargada de emociones y lecciones de las que uno no se escapa. En las presentes circunstancias y a esta edad, me parece cada vez más difícil y veo más lejana la posibilidad de visitarle o la de que él lo haga. Hay muchas condiciones e impedimentos que se presentan, tanto en cuestión de tiempo como en distancia.

Me gustaría mucho poder verle en persona, con tiempo de por medio para una larga y franca charla, de despedirnos como si desde siempre hubiésemos sido buenos amigos, y de verle a los ojos y darle un abrazo que le haga saber que no guardo rencor por lo que ocurrió hace décadas. Un malentendido que la vida nos jugó. No sé si él se sentiría incómodo con mi presencia, no sé si a él en realidad le gustaría encontrarme y platicar, pero de mi parte me gustaría cerrar ese capítulo de mi vida, con un párrafo positivo.

 

De hecho, no entiendo cómo es que a pesar de aquellos tragos amargos, y la impuesta distancia en tiempo y en espacio, siento como si Miguel fuera un buen amigo que nunca volvió. Aunque a veces creo que ése amigo que nunca volvió, soy yo.

 

Te extraño, Miguel.

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¿Eres de los que escriben reina con “y”?

Te platico de mi amigo V.

V es una persona muy agradable: honesto, trabajador, fiestero, y buenísimo para la broma. Sin embargo, V es de los que escriben la palabra reina con Y griega.

Las más de las veces, cuando publica algo en las redes sociales, lo hace todo con mayúsculas, y en las ocasiones en que tiene que presentar un escrito serio o profesional por cuestiones laborales, le pone acento a la O solita entre dos espacios: “…tenemos el producto en rojo ó en azul…” entre otras muchas pifias.

Hace tres años, en una plática que comenzó muy amena, surgió el tema de la escritura en toda índole.

En mi afán de ayudarle, recalqué que cuando se escribe todo en mayúsculas equivale a GRITAR. Le dije que podría mejorar mucho su escritura, por lo menos en lo referente a puntuación y acentuación, si leía aunque fuera un par de páginas de un libro cada noche antes de dormir.

Hace apenas un par de semanas volví a entablar conversación con V.

Medio acongojado, me explicó que cuando platicamos en aquella ocasión, sintió como si lo hubiese regañado, y quiso dejar de buscarme porque mi llamada de atención le cayó mal. Dijo también que después se dio cuenta que había sentido como si alguien le dijera “te huele la boca” y por consiguiente reparó en que mi comentario, aunque fuerte de momento, tenía buenas intenciones. Aclaró que, por ejemplo, ponía todo en mayúsculas para evitar poner acentos, pues sabía perfectamente que le fallaba mucho esa cuestión.

Entonces, comenzó a leer una novela de García Márquez con el afán de poner atención a la correcta escritura. Pero, como suele suceder, abandonó el intento después de unas cuantas semanas, debido a cansancio y otras excusas varias.

Charlamos y tocamos otros asuntos, claro, y también un poco más al respecto. Me dijo que se arrepentía de no haberme hecho caso en aquel entonces, porque debido a no escribir correctamente no había podido cerrar contratos o producir más ventas, pero que no creía que el simple hecho de leer todos los días le haría mejorar más que tomar un curso, por ejemplo.

 

Esto fue lo que le expliqué:

“Amigo, yo no sé qué tanto pueda ayudarte el leer más. Todos aprendemos de distintas formas, a diferente velocidad, y en diversas capacidades. Lo único que sí puedo decirte es que, si hubieras comenzado a leer hace tres años, es seguro que tu nivel literario sería más alto hoy. La cosa es, si justo el día de ahora comienzas a hacerlo, cada día te será más fácil, y, si nos vemos dentro de tres años, es seguro que, en lugar de estar frustrado y cansado de estar en un nivel mediocre, estarás haciendo mejores negocios, tendrás un coeficiente intelectual más alto, una cultura más amplia, y la gente en general tendrá una mejor impresión de ti.”

No fueron éstas mis palabras exactas, pero la idea está ahí.

V reaccionó de forma muy positiva y prometió que no en tres, sino en menos de tres años, yo notaría una gran diferencia.

Me dio mucho gusto verlo sonriente frente a un reto de larga duración. En lugar de darnos la mano sellando la promesa, mejor aún, nos dimos un abrazo muy fraternal.

 

No sé cuándo platicaremos al respecto de nuevo, pero estoy seguro que, a partir de ya, V está escribiendo mejor. No lo dudo.

