Pero extrañas tu infancia.
No recuerdas cuándo ni cómo, pero de repente te dabas cuenta de que existían los amigos, que los niños más grandes que tú te preguntaban tu nombre, y luego te enseñaban a jugar como ellos y con ellos.
Y que al regresar corriendo a casa le decías a tu mamá que ya tenías tres amigos y una amiga.
Aprendías y jugabas a la matatena, a las canicas, al yoyo, al trompo, el cual no te agradó mucho después de intentarlo varias veces. A la casita, a empujar carritos en los caminos que habían trazado entre todos en el piso. A trazar también con gis en el suelo figuras coloridas que reflejaban tu personalidad y tus gustos. A las escondidas, a saltar la cuerda, a coordinar las manos chocándolas mientras cantaban «choco, choco, la, la, te, te». A la rayuela, o la víbora de la mar, la rueda de San Miguel, Burro 16, Shanghai, Chinchilagua…
Mas lo tuyo era correr; que, si a los encantados o a la traes, o a declarar la guerra en contra de, al semáforo, a los relevos. Y después, las pelotas. Las chicas para el beisbol y las casillas, las grandes para el volibol y el futbol.
Algunos juegos vinieron y se fueron rápido: la peteca, el diábolo, la resortera, poste con pelota. Esos no eran para alguien como tú.
Ir al parque era lo mejor: los columpios, la resbaladilla, el subibaja, el remolino, la escalada…
Después de la escuela y los deberes, a lo único que entrabas a casa era a tomar agua o a tirarla ya procesada. Eras feliz.
Y después, entrando en las mocedades, el enamoramiento. Ahí cambió todo. Ya no era nada más el buscar amistades. Las tuyas, las mayores, comenzaban a alejarse, prefiriendo mejor a alguien del sexo opuesto y abandonándote a ti y a los demás. Hasta que te llegó también la curiosidad, las ganas de conocer a ese alguien que te hacía sentir algo que no habías sentido.
Pero eso es también historia.
La cosa es que eso del amor de y por alguien ha llegado y se ha ido. Varias veces.
La infancia era la cosa.
Nada de problemas, nada de carencias, porque tus padres primero se quedaban con hambre que dejarte a ti sintiendo eso. La ropa que te compraban no era algo que te preocupara; si acaso, te pedían que escogieras el color, y ya. La escuela era llevadera. Tu casa era simplemente una casa. Ni sabías ni entendías que hubiera otras más grandes, o más lujosas, o algunas apenas chozas.
Nada de eso importaba.
Eras feliz.
Y ahora que has crecido, que has experimentado todas las emociones y sentimientos que existen, los buenos, los malos, los increíbles, los profundos, los inenarrables… ahora que has llegado a esta edad quisieras volver a tu infancia.
A no tener preocupaciones, a rasparte las rodillas y a ensuciarte los brazos. A destruir los zapatos en tiempo récord. A tener esos amigos, que eran el mejor regalo posible. A colgarte de las piernas de papá cuando regresaba del trabajo, o a abrazarte de mamá cada vez que ella extendía sus brazos.
A ponerte triste y platicarle a tu amiga que se te quebró tu crayón favorito, para que ella te consolara, o a tú ser el consuelo cuando ella te decía que no entendía mate y sacó baja calificación.
Cosas de niños.
El mayor de tus problemas en esos años era, una vez recibida la mesada, presentarte con la señora de los dulces y decidir si comprar alfajor, o cocada, o mazapán, o chiclosos… Ese era el verdadero dilema.
Pero creciste.
Ya no es tan agradable festejar el cumpleaños de tu amigo o de tu prima como lo era en aquella época. El pastel, los regalos, las sorpresas, los cantos, los juegos…
¿Será por eso por lo que nos da tanta alegría recibir a un recién nacido, porque sabemos que sus primeros años serán los mejores de su vida?
Una vez que mis hijos estaban jugando en el patio, gritando y riendo como locos, vi que mi vecino los veía desde su ventana. Me acerqué a ofrecer disculpas por el escándalo.
¿Su reacción? “¡Déjalos que sean niños! Es tan agradable escuchar risas y voces llenas de felicidad.”
Solté un par de lágrimas.
Tenemos miles de preocupaciones. Miles de ocupaciones, miles de conocidos, miles de recuerdos.
La próxima vez que pases por un parque, colúmpiate. O cuando veas a tu amiga, o a tu primo, invítalo a chocar las manos. O, si te apena hacer esas cosas, vayan a bailar, que es lo más cercano a jugar como niños. Te aseguro que reirás como hace tanto que no lo haces.
Regresa a esos años.
Cada vez nos quedan menos.
Sé niño otra vez.