El amigo que nunca volvió.

Era yo un niño pequeño y por lo tanto tengo recuerdos muy vagos de mi amigo de la infancia. Apenas me viene a la mente, por ejemplo, cuando sentados en la banqueta jugábamos a los soldaditos o con carritos. La vida le arrebató súbitamente a su padre, y por consiguiente todo cambió.

Seguimos juntos durante la primaria, en el mismo salón, y además viviendo en la misma cuadra. Sin embargo, él cambió mucho, y comenzó a hacerme sentir mal muy continuamente. Alguno de mis padres trató de explicarme que un niño sin la guía de su padre crece con varias inquietudes y traumas, y a veces está resentido con la vida o con la sociedad. Sin embargo, aunque yo entendía eso, esperaba que Miguel volviera a ser como antes, o que de alguna forma pronto apreciara mi amistad de nuevo.

 

Yo admiraba a Miguel, él era muy inteligente, extrovertido, activo, y por sobre todas las cosas, un líder natural. Me soñaba a su lado emprendiendo algo juntos: un safari, una expedición al Everest, crear una empresa, hacer una película… en fin. Yo no era tan inteligente como él, más bien me reservaba mucho y trataba de estar siempre callado y no muy participativo. Desde chico me daba por leer mucho y aprender aquellas cosas que no enseñaban en las escuelas: tecnología, idiomas, historia, etcétera. Así que, en mis quimeras, me veía a futuro siempre al lado de Miguel: yo aportando conocimientos y él al frente de la empresa, resolviendo problemas juntos, llegando a ser los mejores científicos, por ejemplo, o el dúo de acción más famoso del país, o los primeros en llegar a la cima del mundo sin necesidad de guías u oxígeno, o algo que realmente destacara por encima de todos los demás.

 

La vida se tornó súbitamente en una dura lección: yo tuve varios problemas en casa, y él se rodeó de amistades que no me agradaban mucho. Además, Miguel se empeñaba en lastimarme muy constantemente, a pesar de que traté de alejarme de él. Según yo, temporalmente.

Nunca me golpeó o hizo algo que físicamente me dañara, pero influía en los demás y ellos sí me golpeaban, o destruían algo que me pertenecía, así simplemente porque era yo, o mío. Mi situación empeoró y en poco tiempo me vi en otro lugar, alejado de mi familia y del lugar donde pasé mi infancia. Por un par de duros años no tuve contacto con ese entorno, y cuando volví a él, yo era una persona que ya no pertenecía ahí, por muchas razones.

Miguel era ya un extraño, o, mejor dicho, yo era el extraño para él y para todos los demás. Afortunadamente, la universidad y el trabajo me ocupó tanto, que en cinco años no hubo tiempo ya en tratar de obtener una respuesta a la relación entre ambos.

Una vez, durante ese periodo universitario, lo vi en un taller en donde los que ahí trabajaban eran amigos de ambos. Miguel estaba todo cambiado, a pesar de que entrábamos apenas en nuestros veintes, él se veía como todo un adulto. Era obvio que trabajaba ya, y su modo de expresarse me hacía sentir un orgullo ajeno difícil de explicar. No intercambiamos palabras, pero yo le clamaba con la mirada que me invitara a tomar una cerveza o por lo menos a platicar ahí mismo, un par de minutos nada más, pero que me dijera algo que revalidara mi todavía abierta propuesta de amistad. En un fugaz intercambio de miradas me dio la impresión que él me decía a “te vez muy bien a pesar de lo que has pasado,” pero nada más.

Mi visita al taller y la de él fueron muy cortas, y uno de los dos tuvo que irse de pronto. Ese día en la noche me propuse buscarlo después para invitarlo a platicar. Como suele suceder, mi vida se complicó aún más, y pasaron los años sin que supiera más de Miguel. En mi estupidez de juventud estaba seguro que pronto lo vería, así que no me empeñé mucho en buscarlo más, a pesar de que seguido pensaba en él.

 

El trabajo me alejó de la ciudad, y cada vez que regresaba a ella era con una prisa continua por completar tareas y asuntos personales en fines de semana, solo para volver a alejarme, por muchos meses incluso, cada vez. Así que pasaron años para que pudiera entablar alguna conversación con gente común a ambos: un primo, un vecino, mi misma familia teniendo noticias de la de Miguel. Incompletas narraciones o noticias al respecto, algunas tristes, que me hacían sentir la necesidad de ir a darle un abrazo, donde quiera que estuviese entonces, pero en general nada de lo que yo quisiera enterarme realmente.

 

La vida siguió su curso sin desgracias que no pudieran superarse, y sin fortunas que realmente hicieran una diferencia.

Hasta que hace apenas unos cuantos años la imagen de Miguel me asedió casi a diario. Pareciera que me llamara de forma telepática como queriendo decirme algo, pero yo no captaba el mensaje. Me sentía incómodo muy constantemente y trataba de olvidar el asunto, pero su imagen y su voz aparecían de nuevo y yo no sabía qué hacer. Por fin caí en cuenta que por los medios electrónicos de alguna forma me enteraría de algún modo de contactarle, y me enfrasqué en la tarea de hallarle para platicar con él.

 

Lo encontré, establecí contacto, y tuvimos entonces unas cuantas charlas en texto y conversaciones telefónicas en las que recordamos muchas cosas, nos abrimos en otras, pero ocultamos los puntos débiles y penosos de aquellos días. A la fecha ambos sabemos cómo y dónde encontrarnos, y aunque vivimos en países distintos, no descartamos el volver a vernos algún día.

 

Hasta hoy.

 

Ahí viene la vida de nuevo, a toda velocidad y cargada de emociones y lecciones de las que uno no se escapa. En las presentes circunstancias y a esta edad, me parece cada vez más difícil y veo más lejana la posibilidad de visitarle o la de que él lo haga. Hay muchas condiciones e impedimentos que se presentan, tanto en cuestión de tiempo como en distancia.

Me gustaría mucho poder verle en persona, con tiempo de por medio para una larga y franca charla, de despedirnos como si desde siempre hubiésemos sido buenos amigos, y de verle a los ojos y darle un abrazo que le haga saber que no guardo rencor por lo que ocurrió hace décadas. Un malentendido que la vida nos jugó. No sé si él se sentiría incómodo con mi presencia, no sé si a él en realidad le gustaría encontrarme y platicar, pero de mi parte me gustaría cerrar ese capítulo de mi vida, con un párrafo positivo.

 

De hecho, no entiendo cómo es que a pesar de aquellos tragos amargos, y la impuesta distancia en tiempo y en espacio, siento como si Miguel fuera un buen amigo que nunca volvió. Aunque a veces creo que ése amigo que nunca volvió, soy yo.

 

Te extraño, Miguel.

Acerca de Amanuense Propio

Escritorcito
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