 

¿Y tú?

¿Sigues escribiendo todo en mayúsculas, lo cual se ve todavía peor que algo decente, aunque con algunos acentos omitidos?

¿Seguirás escribiendo reina con “Y” dentro de tres años?

¿Sabías que a la fecha existen más de 130 millones de libros distintos?

¿Cuántos has leído?

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Renacimiento artístico

Sucede que apenas comienzo a salir de la resaca que deja el asistir por tres largos y consecutivos días a la conferencia de escritores.

Al igual que mis compañeros de sesiones, presentadores, y demás; tengo tantas cosas por hacer que no atino dónde comenzar: descifrar y expandir las notas, checar los sitios de Internet sugeridos, leer los manuales proveídos, adquirir más libros aún para reforzar lo aprendido, establecer contacto con las nuevas amistades y conocidos, retomar los manuscritos a medias, desempolvar y preparar las laptops, etc. etc.

 

En la conferencia, una de las principales anclas es Diana Gabaldón, entre otros escritores de la talla de Robert Dugoni, Jack Whyte, y Jael Richardson, pero también hay autores de todos y diversos géneros, agentes literarios, publicistas, editores, cinematógrafos, y expertos en medios sociales.

 

Como siempre, como ayer, los oradores principales, aquellos que abren y cierran el día, fueron de la más alta calidad, pero lo que me deja pasmado es lo siguiente: no han pasado ni siquiera dos semanas desde que asistí al evento de Canvas of Change, en donde artistas del pincel latinoamericanos hicieron maravillas en un espacio de tiempo ínfimo. Lo cual me hizo darme cuenta, o reaccionar de nuevo, en que lo valioso de la vida dista mucho de estar en lo material.

 

El viernes temprano, a poco tiempo de llegar al evento, de pasada vi a Daniel José Older, a quien saludé en español con un simple “bienvenido”, al cual contestó de la forma más amable posible, pues obviamente él estaba ocupado con cosas más importantes que contestar saludos.

Después al mediodía, por casualidad nos tocó estar juntos por unos pocos minutos, los cuales aproveché para comentarle lo escaso de la inclusión hispanoparlante en eventos de tal talla, del gusto que me daba que lo hubieran invitado a participar, y del gusto que me daba el simplemente tener a alguien de cultura semejante a la mía en un evento en el que han asistido más de 800 personas, por 24 años, y al que nunca antes habían incluido a un escritor latinoamericano como orador. Para mi sorpresa, a pesar de la fama de Daniel José, me encontré con una persona de la más alta calidad humana, de esos con los que te identificas de inmediato, que se muestran tan humildes como si realmente no valieran la pena. Un amigo en el que puedes confiar, un hermano no sanguíneo que se abre por completo y te entrega el corazón mediante unas cuantas palabras, sonrisas, y abrazos fraternales.

 

Por la tarde, ya para cerrar el primer día de actividades, la maestra de ceremonias anunció al orador: Daniel José Older. Ya desde ahí me sentía lleno de un orgullo ajeno que no se puede explicar.

Daniel José no solo presentó un discurso de la más alta calidad, en un inglés perfecto, sin pausas, sin tapujos, y con tal claridad en su mensaje que todos los asistentes caímos en cuenta del genio ante el cual nos encontrábamos. Algunas personas estaban emocionadas hasta las lágrimas.

¿Yo? Estupefacto, emocionado, sacudido, entumido, orgulloso, despertado, mudo, todo al mismo tiempo.

Después de los aplausos todo comenzó a retomar su cauce y velocidad normales, y a excepción de un par de intercambio de palabras rápido en los pasillos durante el sábado, no fue sino hasta el domingo, ya cuando todos nos despedíamos unos de otras, deseándonos buen viaje, y prometiéndonos seguir en contacto, que, por mera casualidad, ya que salía yo por la parte trasera del hotel, que la última persona con la que me encontré y platiqué por un buen rato fue precisamente Daniel José Older.

What a guy! Decimos por acá: todos los asistentes que platicamos al respecto coincidimos en que fue él quien nos dejó la mejor impresión.

No se llevó la tarde, se llevó la conferencia entera.

 

Más sobre Daniel José: http://ghoststar.net/

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Lo fácil y lo difícil

Últimamente he estado viendo publicaciones de todo tipo por supuesto, mas llaman mucho mi atención aquellas en donde miembros de una misma comunidad, grupo, o colectividad, se agreden unos a otros.

