Dejándolo ir

¿Por qué estoy haciendo esto? Me pregunté varias veces durante las pasadas dos semanas.

Un día de la semana pasada fui a la oficina postal para enviar un paquete a un lugar lejano. La preparación del envío llevó un par de semanas. El verdadero valor del contenido llevó años.

Las muchas sensaciones y emociones que experimenté cuando recibí un ticket a cambio del paquete mientras le echaba un último ojazo a la caja, fueron de emoción, tristeza, nerviosismo y algunas otras no muy fácil de identificar. El contenido de tal caja era dos libretas con mi primera novela, cuidadosamente impresas, encuadernadas y empaquetadas para ser enviada a una competencia.

La última vez que sentí algo similar fue cuando muy joven, y estaba a solo una victoria más de conseguir el campeonato estatal de ajedrez, un escenario totalmente distinto, pero uno que provocaba también muchas emociones.

Esta vez, no será cuestión de solo horas saber quien gana la última partida. Después de la fecha límite de aceptación de manuscritos, tomará meses saber los resultados. Sin embargo, si durante ese tiempo sé algo de mi trabajo de años o no es en realidad irrelevante; el punto es que durante todo ese tiempo que lleva desde el cierre de aceptación de manuscritos hasta el preciso momento en que anuncian los ganadores, mi bebé está en el limbo. No puedo promover, publicitar o tratar de venderlo ya, no hay forma de saber si ha sido descalificado o descartado, tampoco si tan siquiera fue considerado entre los finalistas. Estaré sin noticias de ninguna clase por meses que se sentirán más largos de lo que realmente son.

¿Qué sentiré cuando alguno de nuestros hijos vaya lejos a un torneo por algunos días? a la universidad por meses? a un país distinto para siempre?

Nunca pensé en eso cuando me marché de mi lugar, ya era lo suficientemente grande para cuidarme. Pero ahora, ¿qué sentiré cuando mis jóvenes hijos se vayan por si mismos?

La primera vez que alguno lo haga, lloraré –espero que en silencio- porque sabré que es ese solo el primer paso. Necesito aprender a dejar ir. La experiencia se me fue entregada por medio de un deseo profundo de aprender algo nuevo. No sé como llegó a ser, pero algo me dijo que iba a ser bueno.

Qué raro: la única analogía que encontré lo suficientemente cercana a la experiencia de enviar lejos ese paquete es algo que no ha pasado aun.

Aunque estoy seguro no se comparará, espero que esta lección ayude a amortiguar el golpe cuando cualquiera de los miembros de mi familia se vaya.

Supongo que desde hoy estoy forzándome a aprender a dejar ir.

“El crédito pertenece al hombre que está en la arena… si fracasa, por lo menos falla atreviéndose a lo grande, así que su lugar nunca estará con aquellas almas frías y tímidas que nunca han probado ni la victoria ni la derrota.”

– Theodore Roosevelt

Acerca de Amanuense Propio

Escritorcito
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