Yo te besé primero.

Hace ya mucho tiempo.

Nos miramos en el casino, era imposible no verte, con tu altivo y serio porte justo enfrente de mí, al otro lado de la mesa. Tu tímida sonrisa no presentaba tus dientes, como esperando algo más de parte del croupier ¿o de mí?

Tu mirada era profunda, dirigida no precisamente mi escote ni a mis ojos, tan perfectamente delineados hacía apenas un par de horas. Sino a toda mí. Sentía que me desnudabas con la mirada. Y aunque me ponía nerviosa, también me gustaba. No era el Martini el que me causaba tanto mariposeo.

Y notamos, casi al mismo tiempo, que cuando yo apostaba al negro, tú al rojo. Y viceversa. Al principio imperceptible el accionar de ambos, después adrede. Hasta que por fin sonreíste. Y yo también. Claro.

Tu compañero algo te decía, como preguntando qué te pasa. Yo no podría acercárteme, no por él, sino por mis compañeras de equipo. Ya habíamos quedado en estar juntas toda la noche, sin coquetear ni nada. Lo bueno era que ellas no se daban cuenta de nuestra comunicación a miradas y acciones.

Llegó la hora de marcharnos y me jalaron justo cuando tú gritando explicabas al mesero lo que querías tomar y preguntabas alternativas. También grité un adiós que se perdió entre tantas conversaciones y música tan alta, y quise decir adiós con la mano, pero no volteaste. Así quedo nuestra complicidad.

Al día siguiente, apenas descendí del transporte de personal y me dirigía a la casa de una cliente cuando me topé contigo. Ya con ropa casual, yo con uniforme de la empresa.

Fue de momento el shock de verte de nuevo que me dejó fría y no supe que decir. Ni recuerdo lo que contesté cuando me dijiste hola.

Ambos quisimos seguir nuestro camino, pero nos ganó la curiosidad, o el flechazo, o el deseo, o qué sé yo.

Por supuesto, tomaste la iniciativa, siendo tan seguro de ti mismo.

– Me llamo Víctor, ¿tú?

– Julieta.

– ¿Trabajas por aquí?

– No, me dirigía con una… a comprar un café.

– ¿Me invitas?

– Sí, claro, solo que tengo asuntos que atender al rato.

– No importa, yo también. Dame media hora para charlar, con eso tengo.

Así comenzó nuestra trama. La media hora se convirtió en mañana, pero me gustaba tu plática. Saber que eras local y que yo podría volver seguido a ver a las clientes de la ciudad me alegraba. Pasó el mediodía y seguimos juntos; pedimos comida después de tres horas y ya tantas tazas de café. Y aunque me preocupaba que mis clientas no me vieran llegar, como había quedado, sentía que pasar el tiempo contigo era más importante. Y llegó la noche. Ya para entonces habíamos dejado el restaurante hacía horas y caminado sin rumbo hasta que me di cuenta de que estaba perdida, pues no conocía la ciudad. Pero tú sí.

Así que al tomar el taxi me despedía con la promesa de volver a vernos al día siguiente, solo que en la tarde.

Y así sucedió.

Y también nos llegó la noche.

Y de nuevo nos vimos todo el día el sábado.

Y el domingo ya no pudimos evitarlo. El beso más tierno y apasionado que haya experimentado nunca.

Y los subsecuentes.

Pero el lunes tuve que irme temprano, pues mi equipo ya había completado el 80% de las ventas, y nuestra capitán estaba contenta y muy deseosa de volver a nuestra tierra.

Yo me sentía mal porque sabía que hubiésemos logrado cerca del 100% si me hubiera dedicado a ver a todas las clientas que me asignaron, y sentía peor aun sabiendo que pasaría mucho tiempo sin verte.

A pesar de que nunca me dijiste ciertas palabras que una a veces necesita escuchar, sentía que sería a la siguiente vuelta que las oiría. Deseaba.

Pasaron los meses.

Yo ansiosa. Cada vez más.

No sabía hasta cuándo regresaría y me quemaba las entrañas queriendo volver. Varias veces marqué tu número de casa y cuando alguien contestaba, un hombre siempre, que no sabía si era tu hermano o tu padre, colgaba temblando de nervios.

Por fin se me ocurrió llamar a una de las clientes de allá y la convencí de que juntara a sus compañeras de trabajo, familiares, y amistades a quienes les interesaran nuestros productos, prometiéndole una muy buena comisión de mis ventas, y productos gratis para ella.

Al presentar la oportunidad a mi capitán no puso objeción en enviarme sola, aunque algo preocupada y sospechosa de mi súbito proyecto y elevado número de nuevos prospectos ya enlistados.

Y volvimos a vernos, y volvimos a pasar el tiempo juntos, el cual parecía volar en tu presencia. A pesar de que hicimos paseos, disfrutamos de los atardeceres, de la luna llena, de nuestras ocurrencias, de todo lo que una pareja joven puede disfrutar, los días se fueron en un abrir y cerrar de ojos.

Y no escuché de tus labios las tan ansiadas palabras.

Pasaron dos meses más y se presentó ahora sí la oportunidad de vernos de nuevo. Algo me decía que por fin concretarías nuestro extraño, súbito y bello idilio.

Pero no se dio.

Por azares del destino me encontré de pronto en líos familiares, problemas laborales, y crisis en la ciudad, y todo se tornó un remolino en cuyo centro estaba yo.

Y mucho tiempo después de que amainó, el torbellino se encontró en mi mente. Por mucho tiempo también.

Y entonces no pasaron meses, sino años.

El perder el contacto contigo por tanto tiempo me hizo darme cuenta de que ya no te vería, y entonces supe también que ya tenías familia. Quise olvidarte.

Pero nunca lo logré.

A pesar de que también busqué tener familia cuando supe de la tuya.

Y de haber dejado ese empleo, pues me hacía recordar esos viajes.

Y de haber migrado lejos, como queriendo escapar de los lugares que me recordaban a ti.

Y de otros muchos vendajes banales que me imponía.

En las noches a veces me preguntaba muchas cosas al respecto. Me flagelaba mentalmente el no haber insistido en más visitas. Me frustraba el no saber por qué nunca me preguntaste. Me quedaba despierta por horas, a pesar de tener a alguien a mi lado.

La cosa era que, en aquel entonces, estaba segura de que vendrías a mí, y que tendríamos una muy larga vida juntos, y me sentía más que celosa de ella quien te conquistó tan fácil y rápidamente al tan poco tiempo de yo haberte visto por última vez.

Mi único triunfo, mi único consuelo era que yo te besé primero, pero que de nada servía.

De nada sirve.

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