Los temas y las razones son varias, pero lo que es común es la pujanza con la que dichos ataques son propinados. En algunas ocasiones, las quejas son el punto común, pero la mayoría son críticas de unos hacia otros, e incluso falsedades, que lo único que persiguen es “ganar” la discusión a toda costa.

Y les pregunto ¿cuál es el premio?

¿Qué es lo que realmente ganamos con criticar, quejarnos, condenar, amenazar, y hasta predecir lo que va a pasar?

 

En unas ocasiones la discusión se centra en -por ejemplo- si la independencia del país realmente debe ser celebrada o no. Aquellos en pro son obviamente felices con el estatus quo de las cosas, y por consiguiente afirman que las costumbres del entorno deben ser seguidas, aparte de la opinión de aquellos clamando faltas de parte de gobiernos, autoridades, líderes, y hasta seguidores y miembros de dichas poblaciones.

 

En otras, salen a flote cuestiones culturales “modernas,” que si los homosexuales de cualquier género tienen derechos maritales o no. Que si los líderes religiosos tienen deber de opinar al respecto o no al no pertenecer al conjunto en cuestión. Que si la familia tradicional debe desaparecer y dar paso a la realidad del mundo. Que si la población en general debe cambiar y aceptar nuevas normas sociales por el simple hecho de que otras más avanzadas ya lo hicieron… en fin.

 

Incluso justo en esas cuestiones religiosas, algunos de los agnósticos y aquellos que no veneran deidades se enfrascan en discusiones con personas que nunca han salido del mismo entorno, impuesto por la sociedad en general y muy probablemente por la familia inmediata. Las palabras y frases utilizadas por ambas facciones son de lo más bajo, decepcionante, y triste; cuando se les ve desde un punto neutral. No es posible que aquellas personas que claman y dicen ser seguidores de X líder religioso estén atacando con tanta fiereza y maldad a aquellos que no profesan sus creencias. Tampoco lo es que aquellos que salieron del socavón para descubrir cosas distintas traten de imponer ideas en gente que no tiene dichas experiencias.

 

¿Acaso no sería mejor participar activamente en los debates y votaciones, por ejemplo?

¿Atacar el origen de raíz y buscar la forma de educar mejor, o por lo menos realmente educar a la gente? O tal vez,

¿Dejar que el tiempo, junto con mejores métodos educativos, y exploraciones más allá de sus ambientes provoque cambios de ideas y convicciones profundamente personales?

 

Lo fácil es, definitivamente, hablar: reprochar, corregir, amenazar, lamentarse, falsificar. Todos estos verbos estando inexcusablemente relacionados con el lenguaje verbal.

Lo difícil es actuar: demostrar, explicar, verificar, enseñar, trabajar. Todos estos requieren un verdadero esfuerzo, tanto físico como mental.

 

Así están las cosas. Esperamos que todo mejore, pero seguimos evitando a toda costa lo difícil, como si alguien más -no nosotros- debe y tiene la obligación de provocar dichos cambios, mientras nosotros seguimos hablando, hablando, y hablando…

 

Heme aquí.

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¿Cómo estarás, mujer?

Te platico que he estado pensando mucho en ti.

He estado soñándote, de diversas formas y en distintas situaciones, con caras que no son las tuyas y que sí. Nada extraordinario sucede en los sueños, nada inusual tampoco viene a mi mente cada vez que te pienso, solo que de alguna forma siento como que quieres decirme algo, o como que también tú estás pensando en mí, o quizá hasta soñándome simultáneamente.

 

No sé si son mis circunstancias, ya que la vida se ha empeñado últimamente en darme lección tras dolorosa y pesada lección. De hecho, el curso no ha terminado. De esos que son agobiantes, como si se tratara de una prueba física y mental al mismo tiempo: imagínate que estás sumergido en un tanque de agua putrefacta pero que contiene un par de seres vivos de los cuales no tienes idea qué son, y estás tan al fondo que salir a tomar aire toma más de cuarenta y cinco segundos. Bueno, es un ejemplo muy fuera de la realidad, pero la cosa es que me encuentro en una situación -lección- muy rara, muy larga, muy abrumadora, desesperante a veces, y desgastante en exceso.

No sé si eso es lo que me haga pensar en ti, que siempre eras como la playa a la que había que llegar, o si por coincidencias del destino te encuentres en una situación igual o peor a la mía. Y por lo tanto lo cuántico me hace tenerte presente.

