Confesión, primera parte

Como suele suceder, cuando era apenas un niño entrando en mis años de adolescencia, fue cuando una veloz y poderosa revolución atravesó mi mente, cuerpo y alma. Hubo algunos eventos muy específicos que me hicieron aprender mucho en solo unos cuantos meses. Dichos eventos crearon en mí una necesidad de querer aprender todavía más; y después en convertir todo ese aprendizaje en aventura y exploración, a veces arriesgando mi integridad física. Un par de ejemplos de dichos eventos a continuación:

Tenía unos diez años cuando una vez me encontraba solo jugando a crear palabras. Seleccioné dos sílabas distintas y comencé a recitar todas las posibles combinaciones que podía crear con las cinco vocales en cada una de ellas. En un momento determinado mi hermana mayor me interrumpió abruptamente pidiendo que dejara de decir malas palabras; que eso era ofender y que yo lo sabía. Contesté diciendo que nada malo estaba haciendo, y que no estaba ofendiendo ni nada semejante. Ella se enojó y fue a decirle a mi papá. Mi padre vino apresurado a advertirme que dejara mi tonto juego y a “asegurarme” que yo sabía el significado de dicha palabra y que dejara de simular que no lo sabía, o así me iba.

Cuando dejé de temblar de miedo, ya tenía un plan. Era casi seguro que mis compañeros de clase mayores sabían el significado. Así que al día siguiente no solo aprendí el significado de esa palabra en particular, sino de otras muchas que no sabía que existían. Aprendí cuando y cómo usarlas, todos sus significados y combinaciones y mucho más de lo que había podido imaginar. Ese fue un muy buen día para mí.
En otro día cuando tenía diez u once años, dibujé y coloreé una silueta femenina la cual era una combinación de imágenes que había visto en varias revistas, catálogos y el periódico. Yo era muy bueno para dibujar y pintar; así que el producto final en una de las páginas de mi cuaderno de dibujo se veía muy bien. Estaba orgulloso de mi obra y se la mostré a un par de compañeros. En unos cuanto minutos mi dibujo era algo que todos en mi salón e incluso de otros, vio o quería ver. Hubo muchos comentarios, preguntas y hasta incredulidad de que yo a mi corta edad hubiera hecho tal trabajo.  Yo estaba sonriente todo el tiempo; estaba tan emocionado que después de clases y cuando por fin pude recuperar mi cuaderno me fui a platicarle todo a mamá. Cuando llegué a casa, mi sonrisa se deshizo porque me encontré a una madre con ceño fruncido y cara de preocupación que indicaba algo estaba muy mal. Caí en cuenta que mi buena noticia tendría que esperar hasta después de fuera lo que fuera que pasó se resolviera.

Sin embargo, el problema era que ella, así como el personal de la escuela e incluso algunas vecinas, sabían ya de mi dibujo “inapropiado”. El regaño fue largo e insoportable, y lo peor era que papá no lo sabía aun. Tan pronto como se enterara yo pagaría el precio por mi creación diabólica. Sobreviví ese día, por supuesto.

Al día siguiente me encontré, sí, preguntando a mis compañeros mayores que era lo negativo del dibujo, y no solo eso, sino que también pregunté el porqué era ofensivo para algunas personas. Las respuestas fueron muchas, largas y hasta extrañas a veces. Terminé teniendo más preguntas que no recibieron respuesta inmediata, así que me vi forzado a buscar respuestas en la biblioteca. Ya te imaginas la cara de los bibliotecarios cuando solicité libros sobre esto o aquello. Mentí acerca de mi edad y grado escolar para poder conseguirlos, y también mentí  sobre la fecha límite para mi “tarea”, y hasta me aventuré a decir que reprobaría el año de nuevo si no presentaba mi tarea en menos de una semana. Al principio de mala gana, me prestaron los libros. Luego, cuando me vieron compulsiva e impulsivamente tomar notas por horas, se pusieron más cooperativos. Esa fue, sin necesidad de mencionarlo, una semana ilustrativa.

Después de algunos eventos como estos, me di cuenta que necesitaba aprender acerca de toda y cada cosa. Devoré libros con temas tan variados como La Segunda Guerra Mundial, el origen de la vida, el imperio Mongol, anfibios, exploración espacial, Buda, la revolución, el Kama Sutra, mitología Griega… lo que se te ocurra.

En unos cuantos años, alrededor de cuando tenía doce, había perdido ya mi virginidad mental. Era solo cuestión de tiempo, de un poco de esfuerzo cerebral y de ligar algunos cabos que me hizo abrir los ojos y la mente; y aunque de algún modo un poco doloroso, me encontré renunciando a toda doctrina social y dogmas fanáticos. Los años previos fueron lo que algunos dirían es normal para un niño de clase trabajadora, los siguientes después de esa edad parte aguas fueron algo similar a un paseo en una montaña rusa gigantesca, en la niebla.

Fue entonces alrededor de los trece que comencé a aventurarme en relaciones fuera del círculo social. Tímidamente al principio, pero con confianza después de algunas experiencias. Por ejemplo, comencé a buscar los elementos del sexo opuesto para aprender y explorar aun más. Esto es, hasta que la vida me tomó abruptamente por un sendero extraño. Empero, fue hasta un par de años después que comencé a querer sin notarlo. Aunque creo que fue amor a primera vista, a esa edad ni caí en cuenta.  A través de los años, ese apego crecería hasta convertirse en una pasión que rayaría en fanatismo, pero aun cuando esa exaltación llegó a la cumbre no me di cuenta de forma consciente. Pudo haber sido que mis necesidades inmediatas de supervivencia eran mucho más importantes que el enfocarme o reconectar con mis afectos, y por consiguiente decliné y me resigné a perder una oportunidad que no se presentaría de nuevo. O por un largo tiempo.

Y eso fue todo. Un desarrollo lleno de aventuras, mocedades de ocultar conocimientos e inclinaciones (ya era desde entonces por decisión propia miembro de una minoría), y una vida adulta repentina llena de responsabilidades que nunca dejaron tiempo suficiente para enfocarse a asuntos personales.

Esto es, hasta recientemente.

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Escritorcito
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4 respuestas a Confesión, primera parte

  1. apuntes dijo:

    Conocer las vivencias y experiencias de otros, resulta enriquecedor. Podemos incluso llegar a entender no sólo a esa persona, sino a otras tantas más. Este artículo me hace reflexionar también en lo importante que es poner atención a nuestros hijos, escucharlos y estar para ellos cuando nos necesitan. Gracias por compartirte.

  2. Pingback: Confesión, segunda parte | Amanuense Propio

  3. alma angelina curiel curiel dijo:

    No habia tenido la oportunidad de leerlo. Me quedan claras tus dotes de escritor ya que, no es fácil narrar en primera persona con tanta precisión sin necesidad de describir a “pie juntillas” un anecdotario.
    LLegando a casa voy a leer las otras partes.
    Besos, abrazos y apapachos p todos.

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