Me atacó de noche.

A pesar del insoportable calor, creyó que ya estaba dormido, pero había cerrado los ojos apenas un par de minutos antes.

Era noche de luna en cuarto creciente, por lo que mediante la luz que entraba por la ventana, y su entreabierta persiana americana, el cuchillo brilló en forma muy extraña y a a la vez hermosa, desplegando un mini arcoíris como en flashazo de cámara vieja, de esas que había que cambiarles las bombillas una vez quemado el filamento.

Ante los policías que llegaron esa misma noche, tres minutos y medio después de llamar, declaré que el cuchillo era un carnicero, pero ante la juez tuve que hacer esfuerzo de memoria para recordar si en efecto era tal, o un cuchillo cebollero, o un aguacatero. Muy probablemente era uno de los dos últimos, pues sabe que soy vegetariano.

El asunto es que, cuando vi su acometida, no solo giré veloz hacia el lado, sino que también me protegí cara y pecho con el brazo izquierdo, sin saber hacia dónde se dirigía el blanco de la punta metálica. En lo abrupto de su embestida y la confusión inmediata de movimientos de cuerpos en lucha y sábanas blancas estorbando los mismos, caí a un lado de la cama y antes de tratar de ponerme de pie -todo esto en cuestión de fracciones de segundo- estiré la mano debajo de la cama para tratar de coger algo que me sirviera como arma de defensa. Más lo único que recuerdo palpé fue un calcetín y un preservativo usado. Curioso, porque tengo la vasectomía hecha desde hace una década.

Regresando al punto que nos atañe, cuando los policías me interrogaban, por más que quería no podía expresarme correctamente, primero por lo súbito del ataque, y también por mi temblor que no cesaba. Pero principalmente porque la mujer policía que me hacía preguntas era muy bella, tenia ojos claros almendrados y labios rosados y carnosos, y al hablar lo hacía con una voz lenta y semi-ronca que parecía más bien alguien tratando de seducirme. Era irresistible.

Puesto que yo balbuceaba toda y cada respuesta, el otro policía aguzaba el oído, y al tiempo escudriñaba mi cuerpo por todos lados para ver si sufría de algún corte o morete o por lo menos un rasguño, y al cabo de unos minutos concluyó que estaba bajo el influjo de alguna sustancia intoxicante e interrumpió el interrogatorio, haciéndome saber que pasados un par de días tendría que acudir a declarar lo ocurrido, cuando estuviera sereno y, sobre todo, sobrio. Solo atiné a asentir con la cabeza, agradecido de que la mujer policía no me torturara más con su presencia. Él me extendió una tarjeta con los datos de contacto y con el garabateado número del caso, al tiempo que ella salía ya con dirección al coche patrulla.

Antes de que cerrara la puerta justo detrás de él, volteó y me dijo que sería bueno que me pusiera ropa, y que debí haberlo hecho en el inter entre mi llamada y su llegada. Ahí reaccioné que estuve desnudo todo el tiempo.

Ante la juez, ya vestido y hasta bañado y rasurado, no atinaba a recordar y responderle por qué no estaba dormido a la hora del ataque, 3:46am, por más que trataba de hacer funcionar mi antes prodigiosa memoria que ahora me fallaba en cuestiones tan elementales y recientes. Solo dije que creía haber estado intercambiando mensajes con viejas amistades antes de irme a la cama, pero nada que recordaba de si en efecto mi atracadora era mi ex o alguien distinto. Lo único que recuerdo es el brillo del cuchillo, el sentir de su brazo al golpe con el mío cuando el arma descendía vertiginosamente hacia mi indefenso y robusto cuerpo, y sus pies girando en veloz escape calzando zapatillas rojas talla 6, saliendo justo por donde entró.

Puesto que nada al respecto podía comprobar, y ni siquiera sufría de herida alguna que ayudara a aseverar lo ocurrido, noté la cara de incredulidad de la juez y los presentes en el precinto, sintiéndome hirviendo, pequeño, y ahora sí, desnudo.

Luego de dos o tres minutos en los que la juez cuchicheó hasta entre risitas con un viejo elemento del juzgado, se dirigió hacia mí, y adoptando una pose de solemnidad me dijo que:

1 me multaría por $1,500.00 por haber utilizado servicios municipales sin resultado positivo

2 debería darme vergüenza el crear historias y estar -a mi edad, así dijo- bajo los influjos de sustancias alucinógenas

3 ser un exhibicionista ante elementos policiacos

4 pasaba a formar parte de la lista negra de la ciudad, y que, en caso de reincidencia a algo semejante, la multa se elevaría a $4,500.00

Y 5, que me retirara ¡pero ya! pues no quería ver mi cara jamás.

Sintiéndome heces fecales durante el camino a casa, y confundido también, al llegar me dejé caer en el sillón sin ganas ni de respirar.

Después de un par de horas decidí que sería mejor desahogarme y tratar de poner todo el asunto en el pasado. Al día siguiente iría a la ferretería a comprar un pasador nuevo para la puerta, y hoy ahogaría mis penas con un trago de buen alcohol, además de llamarle a mi amante en turno para platicarle lo ocurrido.

Ella al contestar noté que sonreía al hablar, eso me alegró de inmediato, y también me animó a ser explícito en mi narración. Así que comencé: no vas a creer lo que sucedió…

Con lujo de detalles platiqué desde el principio de aquella noche, mientras ella me escuchaba con atención. Fue hasta que mencioné que abrí los ojos ante el casi imperceptible caminar lento sobre la alfombra y que alcancé a ver el cuchillo en su raudo descenso que interrumpió: no era un cuchillo sino un hacha…

Acerca de Amanuense Propio

Escritorcito
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