 

Independientemente de la etapa en la que estoy, me llega tu recuerdo, tu voz, y muy seguido. Cada vez, hago la misma pregunta: ¿cómo estarás, mujer? Deseando que estés muy bien, que tengas mucha salud. Recordando varias cosas que nos tocó vivir juntos, desde las muy negativas hasta las de llorar de alegría. Los aprendizajes mutuos, las coincidencias, las sorpresas, los puntos bajos de uno y otro, las palabras, los reencuentros, las penas, etc.

Forcé la ruptura con engaños, es seguro que ahora sabes que fingí creyendo que sería lo mejor para ambos.

Con la experiencia que solo los muchos años dan, caigo en cuenta de mi error, ya irremediable. Y entonces deseo con todo mi ser, que en efecto haya sido lo mejor para ti, y te pregunto y me pregunto: ¿cómo estarás, mujer?

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Flores

Veo flores.

No es que no las viera ni haya visto antes, sino que de repente son más llamativas.

Sobresalen ahora por encima de todo lo demás: los paisajes son los mismos, los árboles, tierra, pasto, piedras, y arbustos no han cambiado, pero las flores parecen haber tomado aún más color, más energía, más vida.

Las pequeñas, las grandes, las individuales, las de montón. Las cultivadas, las salvajes, las de entre los resquicios, hasta las que ya han sido capturadas. Todas las flores súbitamente claman mi atención.

 

Nunca te di flores.

Ni siquiera te di una carta con flores dibujadas de mi propio lápiz, o tan siquiera una tarjeta comprada y llenada con algún mensaje en el que te manifestara mi sentir por ti.

En aquellos años en que nos veíamos casi a diario nunca te escribí. Lo único que recuerdo haberte dado fue una simple notita con un número de teléfono, y si acaso alguna otra con algo chusco. Pero nada más.

Daba por hecho que te vería ahí, en el mismo lugar, con tu misma sonrisa, con esa mirada que se llenaba de alegría cuando me veía y me hacía sentir que yo valía algo, por lo menos para ti, a pesar de mis tantas pobrezas. Sonrisa y mirada que me impulsaban a no dejar de luchar por salir adelante, a tener motivos para reír, para mostrarme tal cual era, a seguir con ganas de continuar la diaria batalla. Y que me obligaba, no sé cómo, a platicar contigo.

 

Las flores me dicen algo.

Siempre te vi así, sin darme cuenta sino hasta hoy, así tal cual: como una flor entre el verdor y lo gris de todo lo demás. No recuerdo haberte escuchado decir algo negativo de o hacia alguien, o que te hayas burlado de los demás, ni siquiera te enojabas con situaciones que a los demás nos hacían estallar…

Me gustaba platicar contigo, ver el brillo de tus ojos, tus dientes chuecos, tus blusas decentes, pero al mismo tiempo misteriosas, tu cabello ondulado y obscuro, y como enredado a veces a propósito. Me gustaba, más que todo lo anterior, tu voz. Tanto el timbre como la forma en que hablabas, la forma en que me hablabas. Así tan pura, tan humana, tan sencilla, tan cariñosa, tan clara.

Pero por sobre todas las cosas, me gustaba estar cerca de ti, aun sin intercambiar palabras, estar así nada más: cerca de ti.

Y nunca te lo dije.

 

Mis errores y estupidez de juventud, aunados a las circunstancias, nos alejaron tanto en tiempo como en distancia. Cuando hubo oportunidad de no dejarte ir, no actué, creyendo que sería cuestión temporal y que pronto te vería de nuevo. Luego, la vida embistió nuestros planes y me perdí, o, mejor dicho, te perdí, por mucho tiempo.

Cuando por fin supe de ti de nuevo me dio mucho gusto, esa feliz, larga, y última conversación telefónica quedo inconclusa adrede: ahora sabía dónde estabas y ansiaba ir pronto para decirte en persona tantas cosas, para ver de nuevo tu mirada, tu pelo enredado, y tus chuecos dientes. Para escuchar tu voz, para abrazarte, besarte…

Y ahora ¿qué hago con todos estos sentimientos y emociones?

 

Ta has ido y no he dejado de llorar.

Me duele tanto.

Hasta hoy, nunca me di cuenta que te amaba, que has sido la mejor amiga que he tenido en mis más de cincuenta años, que me pesa sobremanera nunca habértelo dicho tal cual.

Que me duele que nos dejes, porque estoy seguro el sufrimiento es aún más fuerte para otros…

 

No sé si manifestándome así, por escrito y en público, sirva de algo en la cuestión de comunicación cuántica.

Tu esencia, tu energía, deben estar ya migrando a otras formas y modos.

Estoy seguro.

Las flores son tú.

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Un largo año se ha ido…

Ha pasado un año desde la última vez que publiqué algo aquí.

Hay muchas razones por las cuales he estado en silencio por tanto tiempo, y describiré mis pensamientos, emociones, ideas, creencias, sueños, y sentimientos en una publicación subsecuente.

Por ahora, por favor sabe que aún estoy por aquí. La vida sucede, y a veces con más intensidad, alevosía, y ventaja que antes.

Por favor sé paciente y lograremos conocernos mejor a partir de hoy.

 

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El Medios en Sociales

¿Nos damos cuenta acaso que lo que llamamos Medios Sociales es, precisamente porque el Medios en ello es solo eso: un boletín, una vía, una pizarra, un camino, un poster, un apuntador?

Por favor: no te quedes aquí mirando la pantalla por horas. Permítete dejar que estas maravillas electrónicas creen el contacto social que todos necesitamos como especie.

Sí, los video-clips son divertidos, las fotos bonitas, los comentarios chuscos, y todo eso…

Pero la cosa es, ¿por qué no hacer contacto con esos amigos y familia, y entonces invitarles a caminar al parque? ¿A compartir una taza de café? ¿Por lo menos a una buena charla telefónica?

¿No nos arrepentiríamos después de haber cometido el error de pasar más tiempo enfrente de la pantalla, en vez de cara a cara, y voz a voz real?

¿Recuerdas “Medios Sociales Destruyendo la Sociedad”? Cierto.

Abre la ventana del Chat, o mándales un breve mensaje, y sugiere que estás disponible. Ellos lo apreciarán. No hay mejor tiempo de calidad que aquel en que la cercanía está presente.

Por cierto, una vez con ellos, ten la inclinación y cortesía de apagar tu Smartphone. El placer será gratamente magnificado.

 

Usa los Medios, obtén lo Social.

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He dividido mi vida

He dividido mi vida, y aun no concibo el fin.

He dividido mi vida, comenzando hace tanto tiempo ya que vagamente recuerdo quién era: tal vez un joven emprendedor con muchas ganas de hacerlo, con ideas de grandeza, con afán de aventura, con ansias miles de aprender, y principalmente de crecer.

 

He dividido mi vida para proporcionar un futuro mejor a los que vienen, dejando atrás valiosas personas, buenos ambientes, lecciones transcendentales, actividades gratas, rumbos conocidos, y amores varios de toda índole.

Lo he hecho consciente, según yo, de que el trueque pudiera haber sido en realidad una apuesta. Sabiendo que en un momento equis dejaría de pertenecer allá, apenas rasgando el estatus de llegar a ser alguien acá.

He dividido mi vida y los nexos se han partido en dos. Los tan fuertes lazos de antaño parecen ya frágiles hebras que hay que estar restaurando cada vez más seguido, y cada vez con más cuidado.

He dividido. Y al dividir, las porciones se multiplican, solo que cada porción es de menor tamaño. Entonces la aparente ganancia en cantidad se auto-anula con la calidad, y me queda exactamente lo mismo, solo que más quebrado.

He dividido mi vida queriendo ser el líder de alguien, abriendo camino donde no lo había, soñando con riquezas materiales y otras aún superiores. Lo he hecho con la visión muy a futuro de mejorías financieras, intelectuales, corpóreas, y espirituales. Planeé y acepté el previsto arduo esfuerzo de años, a fin de obtener más, lograr más, ser más.

Terminé siendo menos de lo que era, logrando apenas lo necesario para el día a día, y entregando más, mucho más, de lo que tengo.

He diseñado planes encima de los previamente establecidos. He tachado, borrado, re-trazado, y recalculado las estrategias originales. Algunas piezas han tenido que retroceder, otras han avanzado y permanecido, aunque algunas han sido ya sacrificadas. En aquellos aspectos tan pretendidos he logrado avances tan imperceptibles, que da la impresión que voy corriendo en el mismo lugar.

 

He dividido mi vida sin saber a ciencia cierta lo que hubiera pasado si esto, o lo que hubiese ocurrido si aquello.

Caigo en cuenta que esto que sale como a grito abierto en palabra escrita no es una amarga queja, ni un reporte final, y mucho menos presunción alguna.

Es, simplemente, el exabrupto y fuerte deseo de manifestar algo que elegí hace años, y que apenas a hoy, así súbitamente, comienzo a entender:

 

He dividido mi vida.

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